Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO, 10 DE FEBRERO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA UNA ÉPOCA OSCURANTISTA Toda educación que trate de preservar la inocencia de nuestros hijos será tachada de retrógrada L EO que en un pueblecito de la sierra de Cazorla, fuente del Guadalquivir, se está investigando la posible agresión sexual de una pandilla de niños apenas púberes a otro plenamente impúber. Ignoro si la investigación confirmará hechos tan tenebrosos y desconsoladores; que, como a nadie se le escapa, son cada vez menos infrecuentes. El juez Emilio Calatayud acaba de recordarnos que hoy existen muchos niños que ven pornografía, a través de sus teléfonos móviles. Y aquí siempre sale alguien pidiendo a los padres que utilicen los filtros parentales para que sus hijos no puedan acceder a esta bazofia; petición del todo grotesca, pues nuestros hijos saben burlar todos esos filtros sin despeinarse (y sin que sus padres nos enteremos) Nada más propio de las sociedades cínicas que encomendar a los filtros tecnológicos la labor que corresponde a los filtros morales, a la vez que declaran abolidos estos. Conductas tan tenebrosas como la que se investiga en ese pueblecito de la sierra de Cazorla serían por completo inverosímiles si no se hubiese instaurado un ambiente que incita a vivir en plenitud una libertad sexual que, por supuesto, incluye todas las variantes combinatorias y la exploración de todos los orificios. Conductas así serían inexplicables si la infancia no hubiese sido corrompida por un hormiguero de escabrosidades que aniquilan su inocencia. Conductas así serían incomprensibles si, en efecto, nuestros hijos no estuviesen rodeados por una infestación pornográfica como no ha conocido ninguna otra época. Y disponible, además, a golpe de click o caricia de pantalla táctil. Pero, en una típica inversión de las categorías morales, nuestra época considera como dijo un prócer europeísta que el libre acceso a la pornografía se cuenta entre los grandes logros y beneficios de nuestra pertenencia a la Unión Europea Cuando lo cierto es que el consumo de pornografía está destruyendo nuestras sociedades, minando la afectividad de nuestros contemporáneos, incapacitándonos para la entrega amorosa y la sexualidad sana, convirtiéndonos en patéticos despojos. Pero sobre esta realidad oprobiosa nuestra época calla, incapaz de enfrentarse al espejo que le muestra su pudrición y le explica la causa última de los males que luego presume de combatir (como la violencia contra las mujeres, por ejemplo) La sexualidad, cuanto más se alimenta con pornografía, más se pervierte y desembrida; y una sexualidad pervertida y desembridada altera nuestra conducta, aniquila nuestros afectos, adultera nuestras pasiones, infecta nuestros sueños con las fantasías más pútridas y purulentas. Pero de esta infestación pornográfica que hemos liberado, que destruye matrimonios y disuelve familias, que condena a la soledad y a la angustia a muchos millones de personas (no sólo quienes padecen la adicción, sino también quienes les rodean) que pervierte la inocencia de nuestros hijos, nadie habla; y, si a alguien se le ocurre hablar, lo crucifican. Es un tema tabú, tal vez porque no soportarnos mirarnos en el espejo. Y, por supuesto, toda educación que trate de preservar la inocencia de nuestros hijos, que les enseñe a mirar su propio cuerpo y el del prójimo como un templo del espíritu, que trate de dignificar su sexualidad balbuciente mediante el cultivo de las virtudes, será inmediatamente tachada de retrógrada y escarnecida como reliquia de épocas oscurantistas. Pero la época auténticamente oscurantista, la época invadida por las tinieblas, es la nuestra: una época en la que los niños, en lugar de jugar a indios y vaqueros, o a superhéroes galácticos, juegan a explorarse los orificios. Una época que merece que le aten una piedra de molino al cuello y la arrojen al mar. IGNACIO CAMACHO LA POCIÓN MÁGICA Mientras España sucumbe al hartazgo, el soberanismo ha instalado la política catalana en una suerte de realismo mágico L JM NIETO Fe de ratas A gran virtud del nacionalismo es su perseverancia, su capacidad insólita para perseguir con la máxima obstinación un objetivo. Menos a Rajoy, al que es imposible aburrir porque ya viene de serie aburrido, los independentistas son capaces de cansar a cualquiera en ese empeño suyo de vencer por hastío. Como todos los que se sienten iluminados por una creencia, nunca dejan de tomarse en serio a sí mismos. Superan todas sus contradicciones y sus problemas de cohesión interna a base de una inquebrantable fe en su designio. Cuando todos los demás flaquean ante la pesadez de la matraca, ellos siguen impermeables al tedio, enfrascados en su solipsismo, porfiando con una tenacidad blindada a cualquier sombra de renuncia a su desafío. El mito del agravio es su poción mágica, el elixir moral que les proporciona energía con chutes de victimismo. El culebrón de la investidura es un palmario ejemplo de esta terquedad compacta, espesa, inasequible al agotamiento. Lo resolverán aunque sea en el límite del tiempo, aunque tengan que esperar al último minuto y estrujarse las neuronas para encontrarle un resquicio a las trabas del procedimiento. Y lo harán en su lógica ensimismada de legitimidades simbólicas y de supercherías argumentales sobre poderes paralelos. Es probable que para la mayoría de nosotros, la solución que encuentren resulte una farsa, un simulacro, un esperpento; para ellos sin embargo se tratará de una imaginativa construcción política capaz de salvar la continuidad del proceso Si es necesario, montarán en Bruselas una mascarada sin valor, una impostura llena de ritualidad solemne en torno a Puigdemont, o involucrarán al Parlament en otra comedia de enredo. Están dispuestos a puentear y faltarle el respeto, mediante una suplantación política, a sus propias instituciones de autogobierno. Pero al final hallarán la forma de autoconvencerse de que han logrado burlar al Estado opresor para seguir adelante con su proyecto. Hace semanas que, mientras los demás españoles sucumbimos al hartazgo, el soberanismo ha instalado la vida pública catalana en una especie de realismo mágico. Un artificio ilusorio destinado a sostener ante los creyentes la apariencia normalizada de un descomunal desvarío. Esta semana, el prófugo de Flandes ha ¡celebrado! sus cien días de exilio con la megalomanía de un Napoleón redivivo, y el presidente de la Cámara autonómica ha visitado en la cárcel a sus líderes para recibir consignas con las que resolver el laberinto. Todo eso se antoja lógico y natural a un amplio segmento de la sociedad imbuido de una fe rayana en el integrismo. Mientras la opinión pública española languidece ante este tostón cansino, la política de Cataluña se ha convertido en una fantasmagoría de simbolismos, en un orden trastornado y ficticio en el que nadie parece darse cuenta de que por ese camino no se llega a ningún sitio.