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ABC MIÉRCOLES, 2 DE MAYO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL RECUADRO UNA RAYA EN EL AGUA ANTONIO BURGOS CANDIDATOS MESSI A la vista de los petardos de políticos que tenemos sería bueno que como en el fútbol ficháramos extranjeros C REO que al final nuestro gozo quedará en un pozo y que no será candidato a la Alcaldía de Barcelona en mayo próximo Manuel Valls, el ex primer ministro francés y catalán de origen; pero catalán al hispánico modo: sintiéndose más español que la Marcha Real que allí pitar suelen cuando suena en Barcelona. Dicen que la iniciativa de presentar a Valls como alcalde de Barcelona para echar a la Colau estaba promovida por la Sociedad Civil Catalana. Aunque hayan asegurado también que la ha hecho suya Ciudadanos, el partido que más ha dado la cara por España ante los que querían abandonar la nación gobernada por un PP puesto de perfil hasta con el 155 aplicado, pero con sordina, que se note lo menos posible. Y coincidió esa alentadora noticia de un francés oriundo (como se dijo en un tiempo en el lenguaje del fútbol) con otra no menos esperanzadora; en este caso de un gran defensor de España con doble nacionalidad, peruana y nuestra. Me refiero a Mario Vargas Llosa, de quien se habló como candidato a la Alcaldía de Madrid, para echar a la Carmena. He dicho echar a la Colau y echar a la Carmena Creo que son dos urgencias nacionales. Dichas, además, con el mismo lenguaje que usar suelen quienes ponen la suya en echar al PP o echar a Rajoy No, no dicen ganar las elecciones no: dicen echar a su adversario. Para lo que todo vale. Aprovechan del oportunismo, como se hace del cerdo ibérico, hasta los andares. Por ejemplo, los andares en contramano de esos ministros que tiene Rajoy especializados en meter la pata, con Montoro en punta y Catalá y Dastis de apoyo, vaya tripleta central, vaya BBC para dar oportunidades al adversario y gobernar contra los propios votantes. Pero íbamos por Valls y Vargas Llosa. Una pena que al final no vayan a ser candidatos a alcaldes de Barcelona y Madrid, respectivamente. Porque a la vista de los petardos de políticos que tenemos en el poder y en la oposición, sería deseable que hiciéramos como en el fútbol: que ficháramos extranjeros. Con su buena cláusula de rescisión y todo. Si han dado resultado fuera, ¿por qué no han de servir aquí? Si los de aquí no valen como a muchos equipos sus plantillas actuales, eso que llaman el vestuario ¿por qué no traerlos de fuera, y si son de sus respectivas selecciones nacionales, como los dos citados, mejor todavía? Sería una maravilla que existiera el mercado de invierno de políticos de importación, pichichis en sus respectivos países, para que metieran esto en cintura. Si los que tenemos aquí no han sido capaces de acabar con el separatismo catalán, y con la ETA en el poder disfrazada de Bildu, y con la vacía caja de las pensiones, y con el aumento de la deuda, y con la creación de empleo y con tantos problemas gravísimos nacionales dejados de lado ante la auténtica chorrada del día que todo lo ocupa, ¿por qué no traerlos de fuera? Yo en este punto siempre me acuerdo de Carlos III y del ilustrado paisano de Vargas Llosa, el limeño Pablo de Olavide, que cuando quisieron acabar con el bandolerismo en los caminos entre Madrid y Andalucía decidieron crear las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena: La Carolina, La Carlota, La Luisiana, etc. Y como no confiaban en los españoles, que seguramente se conchababan con los bandoleros, importaron campesinos de Baviera y de Suiza para repoblar aquellos desiertos páramos donde toda fechoría tenía su asiento. Eso mismo, importar extranjeros para nuestra política, a lo Carlos III y a lo Olavide, es lo que tenía yo la esperanza de que sucediera con Valls y con Vargas, perfecta V doble. Candidatos Messi, vamos. Pero ya que no sale lo de los candidatos, ¿por qué no importamos entonces votantes extranjeros, que parecen tener más cabeza que nosotros en estos desastres que salen aquí de las urnas? IGNACIO CAMACHO EL HOMBRE QUE DECÍA ESPAÑA Alonso de los Ríos nunca aceptó que la destrucción de la ciudadanía igualitaria pudiera constituir una seña de progreso C JM NIETO Fe de ratas ÉSAR Alonso de los Ríos fue uno de los primeros intelectuales españoles que se dieron cuenta de hasta qué punto la falta de proyecto nacional había desvirtuado el pensamiento de la izquierda. Habiendo militado en el PCE de Carrillo y en el PSOE de González, se alejó cuando comprobó que la permeabilidad al nacionalismo se estaba convirtiendo en un problema. Educado en un regeneracionismo poskrausista, fuertemente influido por las lecturas del 98 y la cercanía personal a Delibes, tenía una concepción del progreso de España incompatible con la fractura que el desparrame autonómico había introducido en el sistema. Su mérito fue que vio muy pronto el riesgo, a principios de los noventa, cuando la descomposición del felipismo acabó en brazos de un Pujol dispuesto a meter la marcha directa que iba a acabar conduciendo a la reclamación de la independencia. Su acercamiento a la política de Aznar no obedeció a un brusco volantazo ideológico sino a la percepción de que la desorientación de sus antiguos correligionarios había dejado la defensa de los valores de igualdad en manos de una nueva derecha. Así, el jefe de la redacción de Triunfo el antiguo director de la muy izquierdista La Calle llegó a ABC de la mano de José Antonio Zarzalejos, y en estas páginas asistió, entre la indignación y el asombro, a la deriva desencuadernada de Zapatero. Su desengaño fue paralelo al de otros grandes de su generación, como Gómez Marín, Elorza, Raúl del Pozo o Márquez Reviriego; veteranos activistas del periodismo antifranquista desubicados ante el giro centrífugo del socialismo posmoderno. Cuando CAR solía firmar sus notas y emails con el acrónimo publicó en 2006 Yo digo España el simple nombre de la nación discutida y discutible se había convertido en una reclamación caída en desuso, maltratada por el desprecio. Su orgullo de castellano viejo no aceptó nunca que la destrucción de la ciudadanía igualitaria pudiera constituir una seña de progreso. César era un escritor culto, leído, profundo de conceptos, al que la decadencia errática de sus antiguos ideales había sumido en la melancolía y en un escepticismo perplejo. Sufrió la estigmatización sectaria de la izquierda, que lo etiquetó de chalado y de fanático según la técnica estalinista de aislar a todo disidente que no se dejase lavar el cerebro. Esa condena civil le radicalizó alguna postura por mero espíritu de resistencia, por no dejarse reducir al silencio. Pero nunca fue un exaltado sino un hombre dolorido que no estaba dispuesto a conceder su propio ninguneo. Su larga obra de ensayo y prensa está atravesada por la lealtad a España como ámbito de convivencia, por la reclamación de una identidad nacional sólida frente a la hegemonía de las pretensiones periféricas. Eso es lo que deja: el ejemplo de una peleona convicción democrática, azañista, inclusiva, en la nación como idea.