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ABC SÁBADO, 20 DE JUNIO DE 2015 abc. es estilo GENTESTILO 77 CORZAS MELLIZAS Jornada laboral DAVID GISTAU n hombre vuelve a casa después de cumplir con su jornada laboral. Lo esperan su mujer y sus hijos. Todos se saludan con cariño, hablan de sus cosas y entran en casa. Podría tratarse de cualquiera de nosotros, ¿verdad? Podría tratarse de cualquier persona de nuestra generación, de cualquier familia contemporánea de la nuestra. Pues es el Rey de quien hablamos. Y usted se preguntará: ¿De verdad soy tan parecido al Rey? ¿De verdad él es tan normal y tan como un joven cualquiera de su tiempo? Sí. O, al menos, eso han querido comunicarle a usted, en el primer aniversario de la proclamación, todas las revistas del corazón que han publicado un idéntico reportaje institucional que, de tratarse de pintura de cámara, sería un lienzo titulado: Llegada a casa del Rey después de una jornada laboral sin épica, sin poses ecuestres como en Mühlberg, sin gorgueras. Somos tan parecidos, los jóvenes padres de nuestro tiempo, que para apreciar alguna diferencia entre lo que significa ser un Rey o un notario de Cuenca llegando a casa hay que fijarse en matices casi irrelevantes. Por ejemplo, el Rey llega a casa pilotan- U do personalmente un helicóptero Puma 402. Ah. Puede ser que ahí haya usted empezado a enterarse de lo que es un Rey, ¿verdad? Porque no es frecuente que usted llegue a casa pilotando personalmente un helicóptero Puma 402, como mucho una scooter que dejará encadenada a una farola con la esperanza de que no se la roben esa noche. ¿Qué otras diferencias hay? Hombre, yo no dudo de que sea usted una persona muy popular y querida en su escalera. Pero seguro que no tanto como para que se le cuadren tres oficiales y suboficiales del arma de Aviación cada vez que entra por el portal y corren a abrazarlo sus cachorros. Eso es de Rey, no podemos negarlo, a nosotros con suerte nos saluda el portero. Tampoco creo que ni usted ni yo podamos responder de la siguiente manera a aquel de nuestros hijos y o cónyuge que nos haga la pregunta rutinaria de cómo ha ido el día: Bien, querido, vengo de Aquisgrán, donde he estado acompañado de varios jefes de Gobierno para entregar el premio Carlomagno al presidente del Parlamento europeo Suena a día cualquiera en la oficina del Rey, ¿verdad? no nuestro. A nosotros nos preguntan y lo más emocionante que podemos responder es que Ramírez se ha gastado el tóner de la fotocopiadora y no ha bajado al almacén a por más, el muy cabrito. En lo que más noto Doña Letizia y sus hijas reciben a Felipe VI en La Zarzuela la diferencia de ser Rey, comparada su vida con la mía, es en los niños. El Rey llega a casa y, mientras ambos pasean de la mano por un jardín, entabla una conversación con su hija educadísima sobre Carlomagno y el Sacro Imperio Romano. Cáspita. La última vez que llegué a casa después de terminar mi jornada laboral, mis hijos me arrojaron un tomahawk según abrí la puerta y luego empezaron a pegarse entre ellos, menos uno, que estaba pintando la pared con un rotulador indeleble mientras gritaba El otro gran tema dominante es el romance otoñal de Mario e Isabel. Se está poniendo la cosa de tal forma que pronto habremos de lamentar que uno de los grandes novelistas en español de todos los tiempos quede reducido a entretenimiento mundano para conversaciones lige- EFE ras en la consulta del médico. La chismografía se ha disparado. Ahora las revistas publican las viejas fotografías de los treinta años de amistad entre ambas parejas buscando en ellas un ínfimo detalle ¿una mirada furtiva? ¿un resplandor de amor prohibido? que demuestre que en realidad siempre estuvieron liados, aunque fuera en una profundidad clandestina. Cuatro vidas de pronto reinterpretadas. Lo que no se le puede negar al novelista, tratándose además de un hombre coqueto, es que a su edad casi octogenaria ha establecido un nuevo récord mundial: pocos hombres de esa edad habrán quedado atrapados en medio del conflicto emocional de dos mujeres, magníficas cada una a su manera. Sigo pensando que nos deberá una novela con todo esto, antes de que se lo trague la frivolización.