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ABC VIERNES, 12 DE ENERO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 17 PUERTA GIRATORIA VIC NATI GAVIRA DELGADOS E IGNORANTES La Junta otorga carácter de norma al sentido común C PERDONEN LAS MOLESTIAS ARISTÓTELES MORENO AQUEL CHAVAL DE CASA RAMÓN Pepe García Marín era aquel mozo de San Cayetano que daba aguardiente a los obreros cuando terminaban el turno de noche N los años treinta del siglo pasado, la Avenida de las Ollerías era un polo industrial de Córdoba. Cientos de obreros trabajaban a destajo en las factorías que jalonaban la carretera de Badajoz. Santa Marina era entonces un barrio gobernado por la pobreza y el hacinamiento. Hablamos de la Córdoba de las casas de vecinos. De aquel enjambre de vidas amontonadas alrededor de un patio blanco y una candela. Sin apenas luz eléctrica ni agua corriente. Cada mañana al amanecer, una nube de obreros culminaba el turno nocturno y se desparramaban por el barrio de los piconeros para enfundarse en los camastros después de una noche dura de trabajo. Muchos de ellos recalaban en Casa Ramón para recuperar el resuello a base de aguardiente y café. Esperaban a que alguno de sus hijos se levantara y dejara libre una cama donde descansar. No había catre para todos. Las familias numerosas se apiñaban en aquellas viviendas patio entre habitaciones desbordadas de humanidad. Casa Ramón abría sus puertas en los albores del día frente a San Cayetano. Detrás de la barra, se afanaba un chaval de 14 años recién salido del seminario. La guerra civil había truncado su camino espiritual y tuvo que ponerse el delantal para echar una mano a la familia. Su padre había sido E piconero aunque un golpe de suerte le había permitido escapar del oficio más humilde del mundo. Santa Marina era el barrio de los piconeros. Y de los toreros. Las dos únicas vías que existían para regatear el hambre. El muchacho de Casa Ramón se llamaba José García Marín. El mismo que años después fundó en plena Judería el primer buque insignia de la gastronomía cordobesa. En la entrevista que nos concedió a ABC en 2012, Pepe El del Caballo Rojo conservaba incólume en su memoria aquella Córdoba desvaída que pugnaba por sobrevivir al otro lado de la barra de Casa Ramón. Lo recordaba con la dignidad de un hombre que tocó el cielo con sus manos sin olvidar la tierra que le vio nacer. La taberna era el refugio de mucha gente que vivía muy mal dijo al cabo de sus 87 años, en la cúspide ya de una trayectoria meteórica que lo había catapultado al Olimpo de la mejor cocina andaluza. En 1962, abrió un pequeño negocio en Deanes esquina con calle Romero. Para mí, un restaurante era latín declaró gráficamente. La Judería era un barrio decadente en el que se perdían muy de vez en cuando medio puñado de americanos despistados. Nada que ver con el río incesante de turistas de medio planeta que hoy anega las inmediaciones de la Mezquita. Luego vino todo lo que ustedes ya se conocen de memoria. La inteligencia, un servicio exquisito, el cordero a la miel. Un día cruzó el umbral de El Caballo Rojo Ava Gardner. La diosa del celuloide. Venía de la mano de Omar Sharif y ese porte majestuoso que iluminaba el oxígeno. Era la señal indiscutible de que el restaurante de Pepe García Marín se había colado ya por la rendija de la historia. En su libro de honor han firmado reyes y hombres de negocios, estrellas rutilantes y jefes de Estado. Durante tres décadas gobernó el firmamento de los fogones y marcó el paso de la nueva cocina tradicional. En buena medida, Córdoba figura hoy en la página de oro de la gastronomía nacional gracias a la audacia de aquel chaval de Santa Marina que daba cobijo a los obreros de aquellos amaneceres en blanco y negro. Que la tierra le sea leve. ONFÍO en que la primera ley andaluza contra la obesidad, la primera de España, coseche mayores éxitos que otras medidas administrativas destinadas a reducir riesgos sociales. Está pendiente de revisión y saber de qué ha servido el lenguaje administrativo que cansinamente nos han dividido entre ciudadanas y ciudadanos, alumnos y alumnas, cordobesas y cordobeses porque a la luz de los datos, esta segmentación del lenguaje por géneros ha tenido nulo efecto si se trata de equiparar salarios, avanzar en conciliación o, en el extremo más doloroso, reducir las cifras de maltrato y violencia hacia las mujeres. A expensas de una valoración técnica y rigurosa, parece demostrado que medidas de contorsión lingüística no provocan cambios ni mejoran una realidad necesitada de más verdad y menos artificio verbal. A las cordobesas les gustaría ser visibles en otros terrenos diferentes a la oratoria huera, el discurso de laboratorio ideológico que tan escasos frutos da. El Gobierno andaluz, sin embargo, gusta de arrogarse algunas conquistas en este terreno como si se tratara de un estimulador de cambio social. Con la ley de prevención de la obesidad, la Junta otorga rango de norma al sentido común, a la práctica silente de padres convertidos ya en deudores de la incontenible ternura de la Junta que quiere niños apenas formados en lo académico pero ligeros y delgados como pavesas. El Gobierno andaluz aporta una ley como si de un alarde de innovación se tratara y no tardarán mucho otras comunidades en seguir sus pasos y apuntalar un futuro desprovisto de obesidad para sus administrados, de paso y desde lejos, se identifica a cordobeses, granadinos y gaditanos como glotones incapaces de contrarrestar sus impulsos y padres permisivos y desinformados que descuidan la alimentación de sus hijos. Muchas otras cosas habría que intervenir antes de optar por una limitación culinaria. Con cinco horas de ejercicio físico semanal ustedes tendrán niños esbeltos pero perfectos ignorantes de la filosofía, la literatura y las artes. Personalmente prefiero niños bien alimentados y formados a escuálidos e ignorantes, si hay que elegir; los primeros. No se sí la ley ampara que los planes de estudios que adapta la Junta de Andalucía hagan reverdecer en ellos la capacidad de discernimiento entre grasas y proteínas o seguirán las aulas alumbrando ciudadanos de pocas luces en dos idiomas; somos bilingües, recuerden. La ley busca reglar una acción humana desordenada para transformarla en avance social, en salud y reducción del gasto hospitalario, por ende. La Junta ha querido ser la primera en mediar en la causa de la alimentación infantil y juvenil pero ha caído en la tentación de dictar a restaurantes y bares que han de hacer con sus cartas y sus propuestas culinarias. La salud es cuestión de desvelo político como debería serlo las largas listas de espera o la masificación en la sala de espera de urgencias, pero esta imagen parece no tener padre político.