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14 OPINIÓN TIEMPO RECOBRADO PUEBLA MIÉRCOLES, 18 DE ABRIL DE 2018 abc. es opinion ABC PEDRO GARCÍA CUARTANGO TITULITIS Me pregunto si es más importante tener un buen currículum que aprender a pensar A mí me sucede lo mismo que a Cristina Cifuentes: que no puedo acreditar que soy licenciado. Perdí mi título en un traslado y no tengo ni idea de dónde puede estar. Tal vez en el trastero junto a antiguas colecciones de revistas y trastos viejos. Pero ni lo sé ni me importa. Me sorprende mucho que Cifuentes reconozca en su carta al rector que se ha beneficiado de facilidades pero que su titulación ha sido obtenida de forma legal tras el pago de sus tasas correspondientes. Yo debo ser bastante ingenuo, porque creía que uno estudiaba para aprender y no para enmarcar un diploma académico en el despacho o para presumir de curriculum. En mi juventud buena parte de los que estudiábamos en la Universidad teníamos la noción romántica de que los programas servían para adquirir conocimientos y que eso era tan importante o más que sacarse un título. Pero ahora las cosas son diferentes. Cuando acabe mi bachillerato en los jesuitas de Burgos, me matriculé en la Universidad Complutense en Periodismo y Filosofía. Era el año 1972 y todavía vivía el general Franco, lo que era un inconveniente para algunos alumnos como yo que no soportábamos el adoctrinamiento que impartían los profesores vinculados al régimen. Por eso, decidí abandonar los estudios de filosofía. Me parecía una ofensa a mi inteligencia el manual de un catedrático llamado Millán Puelles, que, con un planteamiento escolástico, reducía la filosofía a una explicación teológica del mundo. Como yo no pensaba lo mismo, me fui a Vincennes a aprender algo de profesores como Deleuze, Lyotard, Badiou o Chatelet. En el entorno que yo me movía, los títulos no sólo no eran deseables sino que nos parecían un estigma. En Vincennes, no había controles ni exámenes porque eso se consideraba una práctica que reproducía la ideología dominante del poder. Naturalmente, la titulación de esta universidad, oculta en un bosque, no valía para nada pero eso no les importaba a los que estudiaban allí, sentados en el suelo en un aula sin puertas y con las paredes hechas de materiales baratos que se caían a pedazos. Ello no era obstáculo para que los alumnos siguieran con un silencio casi religioso las lecciones de aquellos profesores. Vincennes ya no existe, su memoria ha sido vituperada, el edificio fue demolido y los viejos maestros han muerto. Pero, sobre todo, lo que ha desaparecido es su espíritu, que me parece muy cercano a la idea socrática de la mayéutica, basada en la cercanía del profesor con el aprendiz. Hoy difícilmente un estudiante podría pasear con un gigante intelectual como Deleuze para hablar de la relación entre el tiempo y el cine. Lo que observo en nuestros días es una obsesión enfermiza por acumular títulos, especialmente, esos másteres de universidades prestigiosas que facilitan el acceso al mercado de trabajo. No me parece mal, pero solamente me pregunto si es más importante tener un buen currículum que aprender a pensar por cuenta propia. VIVIMOS COMO SUIZOS ROSA BELMONTE PELUCAS RUBIAS, LABIOS PINTADOS Con el concejal López el ambiente hostial siempre está asegurado N concejal que fue alcalde de Cartagena y asusta al miedo ha dicho en la radio sobre la candidata del PP a las municipales de 2019 que es una peluca rubia y unos labios bien pintados Como la Mae West de Dalí. O como Cristina Cifuentes. Noelia Arroyo, la aludida, contestó en Twitter y añadió el hashtag que circulaba para apoyarla. Hay majagranzas que lo ponen a huevo. Las mujeres podrían salir con pantalones vagina como los de Janelle Monáe en el vídeo Pink, pero un hashtag es más fácil y menos aparatoso. YotambiénSoyRubiayMepintoLosLabios. El que fue alcalde de Cartagena entre 2015 y 2017 por Movimiento Ciudadano, y gracias a un pacto con el PSOE y los podemitas, ha dicho después en la televisión que al hablar de las pelucas rubias se refería a todo el PP. Como si el PP fuera Dusty Springfield, Dolly Parton o los siglos XVII y XVIII. Me ha recordado el peculiar libro de Luigi Amara titulado Historia descabellada de la peluca (Anagrama) Aunque Noelia Arroyo no lleva peluca. Pero supongo que el pelo es una metonimia rigurosa, como escribe Margo Glantz en De la amorosa inclinación a enredarse en cabellos. Los de la televisión, atónitos, no sabían con quién trataban. Tampoco habrían pillado los matices de López acusando a Arroyo de falta de cartageneidad y exceso de murcianidad. Según José López, U empresario cafetero, una periodista no puede gestionar un ayuntamiento (Arroyo, antes de ser consejera de Cultura y de Transparencia, además de portavoz del Gobierno regional, fue periodista) Se lo decía a la rubia Griso. Está claro que esta nunca se había entretenido mirando actuaciones estelares de López en los plenos municipales. Ni como alcalde ni como concejal, cuando Pilar Barreiro todavía dirigía la alcaldía (la única vez que ha dicho algo ingenioso fue cuando ella le pidió que dejara de hacer el ridículo y él, muy vehemente y activo contra la corrupción, le echó en cara sus cosas con un esto es púnico y notorio Con López, el ambiente hostial siempre está asegurado. Su forma de dirigirse a los demás anda entre J. K. Simmons en Whiplash, la señorita Trunchbull de Mathilda y el sargento Hartman de La chaqueta metálica. A R. Lee Ermey, que acaba de morir, lo contrató Kubrick como asesor sobre el Ejército. Pero al escucharlo durante quince minutos soltando insultos y comentarios ofensivos sin repetirse se lo quedó. Kubrick no conocía a José López. Tiene gracia que al final del programa, donde también intervino Arroyo, López atacara a esta y al PP en un comunicado: Lamento sus artimañas para intentar promocionarse Amárrame los pavos. Si la promoción la ha hecho él con la peluca rubia y los labios pintados. Si ahora da igual el currículo de ella o haber defendido a Pedro Antonio Sánchez (cosa que también le achaca) O incluso llamarla mentirosa. Si a Jordi Cañas, de Ciutadans, lo han llamado hijo de puta en la TV 3 y ahora quieren hacerlo alcalde de Barcelona (su otro gran mérito fue dimitir tras ser imputado por un delito de fraude fiscal del que luego fue absuelto; uno que no necesita másteres) Lo que parece poco aceptable es esta especie de demonio de Tasmania en la vida pública. Del Papa Pablo IV, el más desagradable del siglo XVI, se decía que cuando caminaba por el Vaticano salían chispas de sus pies. Casi. Ya habría querido Cristina Cifuentes un José López para ella sola. El problema de Cifuentes es que se llama rubia a sí misma y esa vía, la del mujerío ofendido, al que también se agarran los hombres, la tiene obstruida. Ahora sólo queda que El Juli la indulte.