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ABC LUNES, 24 DE AGOSTO DE 2015 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA VIDAS EJEMPLARES LUIS VENTOSO MARCADOS Médicos de élite señalados por no utilizar el idioma que hablan el 13,4 de sus vecinos L A vida de J. R. R. Tolkien, fallecido en 1973, no fue demasiado novelesca. Aunque sufrió la picadura de una tarántula en Sudáfrica cuando comenzaba a andar y combatió en las trincheras cenagosas de la horrible Primera Guerra Mundial; lo cual tampoco es poca cosa comparado con nuestras vidas de oficinista. Católico firme, se casó con su primera novia, fundó una familia, fue un filólogo de prestigio en Oxford y se lo pasó bomba en el pub local, fumando en pipa de corbata, bebiendo cerveza templada y fabulando con su amigo C. S. Lewis (no hay nada tan valioso y tan escaso como un buen amigo) Pero la auténtica aventura de Tolkien bullía dentro de su cabeza y se componía de historias y palabras. Con las historias armó El señor de los anillos Con las palabras llegó a inventarse dos idiomas, el quenya y el sindarin, o élfico gris. Por influjo de su madre, leía fluidamente en latín con cuatro años. Las lenguas lo fascinaban y dominó una docena larga. Amén de las clásicas, se entretenía con el gótico, el finés, el galés medieval, el noruego antiguo, variantes arcaicas del alemán... Conoció el español por un jesuita hijo de galés y andaluza, que se hizo cargo de él cuando perdió a su madre. Atribuía al castellano grandes deleites estéticos. A su muerte, se halló también en su biblioteca un Diccionario Gallego- Español que había comprado en 1923 y lo acompañó de por vida. Tolkien sabía que el tópico es veraz: todo idioma es un tesoro. Qué feliz asombro escuchar el ancestral yiddish en el Brooklyn del siglo XXI. Es como un hilo mágico, que enlaza a aquellas personas con un mundo perdido que revive en sus voces. Lo mismo se siente ante la lengua vasca: es algo único, cuyo origen se abisma en el misterio. Lógico que los vascos estén orgullosos de un patrimonio cultural así, y si la ponzoña separatista no lo hubiese envenenado todo, esa admiración sería compartida por el conjunto de los españoles con más facilidad. Pero una cosa es asumir que el vasco es un milagro cultural y un idioma cooficial y otra tratar de imponerlo a rodillo por apriorismos ideológicos y a contrapelo de la realidad lingüística del País Vasco, donde se habla abrumadoramente... en español. Según datos del Gobierno del PNV, el 77,1 de los vascos emplea siempre en casa el castellano; el 13,4 siempre el euskera y el 7,4 ambos. Es decir, tras 30 años de ingeniería social e inversiones multimillonarias para imponer el vasco (se calcula que 188 millones al año) la realidad es espectacularmente tozuda: solo lo habla ese 13,4 cifra que no llega al 6 en Bilbao, la mayor ciudad. Por eso este fin de semana me he sentido avergonzado de la España que hemos construido al escuchar en una comida el lamento de dos médicos de élite de la sanidad vasca, que llevan lustros formándose para ser de los mejores en lo suyo, contando lo humillados e indefensos que se sienten porque el Gobierno del PNV distingue con un logo con una E a sus compañeros que hablan euskera, marcado así públicamente de facto a los maketos que no dominan el idioma de uso preferente en la Osakidetza (el Servicio Vasco de Salud) que no es otro que el de la minoría del 13,4 Pero veremos el día, no lo duden, en que todas estas inmersiones se verán como lo que son: un disparate de sesgo totalitario, que contraviene la realidad, acogota la libertad de la mayoría y solo se lleva a cabo por una ensoñación sentimental nacionalista, inculcada a golpe de propaganda. Mientras tanto, médicos maketos marcados por el moderado Urkullu entre el silencio general. Eso es lo que hay. Y da repelús. IGNACIO CAMACHO EXTRAÑOS EN UN TREN Europeos heroicamente escondidos ante un terrorista mientras unos soldados americanos se ocupan de la amenaza N un tren de Ámsterdam a París, un pasajero con un kalashnikov, una pistola, un cuchillo y una lata de gasolina no parece tener intención de pasar un fin de semana en Disneylandia. Sobre todo cuando suenan tiros y el tipo corre por los vagones en pos de un revisor despavorido. La reacción de un viajero normal ante una situación de esta clase es el pánico, bien en forma de fuga o de parálisis. La de la tripulación francesa del convoy consistió en encerrarse bajo llave en un compartimento de acceso exclusivo, dejando abandonado al resto del pasaje. Olía a masacre. La evitaron dos militares estadounidenses, uno de ellos veterano de Afganistán, al abalanzarse sobre el agresor. No dudaron un instante. Se le echaron encima, le dieron lo suyo a golpes y lo redujeron en compañía de otro espontáneo inglés y un estudiante americano. Gente resolutiva. Gritaron come on y actuaron. Sería injusto decir que los europeos se quedaron al margen: uno de los azafatos prestó su corbata para maniatar, cuando ya estaba bien sujeto y vapuleado, al atacante. El episodio del Thalys representa una interesante metáfora. Europeos heroicamente escondidos ante una agresión terrorista mientras unos soldados americanos, desarmados y de vacaciones, se ocupan de neutralizar la amenaza. El terrorista al que todavía las autoridades galas se resisten a llamar así; quizá piensan que iba de caza se había paseado por medio continente a sus anchas pese a que los servicios de información españoles habían advertido de su radicalizado historial; aquí también se fue de rositas tras entrar y salir varias veces de los juzgados. Dejemos aparte el detalle de cómo se puede introducir un arma de guerra en un tren; un AK- 47 no es precisamente una escopeta de balines. La cuestión es que de no mediar la fulminante e improvisada intervención de los primos de zumosol yankies estaríamos hablando de una catástrofe. Más o menos como de costumbre desde 1917. El presidente Obama ha felicitado a sus decididos compatriotas, el de Francia los va a recibir en el Elíseo y tal vez hasta les den una medalla. Sucede que cuando no están francos de servicio, su gobierno no les permite actuar de manera tan expeditiva. De hecho Estados Unidos se retira de Afganistán e Irak como los ferroviarios franceses se escondieron en el reservado: dejando a los civiles a merced del yihadismo. Mientras el Isis corta cabezas y crucifica niños, Occidente bombardea sus bases con drones no tripulados, de ocho a dos y de cuatro a siete. La guerra contra el terrorismo se hace ahora a los mandos de un videojuego. Por fortuna en el tren de París no había más protocolo que el de la supervivencia. Y unos muchachotes que sabían lo que hay que hacer en un caso así y cómo hacerlo. Dijeron vamos y fueron, vaya si fueron. El problema, y bien gordo, es que por lo general no los dejan ir. E JM NIETO Fe de ratas