Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES, 10 DE JULIO DE 2015 abc. es opinion OPINIÓN 17 VIC EL DEDO EN EL OJO MARIO FLORES CIERRA LOS OJOS La sociedad ha adoptado el mecanismo de negación para sobrevivir en un mundo cada vez más incierto y agitado través del mecanismo de negación las personas suprimimos de nuestra realidad aquellos aspectos que nos resultan incómodos o difíciles de asumir. Situarse de esa manera disfuncional frente a la experiencia resulta finalmente una maniobra vacía e ineficaz porque se dejan de desarrollar las estrategias más apropiadas para la resolución de los problemas. Vivimos, entonces, en un engañoso mundo paralelo. Hace ya tiempo que la sociedad española en su conjunto ha adoptado el mecanismo de negación como manera de sobrevivir en un mundo cada vez más incierto y agitado. Así, hemos cerrado los ojos al auge del violento frentepopulismo que ha irrumpido en el panorama político con aviesas intenciones alimentadas por el odio; y hasta lo miramos con simpatía. Como tampoco queremos percibir el peligro que entraña vivir bajo un nivel cuatro de alerta terrorista (yihadista) lo que se traduce en cuerpos especiales de la Policía Nacional y la Guardia Civil custodiando la Mezquita- Catedral armas al hombro; antes al contrario, en lugar de mostrar las necesarias precauciones y cautelas, y reafirmarnos en nuestros valores identitarios, nos dedicamos a componer canciones a la Mezquita (a secas) para reclamar no se sabe muy bien qué, tal y como han hecho unos cantantes y artistas cordobeses metidos a ideólogos de última hora. Soterramos la realidad bajo el embeleco de una melodía que nos distrae del hecho reivindicativo de cierto islamismo que babea ante la idea de recuperar Al Andalus. Un ejemplo más de cómo hemos hecho de la negación una manera de sobrevivir nos lo ofrece los datos de la Memoria de Justicia Juvenil 2014 elaborada por la Junta de Andalucía. Aquí se nos informa del notorio incremento de los casos de maltrato de hijos a padres que, en el caso de Córdoba y según la Fiscalía, se ha triplicado en una década. ¿Cómo se explica que los hijos puedan agredir, insultar, amenazar o humillar a sus progenitores? Aún siendo el fenómeno complejo, y sin ánimo de hacer valer un simplista reduccionismo, podemos afirmar que nuestros menores han crecido en un ambiente caracterizado por la permisividad, la falta de límites definidos y una hipertrofia de una sociedad del bienestar que les ha dado mucho a cambio de muy poco. Llegado el momento de las lógicas (y necesarias) frustraciones nuestros hijos montan en cólera y se revuelven con violencia y agresividad contra aquello que les niega la satisfacción de sus deseos y caprichos. Así, siguiendo esa misma lógica, están reaccionando aquellos partidos radicales que se revuelven belicosamente contra un presunto recorte de derechos y de sinecuras a los que parecen tener una especie de derecho natural. Pues también cerramos los ojos ante estas realidades, porque esa clase de violencia no parece escandalizar a nadie; antes al contrario, reivindicamos el botellón como un derecho. A PERDONEN LAS MOLESTIAS ARIS MORENO AVISO ROJO Antes combatíamos el mercurio tirados sobre la losa. Y cuando el fuego quemaba las calles nos refugiábamos en el gazpacho fresco E N los años del polo flash y el trago de botijo a peseta nadie nos activaba el aviso rojo en televisión. La caló llegaba sin llamar a la puerta, se acomodaba en el tresillo de escay y aquí se quedaba hasta que a finales de agosto se marchaba dejando los cuerpos exhaustos. Los días de verano eran monótonos como solo un día de verano puede serlo. El tiempo se estiraba deliciosamente y sin mesura. Entonces, el verano era como dios manda. Inmóvil y eterno. La primera vez que llegó un aparato de aire acondicionado a casa abrieron un boquete debajo de la ventana del salón. Apareció un señor con un mazo y dejó el suelo lleno de cascotes. El cacharro soltaba un hilillo de aire fresco pero, sobre todo, un ruido penetrante y obstinado que acabó para siempre con el zumbido de la mosca. Desde entonces, los dípteros sobrevuelan el aire del estío en fotogramas de cine mudo. Hasta ese momento, combatíamos el mercurio tirados sobre la losa. Cuando el fuego quemaba las calles en las horas centrales del día, el sentido común nos ordenaba refugiarnos en el gazpacho fresco y las chanclas. No hay nada como el sentido común para hacer frente a las adversidades. Poco antes del mediodía, se entornaba los postigos y se bajaba la persiana hasta la penumbra. Ningún libro de física nos enseñó en la escuela que la oscuridad ahuyenta el calor pero hay asignaturas que se aprenden de puro padecerlas. En verano se aprende mucho. Particularmente, en el verano andaluz. Se aprende, por ejemplo, que la siesta es un proceso biotérmico crucial para el organismo. No hay mecanismo corporal más inteligente para atravesar las horas álgidas del termómetro. Los osos hibernan en la estación gélida del año. Los homínidos duermen la siesta en verano. Al fin y al cabo, somos mamíferos provistos de un dispositivo diseñado para el ahorro energético. Otros dirán que es hábito de holgazanes. Falso. Es tecnología punta para supervivientes. La siesta era un universo. Una travesía sideral que recorría territorios oníricos y sudor a raudales. Y cuando te incorporabas al cabo de los siglos, al día aún le restaba la merienda, el agua fresca y un puñado de altramuces en el paraíso del cine de verano. Si la vida es todo lo que transcurre mientras hacemos planes, en verano doblemente. En ese contexto, una noche tórrida con la luna invadiendo a bocajarro la habitación es una forma de alargar el tiempo. Y eso hay que tenerlo en cuenta. Las máquinas del aire acondicionado fueron colonizando la cal blanquísima del barrio y las tardes del estío se convirtieron en otra cosa. Ni mejor ni peor. Otra cosa. Muchos aseguran que el frío industrial ha mejorado nuestras vidas y quizás lleven razón. Pero no estamos seguros del todo. Ahora las tardes se sirven como envasadas al vacío, sin denominación de origen ni código de barras. Hoy llega un señor cada mañana y te activa un aviso naranja, tal vez rojo, para anunciarte con toda solemnidad lo que antes ya sabíamos desde principios de julio. Que en verano hace calor. Desde ese punto de vista, la vida es exactamente igual que entonces pero empaquetada y lista para el consumo. El efecto, sin embargo, es demoledor. Te activan el aviso rojo y te meten en el cuerpo la sensación de que se avecinan catástrofes climáticas insuperables. Y, oiga, quizás lleven razón.