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ABC DOMINGO, 11 DE OCTUBRE DE 2015 abc. es opinion OPINIÓN 15 CARDO MÁXIMO VIC JAVIER RUBIO EL GRAN SILENCIO Todas las cosas hermosas que nos rodean, lo hacen en silencio. Todo lo bello es silencioso H PRETÉRITO IMPERFECTO FRANCISCO J. POYATO CINCUENTA AÑOS DE ZALIMA Entre aquellas clases de taquigrafía y las que hoy copan la tablet hay dos sociedades distintas pero una realidad común L as efemérides en las instituciones educativas tienen de utilidad, entre otras, la pausa justa para poner el acento sobre su labor y alcance en la sociedad en la que se incardinan. La educación es a la par tan cotidiana e importante que en un mundo tan banal como éste es relegada con frecuencia a un papel secundario cuando no ideológico que desvirtúa su esencia y su trascendental función. Maltratada de manera sistemática por el poder político, que se muestra incapaz de arbitrar un pacto de altura que blinde la formación de todo un país del empeño espurio en adoctrinar e ideologizar; no enseñar en libertad. Como tantas paradojas que pueblan el presente- -la desinformación en la era de la saturación informativa... la educación alcanza un plano crucial en la competitividad brutal de las nuevas generaciones, en el acceso al mercado laboral, en la era del conocimiento que vivimos a una velocidad de vértigo. Pero cuantos más avances y medios, cuanta más creatividad y necesidad sobrevuelan los centros educativos, más difícil resulta impartir clase y educar. Y más valor alcanzan los resultados óptimos, y más imprescindibles se vuelven los docentes, injustamente tratados siempre. Si volviéramos la mirada a la Córdoba de 1965, es evidente que nos encontraríamos con una ciudad muy diferente a la que hoy vivimos. Donde el papel de la mujer muy poco tiene que ver con el que juega en la actualidad. En ese punto de arranque, un grupo de familias cordobesas, con el apoyo de José María Escrivá de Balaguer, inicia una aventura sobre la que entonces, lógicamente, no tenían indicios suficientes sobre su recorrido postrero. Una casa en la Trinidad. Cuatro aulas. Nuevas profesiones para mujeres cordobesas. Formación y valores. Y toda la ilusión de quien con uñas y dientes cree en una idea. Una transgresión en aquellos momentos. Cincuenta años después, aquel Instituto Superior Zalima, de cuyo nacimiento este periódico ya daba cuenta en sus páginas por aquellas fechas, sigue con más ahínco en la misma aventura: formar a mujeres cordobesas en la reinvención constante y la adaptación a las demandas de la sociedad. Sorteando avatares, trabas políticas y prejuicios de mentes apocadas y mediocres. Más de seis mil mujeres han pasado por sus aulas en todo este tiempo, bajo el inconfundible sello de la discreción y la sencillez que esta Casa transpira en toda su labor y con un incondicional y sobresaliente panel educativo y de apoyos institucionales, empresariales, sociales y religiosos que abren para sus alumnas un horizonte de altas expectativas en la era del conocimiento. Entre aquellas imágenes en blanco y negro de las alumnas en clase de taquigrafía y las que a todo color muestran hoy a esas mismas jóvenes manejando una tablet en clase habitan sociedades distintas, pero dos realidades comunes. La primera, el rol de la enseñanza como el pasaporte para el futuro, puesto que como decía Malcom X, el mañana pertenece a las personas que se preparan en el presente Una meta extendible, por supuesto, a todas las instituciones y centros educativos que cada mañana abren sus puertas a los demás. La segunda, la importancia de las mujeres en la sociedad que hoy, desgraciadamente, sigue exigiéndoles más protagonismo con el doble de esfuerzo o el triple de méritos que el hombre, pese a contar con una mayor capacidad y carga emocional que su compañero, y un enfoque igual de rico. Ejemplos como el de Zalima, afortunadamente, nos quedan en Córdoba. Décadas de batallas granjean sus currículum y labor en lo privado y en lo público. Y lo menos que nos queda al resto es darle las gracias a todos ellos. ASTA no hace tanto, ayer por la mañana como quien dice, no había motivo de mayor azoramiento que entrara una llamada al teléfono móvil mientras se deambulaba sin mediar palabra por las salas de un museo. En la actualidad, hay quienes han llevado al límite el diálogo con las obras artísticas hasta el punto de que se recuestan en la pared para hablar por teléfono justo al lado de los cuadros con toda su pátina de los siglos encima. Ojalá alguno de los personajes pintados pudiera cobrar corporeidad unos minutos para arrancarle de la oreja el aparato a esos botarates que osan romper el silencio sagrado de las esculturas con su charla insulsa. ¡Si Miguel Ángel levantara la cabeza, no le volvería a ordenar a su Moisés que hablara! La vida cotidiana está tan llena de banalidad retransmitida en directo, de palabras vacías hilvanadas con dibujos de caritas y pulgares enhiestos, que lo verdaderamente revolucionario es guardar silencio. Como las estatuas, como los ecce homo, como las vírgenes sedentes. Todas las cosas hermosas que nos rodean, lo hacen en silencio: las nubes dibujando formas caprichosas en el cielo, altas y silentes hasta que la tormenta las hace prorrumpir en bramidos; las flores del campo abriéndose al contacto con el rocío de la mañana, húmedo y callado; los caballos del pensamiento cuando se les deja correr sin riendas que lo sujeten; el sol con sus lengüetazos ásperos lamiendo la orilla del mar; los sueños que se agazapan en la negra noche; el rayo del equinoccio subrayando la bisectriz de septiembre en San Juan de la Palma; la hierba creciendo bajo los álamos del río... Todo lo bello es silencioso, tan reciente como el mundo de antes de que el padre del coronel Aureliano Buendía lo llevara un día a conocer el hielo en aquel Macondo con una veintena de casas de barro y cañabrava. En el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo se inaugura esta tarde la exposición estelar del vigesimoquinto aniversario del museo con el nombre de esta columna y, antes de ella, de una película de cine. La cinta tardó dieciséis años en poder filmarse en la Grand Chartreuse de Grenoble como una apasionada y reverente mirada a los cartujos, la orden que fundó San Bruno para santificar el silencio. Como es lógico, en la filmación apenas se escuchan palabras: los monjes intercambian mensajes escritos a mano en un mueble para no hablar en vano. Todo lo más que se oye es la nieve cayendo y el chasquido de los botones de la saya de un monje cartujo difunto cayendo en la caja donde se guardan para volver a utilizarlos en el hábito de quien le haya de suceder: una prodigiosa metáfora visual de la vida misma cuando a todos nosotros nos llegue el momento supremo de la verdad, que no es otro que el día en que nos fundimos para la eternidad en el gran silencio.