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ABC SÁBADO, 6 DE FEBRERO DE 2016 abc. es cultura CULTURA 63 Los amores perdidos de J. D. Salinger Frédéric Beigbeder recrea el romance entre el escritor y Oona O Neill, futura esposa de Chaplin ABC La Casa de América vestirá hoy de azul rubendariano en su honor DAVID MORÁN BARCELONA Paradigma de Iberoamérica ANÁLISIS SANTIAGO MIRALLES C omo en París, en su Nicaragua natal o en Argentina, Rubén Darío vivió en diferentes casas en Madrid. A él le gustaba pensar que era un peregrino, un viajero que en todas partes aprendía y en todas ofrecía su poesía, su labor de periodista y su sabiduría. Es un poeta imprescindible. Después de beber en las fuentes de la literatura francesa y europea y en la mejor tradición de la española e hispanoamericana, se sacudió las formas apolilladas del XIX y abrió la senda del modernismo con un modo de hacer que marcaría a todos los poetas en lengua española del siglo XX. Aunque muchos discutieran su doctrina, nadie puede negar su enorme influencia como renovador y creador de un estilo nuevo, lleno de música y de sorprendentes invenciones. Rubén Darío se convirtió en una figura determinante de la sociedad española del cambio de siglo, frecuentó los cafés con artistas y escritores, entró en los grandes salones y se inmiscuyó en la atribulada vida política del momento. Más allá de su labor como diplomático, describió en crónicas llenas de vida a todos los personajes importantes de su época. Taciturno, ensimismado, orgulloso de que Unamuno le llamara indio se esmeró siempre por hacer que circularan los aires de la cultura entre España, América y Europa. Cuando se produjo la catástrofe del 98, se sumó al esfuerzo de nuestros intelectuales por rebuscar la esencia de lo español y descubrió que había una comunidad de valores y de cultura entre España e Hispanoamérica. En un momento en que Iberoamérica no era sino una ocurrencia retórica, él supo buscarle contenido y cantar su potencial y su futuro. Hoy se cumple un siglo de la muerte de este gran constructor de la lengua española y de la idea de Iberoamérica, de este nicaragüense que se supo ciudadano del mundo de habla española. En la Casa de América Rubén Darío está en su casa, y por eso le abrimos las puertas con admiración y agradecimiento. SANTIAGO MIRALLES ES DIRECTOR GENERAL DE LA CASA DE AMÉRICA Holden Caulfield se preguntaba adónde diablos debían de ir los patos de Central Park en invierno, sí, pero seguro que a J. D. Salinger (1919- 2010) le atormentó aún más otra pregunta: ¿adónde había ido a parar el amor de Oona O Neill? Ese romance que, según parece, acabó tirado en algún punto entre la playa de Utah y el horror de Dachau. Pregúntenle a Chaplin. O, mejor aún, a la guerra. Y es que, además de un trauma que le acompañaría de por vida, la Segunda Guerra Mundial supuso para el autor de El guardián entre el centeno el abrupto final de su relación con la hija del dramaturgo Eugene O Neill y futura esposa de Charles Chaplin. Un episodio poco documentado en la vida del esquivo escritor que Frédéric Beigbeder se atreve ahora a novelar en Oona y Salinger (Anagrama) retrato de una relación imposible y ejemplo perfecto de lo que el autor francés entiende como facción Además de la ficción y la no ficción, tendría que haber una nueva categoría para la mezcla de hechos y ficción. Lo que hago yo es lo que los periodistas tienen prohibido hacer explica Beigbeder, quien centrifuga toneladas de documentación y se cuela por las rendijas del relato para acabar imaginando las cartas que Salinger escribió a Oona desde el frente y que, asegura, la familia Chaplin guarda bajo llave en Suiza. J. D. Salinger ABC Oona O Neill ABC Desfile de celebridades Hasta después de terminar el libro Beigbeder no consiguió leer algunas de aquellas cartas, testimonios de un joven muy enamorado que ve cómo su chica se le está escapando por lo que el francés optó por meterse en el pellejo del escritor y fabular con sus palabras. Es un lujo para el novelista poder imaginar lo que dicen los personajes, pero el 90 del libro son hechos reales y verificados aclara. A ese porcentaje corresponde, por ejemplo, el encuentro de Oona y Salinger en el Stork Club neoyorquino; el desfile de celebridades encabezado por Truman Capote, Orson Welles y, claro, Charles Chaplin; o los primeros flirteos entre la aprendiz de actriz y el aprendiz de escritor. Ella, apunta Beigbeder, era una adolescente vivaz que, junto con Glo- rre, una campesina analfabeta, mientras paseaba por la Casa de Campo en busca de la inspiración al aire libre, y cayó muerto de amor. Desde entonces, pese a no estar divorciado de Rosario Murillo, Francisca fue su compañera hasta el final de sus días. Con sus tres libros imprescindibles Azul (1888) Prosas profanas (1896) y Cantos de vida y esperanza (1905) Rubén moldeó el lenguaje poético español contemporáneo, que, con la excepción de Bécquer, se inclinaba hacia la ranciedad retórica. Los jóvenes modernistas españoles de la época (Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado, ValleInclán) lo supieron ver y adoraron su poderosa novedad. La revolución de Rubén proviene tanto del hecho de apropiarse en español de la gran poesía fran- cesa de la época el romántico Víctor Hugo y los poetas simbolistas y parnasianos como de la voluntad de llevar la lengua hasta el extremo de sus posibilidades sonoras. Salvando las distancias, su drástico experimento es sólo comparable al de Góngora en el Siglo de Oro. El verbalismo de Rubén representa la antonomasia de lo melodioso en español, por su pericia musical, por su inclinación hacia la palabra exótica, por sus caprichos métricos y rítmicos. Fue, a grandes rasgos, un celebrador de la existencia, porque contemplaba el mundo con ojos sensuales, a pesar de sus prospecciones meditativas. Como en sí mismo al fin, reposa para siempre en la gloria, ese mausoleo insípido. Metapa, la ciudad en que nació, hoy se llama Ciudad Darío. ria Vanderbilt y Carol Marcus, acababa de fundar la liga de las primeras it girls de la historia del mundo occidental Él, a años luz del inaccesible enigma en el que se acabaría convirtiendo, intentaba publicar sus primeros textos. Todo iba razonablemente bien hasta que los japoneses atacaron Pearl Harbour y Salinger saltó a la trinchera. En el libro, que arranca con el francés quedándose a las puertas de la casa de Salinger jamás me hubiese recibido; además, tenía un rifle y me arriesgaba a morir aclara Beigbeder imagina también otros episodios, como el primer encuentro entre Oona y Chaplin, con el cineasta intentando convencerla de que Hitler le había copiado el bigote, o el profundo shock que le produjo a Salinger entrar en el campo de concentración de Kaufering IV. A esas alturas, Oona ya le había dado calabazas y el escritor, con los primeros capítulos de El guardián entre el centeno como ancla emocional, se internaba voluntariamente en un hospital psiquiátrico para aniquilar definitivamente a la persona y empezar a construir el mito.