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ABC DOMINGO, 21 DE ENERO DE 2018 cordoba. abc. es CÓRDOBA 27 Contramiradas cho el país. Muchísimo. Unas cosas para bien y otras a peor. Antes la mujer andaba por la calle y nadie se metía contigo. Sería por la dictadura. Hasta que me casé vivía en una residencia de monjas porque irte a un piso estaba mal visto. Yo iba a diario a trabajar andando desde casi El Brillante hasta Campo Madre de Dios a las 5,30 de la mañana. Ahora tenemos más libertad pero también tenemos un doble trabajo: dentro y fuera de casa. ¿Qué falta para la igualdad? -Queda mucho. El hombre, por muy joven que sea, cuesta mucho mentalizarlo de que vamos al 50 ¿La autoridad competente, si es mujer, es menos autoridad? -Al principio, a la gente le costó un poco porque pensaba que estabas de florero. Y cuando veían que, si ponías una denuncia, llegaba a donde tenía que llegar igual que si la ponía un hombre, se fueron dando cuenta de que no. -Usted ha dicho: Nos pusieron en tráfico porque nos tenían de florero -Sí. Pero nosotras nos sentíamos profesionales y policías. Entonces hacíamos muchos mercados por el control de los precios. E íbamos a las lonjas con los veterinarios. Los hombres nos aceptaron muy bien. Muchas de sus mujeres tenían celos y no querían que patrullaran con nosotros. -48 años después, las mujeres siguen siendo el 10 de la Policía Local. ¿Qué hemos hecho mal? -No sé qué se ha hecho mal, pero algo se ha hecho mal. No sube el número de mujeres. ¿Y qué hemos perdido de aquella Córdoba que se fue para no volver? -Vamos a ser realistas: vivimos muy bien hoy en día. Aunque ahora Córdoba está muy dejada. Aquella era una ciudad muy retrasada y hay que evolucionar. -El profesor de la UCO Octavio Salazar acaba de presentar un libro titulado El hombre que no deberíamos ser ¿Y qué hombre no deberíamos ser? -No debería ser el hombre agresivo, ni el hombre machista, ni ese hombre duro. Hay que ser más tierno. Esos tres puntos son muy importantes. Vivir en pareja es muy difícil. Y yo estoy muy concienciada por los malos tratos. Eso me pone muy nerviosa. ¿Y qué podemos hacer contra el maltrato? -Yo he visto en mi trabajo muchas situaciones de maltrato. Las mujeres muchas veces damos demasiadas oportunidades. La que está inmersa en ese mundo no se da cuenta de lo que tiene encima. Y el maltratador no cambia por mucho que llore. ¿Hoy hay más agresiones o antes se escondían? -Antes se escondían. Ahora está saliendo más porque la mujer ve la televisión y está más informada. Pero la mujer denuncia y se ve luego muy sola. No tiene ayuda de ningún tipo. Yo estuve un tiempo en violencia de género y pedí que me quitaran. No podía aguantarlo. Rebeldía y dignidad Delfina Tapia ha vivido siempre en estado de rebeldía. Por eso no dudó cuando en 1970 se presentó a unas oposiciones para desempeñar un trabajo reservado a los hombres. Y por eso también se le removieron las tripas cuando se sacó el pasaporte y la administración le exigió la autorización de su padre. La mujer no fue una ciudadana independiente y libre, en igualdad de condiciones que el hombre, hasta la Constitución de 1978. Hasta entonces, era un ser supeditado al padre, primero, y al marido, después. Tanto fue así que cuando se presentó en el Banco de Bilbao para suscribir un préstamo personal para la compra de la vivienda, el director la hizo sentar en su despacho y le preguntó por su marido. ¿Mi marido? En mi casa le respondió perpleja. Pues tiene que venir su marido le inquirió el director. ¿Mi marido para qué? La cartilla está a mi nombre y aquí viene mi nómina. ¿Qué pinta aquí mi marido? preguntó Delfina ya visiblemente irritada. Son las normas respondió secamente. Fue entonces cuando la mujer se levantó y canceló la cuenta en un nuevo acto de rebeldía y dignidad. FOTOS: ÁLVARO CARMONA te de alcalde, Antonio Alarcón, mandó traer una silla y la colocó en el centro de la sala. A continuación, ordenó a la joven policía sentarse y cruzar las piernas. Era la prueba para verificar si la falda dejaba la rodilla al aire. Lo cual, en aquellos tiempos pacatos, era signo inaceptable de impudicia. Las policías locales terminaron rebelándose contra aquellas faldas teresianas y todas sin excepción cogieron unas tijeras y cortaron el vestido por encima de la rodilla. Cinco años después de su jubilación, y tras 35 de dedicación a la Policía Local de Córdoba, mantiene intacta su vitalidad y esa rebeldía innata que la impulsa a no amilanarse ante retos de envergadura. ¿Y qué zancadillas tuvieron que saltar? -Con esa edad no te das cuenta. Lo que quieres es hacerlo lo mejor posible. Con el tiempo ves que no has podido subir en el escalafón de mando. Ahí sí que ha habido zancadillas. En un tiempo estuve interesada y cuando vi lo que había dije que no. -Topó usted con el techo de cristal. -Pero no solo entonces. Todavía hoy. Ahora hay una convocatoria y ojalá que aprueben muchas de las que se presentan. ¿Qué legado ha dejado usted para las nuevas policías locales de Córdoba? -Yo he protestado mucho. De hecho, Vocación Soñaba con ser policía. Y me veía regulando el tráfico en Cruz Conde. El día que pasé por allí con el uniforme, lloré de alegría Cuestión de género Queda mucho para la igualdad. El hombre, por muy joven que sea, cuesta mucho mentalizarlo de que vamos al 50 el día que me jubilaba me pusieron en el turno de noche. Por protestar tanto. Pero es que con las injusticias no puedo. Y menos por el hecho de ser mujer. Me quedé embarazada y tuve muchos problemas. Y hoy las embarazadas, desde el minuto cero, ya están fuera de la calle y en un despacho. Eso es muy importante. Yo tuve que estar en la calle hasta los cinco meses de embarazo. Aún recuerda aquellos días en avanzado estado de gestación regulando el tráfico en la Espartería, uno de los nudos de circulación por aquel entonces más intensos de la ciudad. A principios de los setenta, solo había dos semáforos en Córdoba. El resto de puntos conflictivos se sometían a la regulación manual. Delfina Tapia se casó dos años después de tomar posesión y pronto se convirtió también en la primera policía local embarazada de España. El Ayuntamiento no supo qué hacer con aquella agente que veía crecer su vientre cada semana en medio de la calle y optó por mandarla a casa. -Recibían ustedes piropos y le tiraban tomates. ¿Qué queda de aquella España rancia? -Hasta nos mandaban a fregar platos y coser calcetines. Ha cambiado mu-