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12 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA DOMINGO, 11 DE OCTUBRE DE 2015 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO MUY BUENO Tiempo ya de reconocerle todo su mérito, sin choteo zumbón L hombre estaba entonces a las puertas de los 59. Apareció en el incierto estío gallego ataviado con aires de otras latitudes: un pantalón vaporoso blanco, camiseta celeste y unos mocasines naranjas, que dejaban ver una de sus señas distintivas: la ausencia de calcetines. Su rostro resultaba de cerca un tanto acangrejado, tiznado por un bronceado de esos que provocan sudores fríos a los oncólogos. En medio de la conversación, contó lo que sigue: Hace unos trece años, Sinatra me invitó a su casa para preparar un concierto benéfico que organizaba cada año. Una noche me llamó Bárbara, su mujer, y me dijo: Hay un combate de boxeo desde Europa temprano y Frank quiere verlo contigo El temprano eran las tres de la madrugada. Llegué y en su despacho tenía aviones colgados, trenes y un montón de fotos y recuerdos muy hermosos. En una repisa estaban su Oscar por De aquí a la eternidad y un Grammy. Le señalé el Grammy y me respondió: Bah, tú tendrás muchos Yo no tenía ninguno y se lo dije. Ni te preocupes Y me coge y me lleva a un extremo del despacho, donde tenía una preciosa bola del mundo. Cierra los ojos y pon la mano Lo hice y salió Samoa. Sinatra dijo: Pregúntales a los de Samoa quién ganó el Grammy el año pasado. No tendrán ni idea. Pero pregúntales si conocen New York, New York Me habían encargado entrevistar a Julio Iglesias. Como tantos que fuimos niños en los setenta, por oposición al mundo paterno crecí en la ridícula idea, todavía vigente, de que lo anglosajón era lo moderno, mientras que lo latino representaba lo camp, la pachanga con caspilla. Así que acudí a hablar con Julio con cierta displicencia provocadora, que hoy me sonroja. Por fortuna, me frenó en seco con dos cortes. El primer mandoble: El próximo mes le caen ya los 59... Sí, señor, ¿y qué carajo pasa con eso? El segundo revés: ¿Podría concretar con cuántas mujeres se ha acostado exactamente? Julio me taladra la mirada con educado enojo contenido: Pues con las que he podido, chico Pasados los merecidos cubos de agua fría, siguió hablando con una afable profesionalidad. Percibí a un hombre muy inteligente y, sobre todo, a un atentísimo y perspicaz observador, capaz de extraer lecciones imperecederas de escuela de la vida en marcha. Un trabajador a pie de mina, que ha grabado ochenta discos en catorce idiomas, que se subió a la furgona para ser cantante cuando era el vástago de una familia bien. Un cosmopolita que ha dado más de 5.000 conciertos, cuando ya en su cincuenta confesaba cómo le flaqueaban las piernas, fruto de aquel accidente de 1962 que casi lo dejó paralítico. Un cantante con tanto sello que es reconocible a la tercera sílaba. Un hábil empresario inmobiliario (850 millones de patrimonio, según Forbes Y siempre, en cualquier lugar y hora, un español que habla bien de su país. Francia venera a Aznavour y Johnny Hallyday. Tom Jones, con su testosterona horteroide, es Sir en Gran Bretaña. Aquí, Julio es observado con un cierto choteo zumbón. Ahora, ya con 72 años, arrasa en México con su último disco. Julio trabaja. Otros, tan guays ellos, solo escriben tuits llenos de roña. E LA FERIA DE LAS VANIDADES FRANCISCO ROBLES PROGRESISTAS Y REACCIONARIOS Amantes de la censura hasta el extremo de impedir la performance de Morante vestido de Dalí L AS etiquetas cambiarán cuando pasen los años, cuando la historia cuente con el intangible instrumento que le permite diseccionar la realidad a través del tiempo: la perspectiva. Ya lo decía doña Rosa, el personaje que Cela creó para coagular todo el rencor que se respiraba en las sentinas morales de aquella España donde su capital era ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena. La dueña del café lo repetía a cada momento. No hay que perder nunca la perspectiva. Ella, encarnación viva del egoísmo más atroz, la había perdido. Tal vez por eso sabía muy bien de lo que hablaba. Las etiquetas cambiarán cuando la perspectiva histórica permita que nuestros hijos- -más bien nuestros nietos- -puedan meterle el bisturí a la superficie cotidiana de la realidad. Entonces se darán cuenta de que los reaccionarios no son los militares que mañana desfilarán por las calles de Madrid, y que los progresistas no tienen nada que ver con los que rompen la Constitución en el ambón del Congreso ni con los que propugnan un sistema totalitario basado en el cimiento excluyente de la utopía: lo malo de los sueños utópicos es que no hay sitio para los demás, pero eso no lo reconocerán jamás los que se creen en posesión de la verdad absoluta. Cuando repasamos el siglo XIX con la debida distancia que nos dan los años, y sin las gafas del sectarismo que impiden ver lo que pasó, comprobamos que los impulsores de las asonadas y las insurrecciones fueron los militares progresistas que se rebelaban contra el absolutismo. El simplismo imperante en cuestiones de media memoria histórica lleva a algunos a creer que aquellos sargentos eran unos fachas, o que Espartero fue un fascista que quería aplastar al pueblo vasco y a la Cataluña que ya pedía el derecho a decidir. Todo lo contrario. Lo mismo que está ocurriendo ahora. Los militares son los que abren las fronteras, los que salen al exterior para que España no se quede cruzada de brazos ante los dramas- -más bien las tragedias- -que viven las víctimas de los totalitarismos posmodernos. A cambio, los que van de progres se limitan a hacer la revolución del sofá. Cómodamente instalados en sus casas, ajenos al abismo que nos separa de los países en guerra, se creen moralmente superiores porque lanzan mensajes desde su móvil de última generación. Revolucionarios de twitter. Piensan que así van a acabar con el sufrimiento de los que claman por una intervención militar en su país que aleje a los dictadores y a los fanáticos de una religión que al progre reaccionario no le molesta lo más mínimo: el anticlericalismo impostado siempre se ceba, curiosamente, con las confesiones más abiertas y tolerantes. Amantes de la censura hasta el extremo de impedir la performance de Morante vestido de Dalí, estos reaccionarios disfrazados con la piel del cordero progre insisten en imponer su modelo de Estado y de sociedad, de creencias y de costumbres. Ahí radica el huevo de la serpiente. Ahí está la clave del pensamiento reaccionario. Los militares españoles del siglo XXI no imponen nada. Se ofrecen para que la paz y la democracia puedan llegar a esos lugares donde nunca estuvieron. Son los carcas de la progresía los que pretenden reglar nuestras vidas íntimas y personales. Ellos son los reaccionarios, aunque la falta de perspectiva les permita engañarnos con el trampantojo de un progresismo que es pura ilusión óptica.