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ABC DOMINGO, 29 DE NOVIEMBRE DE 2015 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL RECUADRO ANTONIO BURGOS FUE QUE GALLARDÓN... Descristianizar la Navidad empezó con Gallardón N muchas escuelas de Magisterio se contaba la historia, de cuando en los colegios nacionales los niños tenían que aprenderse de memoria la bella prosa del Catecismo del jesuita Padre Jerónimo Ripalda, que daba aquella definición casi poemática del pecado de envidia: Tristeza del bien ajeno A una de aquellas escuelas llegó un día el inspector de Primera Enseñanza que, para comprobar el grado de instrucción de los alumnos, les ordenó: -A ver, niños: recitad a coro el Misterio de la Anunciación. Los niños pusieron cara de extrañeza. Ninguno abrió la boca. Se hizo un silencio de campo en la escuela. Hasta que el maestro, con la autoridad que entonces tenían aquellos profesores de regletazo, les mandó, tajante: -Niños: lo que dice el señor inspector es que cantéis a coro el Fue- Que. Y el aula rompió con la cantinela: -Fue que el arcángel San Gabriel anunció a Nuestra Señora, la Virgen María, que el Verbo Divino tomaría carne en sus entrañas sin detrimento de su virginal pureza... Me he acordado del maestro del Fue- Que viendo que, a imitación de un concejal comunista sevillano de una anterior corporación (ahora conocido como el Tío de la Mariscada por la que se pegó en Bruselas, incluso con un muy divulgado selfie en plan cigala en mano entró en España y al verla se descubrió en Barcelona la alcaldesa Colau ha roto en llamar Solsticio de Invierno a la Navidad. Tra- E duzco: la ultraizquierda y la izquierda echan en odres nuevos los viejos vinos de querer descristianizar la Navidad, hacernos olvidar que todo esto se forma porque nació Jesús en Belén... y no en el departamento de cestas de regalo del Cortinglés. Y en esta descristianización de la Navidad hubo un FueQue: el Fue- Que de Gallardón. Imitando la prosa del Ripalda podríamos decir: Fue que el alcalde Gallardón, como le daba vergüenza de ser de derechas, en estos Madriles inventó una forma nueva de alumbrar las calles de la Villa, sin mentar la Navidad, de modo y manera que en nada recordara que se estaba celebrando el Nacimiento de Cristo Todo esto que ahora hacen con tanto ahínco los ayuntamientos de izquierda, descristianizar la Navidad, empezó con Gallardón de alcalde de Madrid, cuando llenó las calles de luces con letras absurdas, e incluso me parece recordar que hasta con palabrotas, pero ni un palote sobre Jesús o la Virgen María. Y ahora hay como una carrera en pelo, al gallardonesco modo, para ver quién es más agnóstico; quién suprime más belenes municipales; quién pone decoraciones callejeras más lúdicas y menos cristianas; vengan abetos iluminados, vengan trineos y renos de Papá Noel con todas sus castas. Ah, y el Adviento, a la americana: empieza con el Black Friday. De ya es primavera en el Cortinglés hemos pasado al ya es Adviento, porque en el Cortinglés hay tres días, tres, de Black Friday Y lo más incoherente es que todos estos que tratan de ponerle motes a las venideras Pascuas para que parezcan lo menos cristianas posibles, son los que con mayor insistencia protestan porque Rajoy (siempre Rajoy y cuando no, Aznar) les retuvo la Paga de Navidad con la crisis. ¿En qué quedamos? Si no hay Navidad, sino Solsticio de Invierno, ¿por qué tiene que haber Paga de Navidad? Y señores alcaldes que suprimen ustedes los belenes y quitan de las calles cualquier recuerdo del Niño Jesús: si no creen ustedes en Dios, ¿por qué no van a currelar a su despacho el día 25, ya que ese día no nació absolutamente nadie en Belén? ¿Y por qué se empecinan también en no ir a trabajar el 6 de enero, fiesta de la Adoración de los Reyes; fíjense, ¡de los Reyes! con lo republicanos que son ustedes y con esa bandera tricolor tan bonita que se han apresurado a poner en sus despachos... IGNACIO CAMACHO EL DESCANSILLO Rajoy aplica a la guerra de Siria la misma no estrategia que usó con el rescate: la del gallego en la escalera ON sus ocho apellidos gallegos anda Rajoy plantado en el rellano de la escalera de la guerra en Siria, silbando con cara de palo para que nadie sepa si la sube o la baja. Arriba le aguarda la socialdemocracia deseosa de que se implique en la coalición bélica para poder echárselo en cara, y abajo está la izquierda del pacifismo preventivo reunida ya en torno a sus tradicionales aunque algo desvaídas pancartas. Más que nunca el presidente se muestra estos días fiel a su estereotipo inmovilista; si hay algo a lo que esté acostumbrado es a esperar sus críticos más ácidos sostienen que en realidad es su única forma de abordar los problemas y esta vez tiene la coartada de que le van a reprochar cualquier decisión que tome, incluida la de no hacer nada. En un país normal, entendiendo por normalidad el estándar político europeo, el Gobierno habría fijado postura sin dilación y la oposición lo secundaría con responsabilidad de Estado. Francia reclama ayuda ante una sangrienta agresión y cualquier aliado está moralmente obligado a prestársela. Pero España sentó once años atrás, en ocasión parecida, un precedente de enfrentamiento social ante el que Rajoy, que recibió en su culo aquella patada de descontento contra Aznar, salió escarmentado. Aunque las circunstancias objetivas sean diferentes, el izquierdismo de escrache muestra idénticas intenciones torticeras de asaltar la calle. El menor movimiento militar servirá de pretexto para agitar el espantajo de la derecha mataniños y con las urnas a la vista no parece plausible la hipótesis de contar con el acuerdo del PSOE, que pese a haber propuesto en enero el pacto antiyihadista se mueve ahora en él con la remolona renuencia de un perrito arrastrado. Con todos los partidos buscando la manera de marcar diferencias, el único consenso posible es el de esta expectativa inerte. Que además cuadra con el estilo marianista, esa clase de estática pasividad capaz de hacer de la procrastinación un método de trabajo. Experto en parar el reloj, en establecer tiempos muertos y compases dilatorios de desesperante demora, Rajoy se ha petrificado en el simbólico descansillo dispuesto a abrasar a los adversarios en su propia impaciencia, aun al precio de irritar a los socios internacionales que le empiezan a urgir una respuesta. Aviados van unos y otros: se trata del mismo hombre que se cruzó de brazos cuando media Europa le apremiaba el rescate de una prima de riesgo sobrecalentada. Al final tuvo que actuar Mario Draghi desde Fráncfort porque en Madrid no había más consigna que la de dejar que se enfriara sola. Esa es su táctica y su estrategia: quedarse quieto, pura ataraxia, mientras todo se mueve a su alrededor hasta que alguien derrapa o se pasa de frenada. La guerra puede empezar sin él; no tiene ninguna prisa por participar y a poco que aguante esta vez igual se decide cuando esté terminada. C JM NIETO Fe de ratas