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14 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA JUEVES, 17 DE SEPTIEMBRE DE 2015 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO ESPAÑA, POR ET Nuestra historia contada por un alienígena N 1982, ET aterrizó en casa del niño Elliot, en California. Si el joven alienígena retornase podría caer en otro confín. Esta vez su nave se escoña en el monte del Tossal de la Baltasana, en la sierra de Prades. Chamuscado, logra llegar a Tarragona y se oculta en casa de una familia de clase media. En su escondrijo, ET lee la prensa, escucha a Herrera y sigue el Telediario, la Liga y a Jorge Javier. También se empolla todos los libros de la biblioteca familiar y con su inteligencia extraterrestre se hace una composición de lugar y envía un informe a su planeta: Estoy en la Tierra (país España, región Cataluña, ciudad Tarragona) España es una de las naciones más antiguas del planeta y durante 200 años fue cabeza del imperio más grande que han conocido aquí abajo. Tras perder sus territorios de ultramar se desorientaron y entraron en un rápido declive. Además se incorporaron tarde y mal a la Ilustración y el liberalismo, lastrados por un tradicionalismo que sospechaba de los negocios. Tampoco estuvieron en la Revolución Industrial. Su arranque del siglo XX fue una calamidad, con emigración masiva a América y una guerra civil atroz que destrozó el país. Luego, intentaron una autarquía imposible y se quedaron al margen de los modelos democráticos punteros. Pero a finales del siglo XX espabilaron. Se reconciliaron, recuperaron las libertades, abrieron la economía, entraron en Europa e instauraron una administración descentralizada, para atender mejor lo próximo y dar satisfacción a las peculiaridades regionales. Le dieron la vuelta a su historia y entre el aplauso general se situaron entre los países donde mejor se vive. Pero al prosperar tanto en poco tiempo se les fue la pinza con el consumo a crédito. Cuando los bonos basura hundieron la economía mundial se les cayó el tenderete. Lo pasaron de pena: cinco millones de parados y las arcas públicas quebradas. Lo han superado y hoy son el país de la UE que más crece. Pero aprovechando el malestar de la recesión han calado populismos comunistas y separatistas. En solo tres años, con una campaña oficial de propaganda, los nacionalistas que gobiernan Cataluña han lanzado un plan para separarse de España, saltándose incluso la ley. El Gobierno les ha respondido que no puede darles lo único que les satisface, la independencia, pues su primer mandato es preservar la integridad del país. Pero el Partido Socialista, el que más tiempo ha gobernado España, da oxígeno a los sublevados para marcar diferencias electorales con su rival. En Cataluña el idioma que más se habla es el español, pero está prohibido en la escuela y los rótulos. Cataluña es también la región que recibe más dinero del Estado y el 36 de su población ha llegado de otras zonas de España. Ahora hay elecciones regionales, pero los nacionalistas dicen que son un referéndum sobre la independencia y amenazan con proclamarla ilegalmente, aunque más de la mitad de la población la rechaza. Todo esto no parece preocupar a unos españoles llamados los progresistas que entre defender su país o poner verde a un tal Mariano prefieren lo segundo. Lo veo crudo. Difícil que sobreviva un país que no cree en sí mismo. Besos para Mi Casa ET. E CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC DE GOLPE, EL FRÍO Quien metió la palabra nacionalidad en la Constitución del 78 activó la espoleta E golpe, llega el frío. Así como de golpe y sin remedio la realidad que pospusimos se ríe de nosotros. Sigo aquí nos dice. Pasado el tiempo sin tiempo del estío. Y todo vuelve a ser reloj de cuerda disparada: un vértigo de agujas que giran inarmónicas. Es el fin de las fantasías que hicieron nuestra complacencia. Ya nada es indolente. Hay veces, como ahora, hay veces son muy pocas, por fortuna en que todo confluye sobre un instante crítico. Después del cual nada será lo mismo; es lo único que sabemos de ese horizonte ciego: que, más allá, sólo hay lo imprevisible. Puede ser que esas sean las únicas encrucijadas fascinantes. Fascinantes para quien pueda verlas en la historia, esto es, en la larga distancia del pasado. Pero, en presente, son los nombres del infierno. ¿Quién hubiera deseado estar en Constantinopla en mayo de 1453? ¿Quién, tener que asistir a la destrucción de su biblioteca? ¿Quién, presenciar la luz de las hogueras que, en las universidades alemanas, hicieron ceniza de Freud, Marx, Koestler, Döblin, Mann, Zweig, en 1933? La epopeya no exalta más que en la distancia. Verla venir sobre nosotros tiene, en tiempo presente, la pegajosa pringue de la mugre. En Cataluña, todo ha sucedido. Ya. Y esto que viene ahora sólo alza el acta. De un suicidio. Larga y prolijamente consumado. Suicidio de la ra- D zón, con evidencia, en el altar de esa deidad oscura del sentimentalismo atroz de sangre y tierra. Suicidio material, también: el de gentes que van a despertar de ese sueño inducido, no en el esplendor arcádico que les prometieron, sino en la soledad marginal que es, en el mundo del siglo XXI, garantía de pobreza. Pero es esto tan duro, tan impensable, que ninguno de nosotros acaba, en el fondo, de aceptar que viene. Ninguno de nosotros. De quienes viven en esa Cataluña que será nada tras su desconexión de España y, por tanto, de la UE. Y, no en menor medida, de quienes vivimos en esta España que será confrontada a un dilema con pocos precedentes: renunciar a los dos tercios de su frontera terrestre con Europa o constatar un casus belli de manual. Si se llega ahí, no habrá ya alternativa que no sea pésima. Pero ¿cómo pudimos llegar a esto? La pregunta ha sido hecha tantas veces en la historia... Tantas cuantas un mundo se vino abajo: lo cual, como el gran Guicciardini supiera en el siglo XVI florentino, no es nada extraordinario, salvo por el molesto detalle de que bajo sus cascotes quedamos nosotros. ¿Que cómo fue posible? Siempre del mismo modo. En las caídas imperiales de Occidente y Oriente, que Gibbon narrara con suprema belleza, como en la hecatombe centroeuropea de hace tres cuartos de siglo. ¿Cómo? Negándonos a verlo. Y soñando con que alargar el pudrimiento de las cosas pueda solucionar algo. Siempre fue así, porque así son los humanos: fugitivos de sí mismos. No íbamos a ser la excepción nosotros. Quien metió la palabra nacionalidad en la Constitución del 78 activó la espoleta. A un largo plazo que, tal vez, se le antojó infinito; nada lo es en las cosas de los hombres. Y el infinito es hoy. Nacionalidad no era usada, en rigor, como palabra; palabro, como mucho: jerga. Sin otro contenido que aquel que, quien tuviera medios para hacerlo, quisiera atribuirle. Violar el diccionario es, al final, la corrupción que más cara se paga. Puede que eso nadie lo viera entonces. O no quisiera verlo. El ingenioso artilugio para ir ganando tiempo gestó este monstruo. El tiempo se acabó. Y, tan de golpe, llega el frío.