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ABC JUEVES, 26 DE ABRIL DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL CONTRAPUNTO UNA RAYA EN EL AGUA ISABEL SAN SEBASTIÁN CIFUENTES HUNDE AL PP ¿Dónde está el departamento gubernamental innominado que archiva un expediente b de cada político? R ELEYENDO mi propia frase, constato que resulta igualmente cierta formulada del revés. Esto es; el PP hunde a Cifuentes Porque la bala que ha derribado a la dirigente madrileña no procedía de un arma empuñada por el adversario político, sino del llamado fuego amigo Fuego a discreción disparado contra toda persona susceptible de entorpecer determinadas ambiciones sucesorias. Fuego procedente del arsenal acumulado en las cloacas por las que transitan ciertos sicarios a sueldo de quien gobierna en ese momento. Fuego capaz de impactar en cualquier ciudadano considerado molesto que arrastre algún secreto inconfesable... o no. Los fabricantes y distribuidores de esa munición repugnante llegan al extremo de inventársela cuando no descubren muertos adecuados a sus propósitos, y sabe Dios que Cristina Cifuentes guardaba unos cuantos cadáveres en su armario. El trabajo, en esta ocasión, les ha costado muy poco. La víctima ha proporcionado abundante soga para su ahorcamiento. Todo el mundo hoy se devana los sesos pensando: ¿Cómo es posible que la presidenta dimitida se erigiera en juez y verdugo implacable de sus antiguos compañeros, sabiendo lo que escondía su propio historial oculto? No tengo respuesta para esa pregunta, aunque dudo que nos encontremos ante un acto de venganza. De haber estado en posesión del material que ha fulminado a la ya ex lideresa, sus correligionarios agraviados lo habrían empleado mucho antes en su propia defensa, como baza negociadora o revancha ante la caída. La secuencia de los acontecimientos apunta más bien a una operación perfectamente orquestada de acoso y derribo, destinada a quitarla de en medio con el fin de ocupar su puesto. De sustituirla no tanto en la comunidad, que a estas alturas el PP debería considerar ya perdida, sino al frente del partido en Madrid. ¿Por qué? Primero, porque el PP de Madrid siempre ha sido un verso suelto, una organización que ha ido por libre, negándose a subir los impuestos tal como exigía Montoro, por ejemplo, o brindado asilo a los exiliados del PP vasco expulsados de su tierra y su formación por su negativa a tragarse el sapo del pacto alcanzado con ETA. Segundo, porque asaltar una candidatura nacional resulta misión imposible si quien intenta la maniobra carece de un territorio en el que sentar sus reales para hacerse fuerte. ¿Qué mejor plataforma de asalto que Madrid, cuya fidelidad electoral a las siglas de la gaviota mantiene a los de Rajoy en la Puerta del Sol desde hace décadas? La silla de Cifuentes era muy codiciada y su ocupante mostraba demasiados flancos abiertos como para resistir la embestida. Lo cual me lleva a otra cuestión necesitada de aclaración. ¿Por qué ha tardado tanto la sucesora de González en tirar la toalla, si era consciente de que no se escaparía? Las presiones recibidas desde sus propias filas para que diera un paso atrás fueron creciendo en intensidad desde el mismo instante en que se conoció el turbio asunto del máster, hasta el punto de llegar a la amenaza abierta en los minutos que precedieron a la dimisión de ayer. ¿Qué ha ganado ella atrincherándose en el despacho, salvo desgastar su propia imagen y hacer un daño irreparable a su partido? El gran beneficiario de este sainete tragicómico es evidentemente Ciudadanos, que recogerá a manos llenas el voto fugitivo de un PP reducido a escombros. Mientras tanto, en más de una sede popular los candidatos con opción a cartel deben de estar preguntándose dónde tiene sus oficinas ese departamento gubernamental innominado que archiva un expediente b de cada político relevante, por si llegara a resultar conveniente airearlo... IGNACIO CAMACHO SLEEPY HOLLOW Lo más grave del caso Cifuentes es que nadie del partido de Gobierno haya previsto la posibilidad de un final patético E llama entrar en barrena, o caer en picado. El PP, la fuerza política más sólida y estable de este país, es ahora mismo una organización dominada por el caos y el pánico. Todo lo que le puede salir mal le sale peor, y sus estrategias salvo la única que parece importarle al presidente, que es el pacto presupuestario cosechan fracaso tras fracaso. Desde que el conflicto de Cataluña le estalló en las manos, los votantes han empezado a salir de estampida: es la última opción entre los menores de 45 años. Cada mañana sufre un vapuleo encarnizado desde las televisiones que el propio Gobierno, pasando por encima de los dictámenes de la Comisión de Competencia, regaló a sus adversarios. Los ministros se mueven por su cuenta, sin coordinación, sin liderazgo; dando espectáculos penosos como el de Montoro enfrentado a la Guardia Civil y a la abogacía del Estado. Sólo Rajoy aguanta enrocado en La Moncloa, imperturbable ante el desbarajuste, mientras la militancia y los cuadros se sienten resbalar por la pendiente perseguidos por una nube de escándalos. La cacería de Cifuentes ha sido el último desastre táctico de un partido sumido en absoluto desconcierto. La resistencia a dejarla caer ha acabado en una humillación personal, un oprobio que no merecía aunque lo haya favorecido con su propio empeño. La idea de Cospedal de mantenerla un mes bajo el tiroteo para que Cs se desgastase al mismo tiempo ha resultado otro frustrante desacierto, fácilmente evitable con un rápido e higiénico relevo. En vez de eso, el PP ha permitido que la acosada presidenta madrileña cabalgase sin cabeza, como Sleepy Hollow, por el borde del infierno, y ahora es la marca entera, con sus siglas, la que se ha caído dentro. Se trate de fuego amigo, enemigo o procedente de las cloacas policiales, lo relevante del caso es que nadie haya calculado la posibilidad de un final patético. Todavía puede ser más grave el estropicio si se aferra al escaño y pretende conservar el poder interno, si quien todavía mande algo no se da cuenta de que es la ciudadela sagrada, la Massada de la derecha, la que está siendo devorada por el incendio. Y de que perder Madrid supone el final del juego. Sin embargo, el asunto Cifuentes sólo es un síntoma de la amenaza creíble de descalabro. El antiguo partido rocoso, granítico, se ha cuarteado y ofrece grietas, cuando no boquetes, por todos los flancos. Su líder no conoce ni aprecia otro método que el del aguante no le ha ido mal con él, desde luego y no se muestra dispuesto a cambiar de recetario. Está acostumbrado a sacrificar peones con gesto gélido, como ayer, y permanecer impávido. Pero esta vez hay riesgo serio de desbandada entre su electorado. Los jóvenes ya ni se plantean votarlo y entre los más maduros crece el desencanto. En el mercado de la confianza, esencial para la política, el marianismo se ha convertido en un chicharro. S JM NIETO Fe de ratas