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ABC DOMINGO, 21 DE ENERO DE 2018 abc. es estilo GENTESTILO TV 93 Antonio Banderas Si hago mal de Picasso, no puedo regresar a Málaga El actor graba para National Geographic la serie Genius que se estrenará en marzo en todo el mundo MARÍA ESTÉVEZ LOS ÁNGELES Antonio Banderas, caracterizado como Pablo Picasso E l actor Antonio Banderas se mete en la piel de otro malagueño ilustre como él, el artista español más importante del siglo XX, Pablo Picasso, en la segunda temporada de la serie Genius de National Geographic, que se estrena en marzo en todo el mundo. En Los Ángeles tuvimos ocasión de conversar con él para ABC. ¿Qué supone para usted representar a Pablo Picasso? -Es importante porque Picasso es una figura importante en mi vida. Tienes que pensar que cuando yo era niño e iba al colegio, siempre pasábamos por delante de la casa de Picasso. Estoy hablando de una época en España en la que no teníamos muchos héroes internacionales. Picasso traspasó una barrera en un tiempo en el que estábamos completamente aislados por la dictadura que vivíamos con Franco. Pero Picasso era más grande que Franco y su sombra llegaba hasta España. Crecer sintiendo esta enorme proyección es un orgullo en Málaga. ¿Por qué tomó esta vez la decisión de interpretar a Picasso? -Me han ofrecido interpretar a Picasso en varias ocasiones pero siempre dije que no. En esta ocasión sentí que era el momento adecuado. Dije que no antes porque me parecía una enorme responsabilidad. Por alguna razón no era el momento, pero ahora sí. El proyecto vino con un gran guión, con el apoyo de National Geographic. ¿Le sorprendió la vida de Picasso? -Estamos en mitad del rodaje y es muy difícil para mí hablar de un personaje que estoy interpretando. Hasta el momento estamos muy contentos, trabajando duro. ¿Qué ha aprendido de Picasso? -Probablemente tenga que terminar el trabajo para saber exactamente qué. Una de las cosas que sé ahora es que su dimensión artística estaba completamente unida a su personalidad. No había una separación entre el artista y la persona. No solo era capaz de pintar, de dibujar la realidad, sino que estaba al servicio del contexto político y social que vivía. Era un visionario y ABC un artista íntimo que reflexionaba sobre la vida. ¿Cual es el reto de interpretar a Picasso? -Lo primero es una responsabilidad enorme: si lo hago mal no puedo regresar a Málaga. Básicamente, lo que hice, fue investigar tanto como pude. He descubierto que todo el mundo reclama como suyo a Picasso o, al menos, algo de Picasso: Galicia, Málaga, Barcelona, París, y lo mismo ocurre con la gente que escribió sobre él. Puedes analizar entre las líneas de sus biografías y ver cómo un mismo evento está contado de distintas maneras. ¿Se ha tomado libertades con el personaje? -Me he permitido ser creativo, por la misma razón que Picasso una vez cogió un Velázquez y pintó Las Meninas desde su propio punto de vista. Nosotros hemos creado un personaje que es nuestra interpretación. ALGO TRAE EL POTOMAC ÁLVARO VARGAS LLOSA ¿LIBERTAD DE IMPORTUNAR? La libertad individual, incluida la sexual, es una conquista de la civilización que debemos preservar cia de la persecución indiscriminada contra prácticas que difieren mucho entre sí y la impugnación del clima de soplonería de las redes sociales. Pero comete muchos errores, algunos graves. Los principales son tres: no guardar las proporciones justas (no carga las tintas lo suficiente contra las distintas formas de abuso sexual) no fijar una frontera clara entre la seducción galante y la abusiva invasión de la esfera individual de la persona que es objeto de abuso, y no distinguir entre la mujer que tiene armas para defenderse del acosador y la que no las tiene. Campañas como Metoo o Balancetonporc han creado un ambiente en el que todos son culpables antes de que se sepa exactamente qué han hecho o dicho y en el que una frase estúpida pronunciada en un cóctel ha pa- C ELEBRO que cien mujeres, entre ellas Cathérine Deneuve, hayan provocado un debate necesario sobre la libertad de importunar con la tribuna que publicaron en Le Monde Porque la campaña contra el abuso sexual, una de las conductas humanas más repugnantes y menos castigadas, corría el peligro de perder autenticidad y vigor moral, petrificándose, como tantas otras causas, hasta convertirse en un ladrillo más en la fortaleza de la corrección política. El texto de las cien firmantes acierta en algunas cosas, como en la defensa de la libertad individual, la denun- sado a tener, en el imaginario colectivo, la misma gravedad que una violación porque la delación y la acusación se han vuelto más importantes que aquello que delatan o aquello de lo que se acusa al acusado. También es cierto, como afirman Deneuve y las otras firmantes, que hay en Estados Unidos un puritanismo que poco tiene que ver con la moral pública o privada, y mucho con la limitación de la expresión y la conducta personales. Esto ha llegado a niveles tan estúpidos que hay campañas para retirar un cuadro de Balthus del Met, peticiones para que se pongan advertencias debajo de los dibujos de Egon Schiele y poco falta para que haya que retirar Lolita de los anaqueles públicos. Nada hizo más daño a la causa de la igualdad ante la ley de los descendientes de esclavos en los Estados Unidos que la transformación de la heroica gesta de los derechos civiles en un conjunto de políticas colectivistas bajo el pretexto del multiculturalismo y una moda, la de la corrección política, que pretendió convertir el canon occidental, es decir siglos de una civilización traumáticamente conquista- da, en un legado hecho únicamente de colonialismo y racismo. Del mismo modo, nada haría tanto daño a la causa de la igualdad de la mujer y el hombre ante la ley, y a la lucha contra ese bárbaro abuso de poder que es todo acoso sexual (y no se diga nada de la violación) como inhibir el arte de la seducción y secar la imaginación erótica de la gente a punta de agresiones mediáticas o judiciales o políticas contra todo bípedo que no se declare un feminista militante. El caso Weinstein ha tenido, por tratarse de Hollywood, la doble virtud de dar una exposición amplia a una de las lacras de la vida en sociedad el sexo como instrumento de dominio y de recordarnos que no hay institución ni persona que, si acumula un poder excesivo, resista la tentación de utilizarlo contra el ser más débil. Castigar o prevenir esa conducta vomitiva es la primera prioridad; inmediatamente después está la necesidad de recordar, como lo hace algo torpemente el texto de Deneuve y compañía, que la libertad individual, incluida la sexual, es una conquista de la civilización que debemos preservar.