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ABC JUEVES, 24 DE DICIEMBRE DE 2015 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL CONTRAPUNTO ISABEL SAN SEBASTIÁN SUSTO O MUERTE Si Zapatero pactó con ETA y ganó, pensará Sánchez, ¿por qué no he de pactar yo con Podemos? P EDRO Sánchez se enfrenta a una alternativa diabólica que, como en el chiste, le obliga a elegir entre susto y muerte. Si se abstiene en la investidura de Rajoy o apoya una gran coalición a dos o a tres pensando en el bien de España, Pablo Iglesias le señalará como el responsable de que vuelva a gobernar el PP y Podemos dejará al PSOE reducido a escombros en las próximas elecciones, a las que él concurrirá en forma de precadáver político. Si, por el contrario, decide negociar las condiciones de un acuerdo con la formación morada, puede asegurarse una estancia temporal en La Moncloa o, en caso de que fracasen las conversaciones, poner la pelota de la culpa en el tejado de Podemos. Sus declaraciones apuntan ya claramente en esa dirección. Sánchez dispone de una única oportunidad, que es ésta. El socialismo, también. Por más que insistan los barones en el riesgo de entenderse con el conglomerado populista al que varios de ellos no hicieron ascos tras las municipales y autonómicas, saben que el escenario de un adelanto electoral resultaría letal para sus intereses al polarizar el voto entre los dos extremos de la horquilla. Ciudadanos pagaría con muchos de sus escaños el miedo de la derecha al frente popular, lo que devolvería al PP una mayoría más holgada, mientras todo el voto útil de la izquierda desembarcaría en Podemos, borrando del mapa a IU y condenando al PSOE a la tercera posición del podio. Es cierto que las líneas rojas trazadas por Iglesias en la noche electoral hacen muy difícil un entendimiento. No lo es menos que se trata de una posición de partida, no de final. Las distintas mareas rupturistas son conscientes de las ventajas inherentes a tener en Madrid un gobierno débil, rehén de apoyos externos, y aflojarán llegado el momento. Es improbable que se arriesguen a unos comicios anticipados de los que su enemigo principal saldría muy fortalecido. El jefe de las huestes plurinacionales y anticonstitucionales puede pedir hoy la luna, pero habrá de aceptar que la Carta Magna exige para su reforma unos porcentajes inalcanzables sin el concurso del PP y que con el texto actual no hay derecho a la autodeterminación que valga. Sánchez tiene por tanto en su mano un argumento de peso para negarse a secundar las demandas más suicidas, invocando la imposibilidad de llevarlas a cabo sin abandonar el marco legal vigente. Por otra parte, nuestra pertenencia a la UE le brinda una sólida red a la que aferrarse en el empeño de evitar el total desvarío económico, como demuestra el ejemplo de Grecia. En última instancia, pensará él, si Zapatero pactó con ETA y revalidó su mandato ¿por qué no he de pactar yo con Podemos? Todo lo cual lleva a pensar que a lo largo de las próximas semanas Iglesias acercará posturas en aras de sellar un contrato que permita gobernar a Sánchez teniéndole sujeto por el cuello, con el fin de ir desgastándole hasta dejarle en los huesos. Tal como han advertido varios veteranos socialistas, ese abrazo del oso acabará seguramente matando al presidente del puño y la rosa (y con él, a sus siglas) aunque hasta entonces le concederá todos los resortes del poder para defenderse. Nada tiene que perder y sí mucho que ganar. ¿Cómo va a impedirlo Susana Díez? ¿Ordenará a sus veintidós diputados andaluces que voten contra su propio candidato? ¿Dejará al PSOE sin voz reconocible en el Congreso? Solo Rajoy puede evitar ese frente, prestándose a entronizar a su rival derrotado. Es decir, cediendo la Presidencia a quien le llamó indecente a cambio de moderación, pese al coste que esa decisión tendría para su persona y sus colores. ¿Usted lo haría? Ojalá equivoque el pronóstico y se imponga la cordura que propone Albert Rivera. Ojalá, aunque lo dudo. IGNACIO CAMACHO CUENTO DE NAVIDAD Tenía una expresión serena surcada por una cicatriz reciente de tristeza. Los profesores, le dijo, sois la sal de la tierra LEVABA el abrigo colgado del brazo y en la mano, los guantes y un libro pequeño y delgado, como de poemas, de cubierta clara. Tenía una expresión serena pero amarga, un rostro amable surcado por una cicatriz reciente de tristeza. Llegó a su despacho el último día antes de las vacaciones de Navidad y se paró en el umbral con una timidez de respeto añejo, desusado. Le calculó setenta y tantos; era menuda, encorvada y se veteaba el pelo para no uniformarlo de canas. Se presentó como la madre de un antiguo alumno y él mintió al decirle que lo recordaba. En realidad necesitó todo un relato de detalles para identificarlo en una vaga bruma memorial; un muchacho despierto e inquieto por la literatura, un letraherido al que había dado clase muchos años atrás, recién ganada la plaza, cuando el anhelo de enseñar le temblaba en la médula y disfrutaba cada hora docente como un estreno. Tanto tiempo después, cansado de la trinchera hasta tachar los días que le faltaban para su próxima jubilación, le sorprendió la frase rotunda con que la anciana elogió su oficio. Los profesores, le dijo, sois la sal de la tierra. Llevaban un rato conversando sin que ella le dijese por qué lo había ido a ver. Entonces intuyó, por la forma elíptica de su charla, que el hijo había muerto y que la visita tenía el objeto de transmitirle algo parecido a un legado. Al fin mencionó el asunto bajando la mirada: semanas atrás lo había tumbado un cáncer a los cuarenta y tantos. Roto el tabú le narró con voz quebradiza la vida del chico, una historia normal de un hombre sin sobresaltos. Había estudiado Magisterio y hasta que empezó la enfermedad ejercía en un colegio privado. En el fondo no le gustaba la enseñanza, le contó; sólo quería escribir, escribir con una intensidad redentora, y en el aula le mortificaba la desatención de los alumnos y su incapacidad para motivarlos como su antiguo profesor había logrado. Supo que hablaba de él admirado como del padre vocacional que le faltó, y se sorprendió con cierta incomodidad remordida de la impronta con que había influido sin saberlo en un chaval olvidado. Le vino de golpe la memoria de aquellos días intensos en que se sentía pleno, vibrante, feliz con su recién inaugurado trabajo. Al final, pensó como indultando su actual derrotismo, su escepticismo desalentado, quizá todos esos años que al cabo le parecían estériles sirvieron para algo. La mujer le entregó entonces el librito que traía en la mano. Eran un poemario escrito por el hijo que ella mandó imprimir cuando supo el diagnóstico, para que no se fuera sin verlo publicado. Lamento traerle este recado en Navidad, le hizo saber, pero él quería que usted lo tuviese y me ha costado localizarlo. Estaba dedicado con tinta verde, como la que enseñaba en clase que usaban Neruda y Juan Ramón, y le daba las gracias por transmitirle la única pasión que no había caducado L JM NIETO Fe de ratas