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14 OPINIÓN PECADOS CAPITALES PUEBLA JUEVES, 15 DE FEBRERO DE 2018 abc. es opinion ABC MAYTE ALCARAZ EL PRÍNCIPE FEMINISTA El consorte danés, un estrambote en un país sin complejos M E caía bien Enrique de Laborde Monpezat. Contra todo pronóstico, el consorte de la Reina Margarita de Dinamarca, que murió ayer ochentón y triste, se rebeló contra su papel de florero en una de las Cortes más antiguas del mundo. Pronunció una frase típicamente feminista, aunque traída a su molino: Hoy la mujer de un Rey recibe el título de Reina, pero el marido de una Reina, no se convierte en Rey al casarse. Así la pareja queda desequilibrada a ojos de la opinión pública. Esto es traumático Tenía razón: se negó a ser príncipe florero haciendo suyo el discurso reivindicativo femenino mientras animaba a sus iguales, el príncipe de Edimburgo y Klaus de Holanda, a litigar contra la discriminación laboral de un príncipe. A punto estuvieron de fundar un sindicato contra la brecha salarial con las Reinas consortes. Era imposible no empatizar con él. Mientras otras Monarquías eran miradas con lupa, el admirado consorte huía a su fabuloso castillo de Caix, en el sur de Francia, a cultivar sus caldos; y por si fuera poco para un país rendido a la defensa de los animales, se ufanaba de comer carne de perro mientras publicaba un poemario dedicado a su perra salchicha Evita. Solo un Estado que se quiere como Dinamarca se podía permitir un estrambótico esposo real como Enrique. Su mujer, descendiente de los primeros reyes vikingos, forma parte de una promoción de Reyes, entre los que se cuenta Juan Carlos I, Beatriz de los Países Bajos o Harald de Noruega, ya jubilados o en vías de serlo, que jugaron un papel fundamental en la vieja Europa que quedó tras la segunda guerra mundial. Todos son hijos de la bajada a los infiernos de la humanidad en el siglo XX y, cada uno a su manera, arrimó el hombro para conducir a sus países de las tiranías a la Monarquía parlamentaria. La Reina Margarita comparte con Don Juan Carlos su campechanería y sentido del humor, que obraron una simbiosis casi perfecta con sus conciudadanos. Simbiosis que, pese a los vaticinios de los enemigos de la Monarquía en España, terminará recuperando el Rey emérito, al que la historia reconocerá su contribución impagable al progreso y la democracia en nuestro país. Lo más envidiable es comprobar cómo en la Dinamarca que tan bien retrata la mítica serie Borgen, conviven los más altos índices de prosperidad con el respeto a una institución, la Corona, que pese a no tener el pedigrí democrático que curiosamente la izquierda europea reconoce al comunismo, se ha sometido sin matices a las más estrictas reglas del parlamentarismo y la transparencia, blindándose de demagogias como las que gastamos en España. Y qué quieren que les diga: prefiero a un príncipe ye- yé enfurruñado con su condición gregaria, pero en un país seguro de su grandeza, que a un presidente autonómico desquiciado que, a 900 kilómetros de la tumba que aguarda al finado Enrique, sigue tomando el pelo a otra gran nación europea, esta sí, sumida en sus complejos. CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC MEMORIA POLACA El presidente polaco, Andrzej Duda, anunció la firma de una patriótica ley de memoria histórica UE poco después de la caída del Muro en Berlín. Yo conversaba con uno de los intelectuales polacos de Solidarnosc. Los orígenes familiares de mi interlocutor lo situaban en el punto de cruce trágico entre judaísmo y comunismo. Me vino a la cabeza, de inmediato, el drama del antisemitismo polaco. Lo dejé caer, con esa torpe ingenuidad del que no espera que lo obvio pueda herir a nadie. Me equivoqué. Por supuesto. Hay obviedades cuya evocación hiere aún a los más inteligentes. Y el hombre con el que estaba hablando lo era. No hay antisemitismo en Polonia zanjó. Pensé que era una broma. Hice una fugaz referencia a la matanza de 1648, precursora de los genocidios modernos. Polonia no tuvo nada que ver con eso. Fue cosa de los ucranianos Entendí que era aquel un drama vetado en la conciencia de un polaco. Y me abstuve de retornar al siglo veinte y a la escena que Claude Lanzmann transmite en Shoá, a través de la voz de un superviviente de los trenes de la muerte: los gestos de burla de los aldeanos polacos hacia el ganado humano que se encamina a Auschwitz, los pulgares que trazan un semicírculo en el cuello, celebrando su destino. No, no vale nunca la pena recordar algo que la censura moral exige que se borre. Y, además, el hombre con quien yo hablaba era un tipo decente que había sufrido con coraje la represión de la F dictadura. No era ni el lugar ni el momento para hablar de aquello. Lo es ahora. Y no ante un resistente. Sino ante políticos que no sólo ofenden la verdad y la decencia; que apuestan, sobre todo, por falsear la historia. Y manufacturar una memoria a la medida. La semana pasada, el presidente polaco, Andrzej Duda, anunció la firma de una patriótica ley de memoria: de memoria histórica diríamos aquí; esto es, de invención sentimental del pasado. Sus objetivos son claros: aplicar el código penal a quien, acuse, públicamente y contradiciendo los hechos, a la nación polaca o al Estado polaco de ser responsables de los crímenes nazis cometidos por el III Reich alemán Las penas en las que incurriría un historiador que no se plegase a este interdicto podrían alcanzar hasta los tres años de cárcel. Polonia ha sido un país masacrado; siempre al acecho del mal que viene de Rusia. Se entiende la amargura que volver los ojos atrás acarrea para sus ciudadanos. Pero esa amargura en nada altera los hechos. Y menos aún justifica legislar el modo de alterarlos. Claro está que Polonia vivía bajo jurisdicción alemana; claro está que la decisión de instalar en su suelo los campos de exterminio se tomó en Berlín. Nadie en su sano juicio cuestiona eso. Como ningún historiador en el sano uso de su disciplina cuestiona el entusiasmo con que una gran parte de la población polaca acogió el exterminio de sus judíos. La lectura del reciente libro de Fernández Vítores, Mira, Palmero y Sánchez Tortosa sobre el Holocausto es demoledora al respecto. El pogromo de la aldea polaca de Jedwabne fija el canon: Un día de julio de 1941, la mitad de una pequeña población del Este de Europa asesinó a la otra mitad, unas 1.600 personas, entre hombres, mujeres y niños. Lo más curioso es que aquel día el cuartel de la gendarmería alemana fue el lugar más seguro para los judíos. Fueron unos polacos normales y corrientes los que mataron a los judíos Quemándolos vivos. Lo narra sobre las actas de la comisión investigadora de 1945 el historiador Jan T. Gross. Hoy, escribir lo mismo lo llevaría a la cárcel. A eso llaman memoria. Histórica.