Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
58 CULTURA LUNES, 30 DE ABRIL DE 2018 abc. es cultura ABC César Aira, momentos antes de la entrevista con ABC ERNESTO AGUDO Leer a Ovidio puede ser mucho más estimulante que leer a Foster Wallace Entrevista El placer de la lectura -Usted siempre dice que Borges es uno de sus escritores de cabecera. ¿Le tiene el mismo respeto a la lectura que él? -Mis amigos favoritos son mis amigos lectores. Los lectores por placer, los que leen porque les gusta. Siempre he pensado que uno de los beneficios de la lectura, que no son tantos como se dicen porque la gente que los proclama no agarra un libro ni en las navidades, es que permite esas amistades instantáneas. Uno se encuentra con un desconocido, intercambia unas palabras y, de pronto, ve que han leído los mismos libros. Es como encontrarse con un hermano, con un amigo, con un amigo íntimo incluso. Hemos estado toda la vida leyendo las mismas cosas, teniendo los mismos sentimientos, las mismas emociones, los mismos gustos. César Aira Escritor El argentino presenta en España Prins su última novela, un juego entre ficción y realidad BRUNO PARDO PORTO MADRID César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) está atravesado por una fina ironía que filtra toda sus palabras. En él, la seriedad es indistinguible de la boutade: nunca habla demasiado en serio ni demasiado en broma. Le gusta quitarse importancia, aunque ya le han puesto el membrete de ser uno de los grandes autores argentinos vivos. Le tengo un poco de miedo a esa importancia que se va creando alrededor de uno dice para defenderse. Su último libro, Prins (Literatura Random House) transcurre entre la realidad y el delirio de su narrador, un escritor de novela gótica que, tras abandonar la literatura, decide dedicarse al opio. Es una decisión radi- cal reconoce entre risas Aira. Es, también, una premisa perfecta para un literato que se autodefine como seguidor de Borges, por el constante juego de ideas, y de los surrealistas, de quien toma su total libertad creativa. -Llega con un libro sobre un escritor que se aburre de escribir. Todo lo contrario a usted: sus títulos ya superan el centenar. -No es mi caso, pero puedo imaginarlo perfectamente. Llegará un momento en que uno no quiera escribir ya. -Ese descreimiento por la literatura que sufre el protagonista está contado casi como una historia de amor. Tiene que rellenar todo ese tiempo que le dedicaba a los libros, que han dejado un vacío enorme, como el de una relación sentimental. -Tiene que llenarlo con algo. Es una vieja preocupación mía. Dejé de trabajar hace casi veinte años, y escribir escribo una media hora por la mañana. ¿Qué hacer durante todo el día? -Eso me gustaría saber a mí. -Yo lleno el día más o menos con la lectura. Y con la siesta. Y con la bicicleta. Y con las caminatas. Y con ir a Hijo del surrealismo Esa combinación creo que es lo mío: el juego de ideas de Borges y la libertad creativa de los surrealistas ver a un amigo a charlar. Pero mi personaje tomó una decisión más radical: dedicarse al opio (ríe) ¿Hay algo de experiencia propia ahí? -No, no. ¿Y por qué el opio? -Porque el opio tiene dos funciones. Una es la alucinógena: las visiones, una cosa oriental, milyunayochesca que es muy literaria. Y la otra es su función medicinal propia, que es la de antidepresivo. Y esas dos cosas creo que son bastante necesarias para la gente, ¿no? Tener imaginación y no estar deprimido. -No lo sé, pero es una gran excusa para escribir un libro donde la realidad y la imaginación no se distinguen mucho. ¿Le interesa el surrealismo? -En realidad, para mí los escritores fundamentales son Borges y los surrealistas. Y Borges se espantaría de verse citado junto con los surrealistas. Pero sí. Esa combinación creo que es lo mío: el juego de ideas de Borges y la libertad creativa de los surrealistas. Mezclado eso dio como resultado Aira. -Sin embargo, el protagonista de la novela dice que la base de todo intelectual que se precie empieza en el mundo grecolatino. -Es así. Justamente anoche estuve hablando con un amigo de eso. Hablábamos de Ovidio y de cómo con estos nuevos métodos de enseñanza de la literatura, que van tanto a la contemporánea, los jóvenes se están perdiendo todo ese tesoro de mitos, de sustrato de nuestra civilización, que es la cultura grecolatina. En fin, no sé por qué se están privando de algo tan rico y tan fecundo. ¿Hay que volver a la tradición grecolatina? -No, no. No hay que nada. Que hagan lo que quieran, pero yo pienso que leer a Ovidio puede ser mucho más estimulante y más rico que leer a David Foster Wallace. De ahí no se saca prácticamente nada: imitarlo o admirarlo, como mucho. Pero si uno lee a Ovidio, ahí tienes todo un mar de inspiraciones. O eso creo. Qué se yo. -Hablando de creer... ¿en qué cree César Aira? -Nunca tuve ninguna inquietud religiosa, ni de buscar algo trascendental. Quizás es por la práctica de la literatura, que es algo tan laico. Me hizo escéptico respecto de lo trascendental. ¿Sigue siendo así? -Empecé escéptico, ahora creo que voy a terminar nihilista. -Perdone que vuelva atrás, ¿pero de verdad escribe sólo media hora al día? -A media mañana, me voy a un café, con mi Mont Blanc y mi cuadernito. Y escribo. Un rato. Media hora, una hora. Y eso es todo. Una página. Le doy muchas vueltas. Escribo muy lento, muy despacito, pensándolo muy bien. Por eso es que no corrijo mucho: lo pienso tanto y lo voy haciendo tan lento que queda lo mejor que puede quedar.