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14 OPINIÓN TIEMPO RECOBRADO PUEBLA JUEVES, 26 DE ABRIL DE 2018 abc. es opinion ABC PEDRO CUARTANGO JUGUETES ROTOS El futuro se ha acabado para Cristina Cifuentes y me parece que hay algo injusto y trágico en su final O tengo ninguna duda de que la obligación de la prensa es denunciar la corrupción y los comportamientos no ejemplares de los dirigentes políticos. Pero me pregunto si es lícito moralmente difundir un vídeo como el que muestra a Cristina Cifuentes hurtando dos tarros de crema en un supermercado. En primer lugar, porque esa grabación se tomó sin su permiso y su finalidad no era hacerla pública sino acreditar una mala práctica. En segundo lugar, porque no hay proporcionalidad entre la conducta y el terrible daño que provoca su difusión. Y, en tercer lugar, porque se produce una violación de la intimidad, a la que también tienen derecho los malhechores. Cuando vi ayer las imágenes a las ocho y media de la mañana, sentí pena y consternación por la presidenta, ya que era consciente no sólo de que no tenía otra salida que la dimisión sino también porque sabía que iba a quedar estigmatizada durante lo que le resta de vida. En nuestro país, un político puede resistir las acusaciones de corrupción o nepotismo, puede sobrevivir a una debacle en las urnas o puede salir indemne de una mala gestión. Incluso puede soportar que se le reproche haber obtenido un título universitario gracias a un favor. Pero una grabación como la que vimos ayer acaba no sólo con una carrera sino que además marca con el sello imborrable de la ignominia a quien incurre en esa conducta. Desde hoy, Cristina Cifuentes es un juguete roto, una persona que no va a poder salir a la calle sin sentir la mirada de rechazo o estupor de quienes se crucen con ella. Ha sido condenada a una pena peor que la cárcel, que es esa estigmatización permanente con la que tendrá que aprender a vivir. Hay muchos políticos, banqueros, jueces y periodistas que, cuando se miran al espejo tras levantarse de la cama, ven reflejada la imagen de su poder y el temor o la admiración que suscitan. Esas personas acaban por confundir lo que son con el papel social que representan. Su autoestima depende del cargo que ocupan y de la importancia que le conceden los demás. Me parece que Cristina Cifuentes había incurrido en este error y, por eso, va a sufrir mucho en los próximos meses cuando el teléfono deje de sonar y el espejo le devuelva la imagen de una profunda soledad. Y es que la política es extremadamente cruel. He visto a ministros de los que hoy nadie se acuerda y cuyo principal pasatiempo es leer el periódico en el banco de un parque. Y a otros que no pueden soportar la pérdida de la púrpura y que se consuelan diseñando planes imaginarios para arreglar España. Es muy difícil aceptar que uno es un ciudadano anónimo cuando se ha tenido poder, fama y gloria. El futuro se ha acabado para Cristina Cifuentes y, por muchos errores que pueda haber cometido, me parece que hay algo injusto y trágico en su final. Merecía, como cualquier ser humano, un poco de compasión que se le ha negado. Georges Simenon decía que es más importante comprender que juzgar. Y tenía razón. N CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC MUNDO DISNEY ¿Es que aún no hemos entendido que, de lo que una vez llamamos mundo, queda sólo esta jovial Disneylandia? U NA foto. Portada en medio mundo. La cámara ha congelado a Emmanuel Macron en el instante en que la mano izquierda de alguien, apenas visible (por la envergadura y el pajizo cabello sobre el cogote, Donald Trump) toma su derecha como para guiarlo hacia un lugar invisible del porche. El presidente francés saluda a cámara y sonríe. Su escorzo es grácil: como de Fred Astaire en volátil paso de baile. La pareja del danzarín parece haber apostado por quedar fuera de cuadro. Todo el protagonismo es suyo. Y, sin embargo, esa mano... No es una foto sólo. Es un icono: la condensación de universos imaginarios que deja en la fantasía del espectador mensajes previos a sus verbalizaciones. E infinitamente más eficaces. Condensa tópicos y los trueca en arquetipos: el Palurdo y el Principito. A medias escondido el primero, exhibido y casi exhibicionista el segundo: lo que hay que ver y lo que debe quedar supuesto y sin imagen. Dos arquetipos: tan mentira es el uno como el otro. ¿Mentira? Digo mal. No. Ni verdad ni mentira. Son escena. Esa escena específica a la cual llamamos política. Porque la política, en los últimos cuatro siglos, es una variedad determinada de la representación: su variedad más refinada. Representación, en todos los sentidos del término. Teatro, en primer lugar, desde que Richelieu y después Mazarino inventaron el Estado moderno: esa su- prema máquina de alzar comedias. Teatro donde se representarán, a partir de 1789, los anhelos ciudadanos. En una y otra acepción, fábrica de ilusiones. El poder es la escena del poder: eso inventó a la Francia moderna. La que dos cardenales brindaron a Luis XIV: el Estado Absoluto; esto es, indiviso que es lo único que la literal etimología de absoluto significa. El cemento que suelda esa indivisibilidad lo pone la representación: la electoral en la misma medida que la escénica. Pasará por distintas fases, cuando la Revolución torne ese Estado Absoluto en su variedad republicana que es el Estado Revolucionario. En la última de esas fases, la que hoy todas las democracias modernas viven, la representación escénica lo ha devorado todo: la representación, hace decenios que dejó de ejercerse en los parlamentos; para alzar su lugar público en los televisores, únicos artilugios en los cuales el espectador se reconoce. Dos concreciones del mismo paradigma: Trump el palurdo, Macron el príncipe republicano. Hecho a sí mismo el uno y triunfador a lo bestia. Fruto de los templos republicanos del saber, el otro. Y triunfador a lo bestia. Bárbaro y refinado, respectivamente. Y, por igual, idénticos a lo que su elector sueña: reconocibles espejos sobre los que proyectar los anhelos y frustraciones más comunes, no diré vulgares. Ni es un palurdo aquel ni este es un principito. Esos son sus papeles en escena. Pero ninguno de los dos ignora lo que está en juego: el Irán al que la incompetencia seamos benévolos de Obama convirtió en verosímil potencia nuclear; el Cercano Oriente al que la incompetencia perseveremos en lo benevolente de Obama convirtió en un avispero incontrolable. Une a Trump y Macron una necesidad no discutible: borrar la estrategia con la cual el expresidente norteamericano puso nuestro mundo al borde del abismo. France is back dice el uno con adorable acento. America first proclama, dicharachero, el otro. De la mano. ¿Disneylandización de la política? Sin duda. Pero, ¿es que aún no hemos entendido que, de lo que una vez llamamos mundo, queda sólo esta jovial Disneylandia?