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ABC VIERNES, 5 DE ENERO DE 2018 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL BURLADERO UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA ESE HOMBRE DE PAZ La vida está llena de hombres de paz que no tienen inconveniente en subvertir la legalidad L OS tres jueces que forman parte del Tribunal de la Sala de lo Penal del Supremo tienen piel de hipopótamo, gruesa y rugosa, capaz de aguantar todas las presiones a las que se les quiera someter desde cualquier ámbito. Cuando cualquier comentarista esgrime la Razón de Estado para asegurar que lo conveniente para el interés general es que Junqueras quede en libertad, ignora deliberadamente que los criterios con los que se deben mover los magistrados no son los mismos que los de la conveniencia política, lo cual es una obviedad de primero de tertulia. El análisis es meramente técnico y poco importan las consecuencias que pueda tener una decisión u otra, por más que muchos exijan al Tribunal apreciaciones oportunistas. Si debe salir, que salga; si debe quedarse, que se quede. El argumento principal que destaca la prensa acerca de la argumentación en propia defensa del exvicepresidente de la Generalidad es que es un hombre de paz, lo cual no parece una retractación notable de la conducta que le ha llevado a la cárcel. Puede que haya habido algo más, en la vía de Mi Maricarmen Forcadell, para entendernos, pero a estas horas no tenemos constancia de ello. Lo conocido es que la defensa ha argumentado que su apuesta se centra en la vía bilateral de diálogo y tal y tal, pero los hechos a los que debe ceñirse la realidad desmienten esa bondad impostada: Junqueras fue el principal impulsor del proceso unilateral que llevó a proclamar la República de juguete que vocearon en el Parlamento catalán y cuyo tejemaneje quedó retratado en los documentos incautados por la Guardia Civil a su segundo inmediato en la Consejería. Pocas dudas caben de que la mejor manera de neutralizar al chalado de Bruselas que aspira a gobernar la Generalidad con mando a distancia es hacer que Junqueras pueda personarse libremente a la investidura el día 17, al objeto de que alcance la presidencia del Ejecutivo catalán y ello se considere un mal menor. Habrá que ver qué diferencias muestran los independentistas a la hora de ponerse de acuerdo si ese escenario se produce, pero el criterio de los jueces no es el de la componenda política. Junqueras puede acceder a su puesta en libertad, al decir de algunos expertos en materia jurídica, si abjura de su proceder y manifiesta su indudable sumisión a la legalidad vigente, pero para eso hace falta algo más que declararse cristiano y comulgante de misa diaria. Para eso ya está el abad de Montserrat o cualquiera de los curitas al servicio del primer golpe de Estado que se les cruce. Si esta primera petición de libertad es denegada, habrá más oportunidades, pero se le exigirá más contundencia. O no. Yo qué sé. Igual mañana está ayudando a misa en la parroquia de su barrio. La vida está llena de hombres de paz que no tienen inconveniente en subvertir la legalidad en el beneficio de sus ideas pacíficas. O casi pacíficas: la paz encubierta, en ocasiones, es una forma de violencia, al igual que la apariencia pacífica de algunos individuos históricos que hicieron de la paz un negocio pingüe, y una forma de subversión no deja de ser una pátina de camuflaje de sus auténticas intenciones. Quebrar la legalidad es una forma de violencia, solo que sorda, soterrada, camuflada, disimulada. Gente de paz es la que rodeó a la Guardia Civil y destrozó sus coches la famosa tarde en la que los agentes buscaban papeles en la Consejería de Economía. Ese criterio de paz es el que ha llevado a los Jordis a la cárcel. ¿Gente de paz es la que acosa, insulta, humilla, agita y desprecia a los que no están en la verdad única del independentismo de Junqueras y compañía? Como dice el Maestro Burgos: ¡Tequieiyá! IGNACIO CAMACHO EL REY DEMIURGO Juan Carlos es a los 80 años un jubilado hedonista, con prisa por vivir pisando el acelerador en su último trayecto UANDO Nasser forzó con un cuartelazo la abdicación de Faruk de Egipto, el monarca destituido vaticinó en una célebre frase que antes de que acabase el siglo XX no quedarían en el mundo más reyes que el de Inglaterra y los cuatro de la baraja. Se equivocó: han caído desde entonces algunas coronas pero aún se mantienen en pie dos docenas además de la británica. En el mundo árabe están Arabia Saudí, los emiratos, Marruecos y Jordania; en Oceanía quedan algunos extravagantes y minúsculos reinos, y Japón en el este de Asia. En Europa, amén de la pintoresca corte monegasca y de Liechtenstein y sus pantallas fiduciarias, existen ocho dinastías reinantes al frente de otras tantas avanzadas y prósperas democracias. El día que Juan Carlos I cumple 80 años, víspera de la fiesta de los Reyes Magos, es de justicia recordar hasta qué punto la monarquía ha resultado clave en la estabilidad y el progreso de España. El vértigo social y político de la etapa reciente no puede empañar la perspectiva histórica del rey emérito, que aun en pleno declive de su prestigio personal tuvo reflejos para detectar la necesidad del relevo. La operación sucesoria ha sido el último gran éxito institucional del Estado, capaz de renovar su cúpula en un momento crítico que amenazaba con colapsar el sistema entero. Ese salto al vacío cerró el reinado juancarlista con un bucle de intuición que lo enlaza con el de su propio comienzo: la perspicacia para entender cuándo se agotaba un ciclo y era preciso abrir otro nuevo. La visión demiúrgica del Rey que restauró el sistema democrático, desmantelando una dictadura cuyos poderes absolutos había heredado, constituirá para siempre una monumental demostración de pujanza, determinación y liderazgo que sobresale en la Historia dramática del siglo XX español muy por encima de las deplorables vicisitudes de las cacerías africanas, la amante comisionista o el yerno de brazos demasiado largos. Esos episodios de falta de ejemplaridad son errores de decadencia que se perderán en la hojarasca del pasado cuando la trivialidad posmoderna no sea más que un anecdotario. La superación de las heridas de la guerra civil en una larga paz constitucional y el retorno del país a la Europa libre de la que se había descolgado conforman un legado imbatible, un paradigma categórico de trascendencia objetiva sobrada para superar los aciagos devaneos de los últimos años. Juan Carlos es hoy un jubilado con prisa por vivir, entregado al recorrido hedonista de su último trayecto. Esta es una época de presentismo acelerado y tajante, cruel con la memoria, y el reconocimiento que merece su gigantesca obra política no llegará hasta el instante mismo de su entierro. La lúgubre profecía de Faruk la supo conjurar con un volantazo a tiempo. Su verdadera herencia lleva sus genes de instinto y ya ha demostrado que sabe ejercerlos. Se llama Felipe VI. C JM NIETO Fe de ratas