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ABC SÁBADO, 20 DE JUNIO DE 2015 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA EL CONSERVADURISMO DE RAJOY Rajoy nunca sube ni baja, sino que se limita a conservar el escalón en el que lo han puesto A nadie pondrá en duda que Rajoy es un conservador tremendo que todo lo que pilla lo conserva, desde las leyes de Zapatero a los cuadros directivos más ineptos de su partido. A veces pienso que Rajoy es un hombre virtuoso que hubiese deseado conservarse doncel, o un hombre anchoa que hubiese deseado conservarse en salazón; y que, como el mundo no se lo permitió, se venga del mundo, conservando todo lo que pasa por sus manos. Este conservadurismo inexpugnable de Rajoy, como de lata de anchoas o virgo blindado, resulta a veces tocapelotas y exasperante, pero nadie podrá negar que es tan cool como la bordería de Mourinho, sólo que en versión chill out. Al conservadurismo de Rajoy hay que cogerle el puntillo; pero una vez que se lo coges disfrutas una barbaridad con él, porque está penetrado de un humor lacónico y dontancredista, como de un Buster Keaton barbado. De los gallegos siempre se dice que, cuando te los tropiezas en una escalera, nunca sabes si suben o bajan; pero Rajoy nunca sube ni baja, sino que se limita a conservar el escalón en el que lo han puesto. El conservadurismo de Rajoy no es el propio del advenedizo que un día decide hacerse conservador, porque es lo que se estila o lo que le conviene. Al contrario, se trata de un conservadurismo pegado a su ser como un caparazón de galápago que lo protege contra veleidades y decisiones apresuradas, y tam- Y bién contra el tumulto exterior. Rajoy, cada vez que tiene que tomar una decisión, se encierra a meditar en su conservadurismo galapagar durante días o semanas, dejando que los tertulianeses se estrujen los sesos, tratando de anticipar su decisión; y, cuando ya todo el mundo piensa que Rajoy se ha quedado hibernando, asoma la cabeza y evacua la decisión de marras, que suele ser pequeña como ratón, al estilo de aquel parto de los montes de Samaniego. Habrá quienes piensen impíamente que este conservadurismo de Rajoy es propio de un tipo gris, plomizo y mazorral. Yo pienso, por el contrario, que el conservadurismo de Rajoy revela primores sublimes del alma; y también lecturas muy provechosas y muy bien aprovechadas. Es evidente, por ejemplo, que el conservadurismo de Rajoy, tan deliciosamente autista, rinde homenaje a Bartebly, aquel escribiente pálidamente pulcro de Melville, que a todos los requerimientos de su patrón respondía con la misma frase: Preferiría no hacerlo Este conservadurismo paralizante de Bartebly, tímido y perezoso pero disfrazado siempre de circunspección y aplomo, ha hallado en Rajoy un virtuoso discípulo que supera a su modelo. Otro personaje de noble prosapia literaria en el que Rajoy se inspira es lady Alroy, la protagonista de La esfinge sin secreto, el cuento de Oscar Wilde. Lady Alroy se paseaba de noche, misteriosamente cubierta por un velo, y alquilaba casas de tapadillo para citarse con sus amantes. Pero al final del cuento descubríamos que la vida de lady Alroy era trivial y anodina; y que lo único que aquella mujer hacía en aquellas casas era leer novelas románticas, imaginando que ella misma las protagonizaba. Yo me imagino siempre a Rajoy, mientras los tertulianeses tratan de anticipar sus partos de los montes, leyendo como lady Alroy; pero no novelas románticas, que para eso Rajoy es un tío con toda la barba, sino las crónicas futboleras del Marca. Este conservadurismo inefable de Rajoy sólo podemos disfrutarlo los espíritus privilegiados, pues no se hizo la miel para la boca del asno. Por eso la plebe se solivianta con él, confundiendo su conservadurismo prócer con pachorra o estolidez. No en vano todos los grandes hombres fueron incomprendidos por sus contemporáneos. IGNACIO CAMACHO JÓVENES GUARDIAS Para batirse por él ante audiencias que sacralizan la efebocracia, Rajoy ha recurrido a un casting en la guardería U JM NIETO Fe de ratas NA asociación de fabricantes de cosmética le protestó días atrás a Rajoy por anunciar que sus cambios de dirigentes no iban a ser cosméticos La susceptibilidad española, siempre tan propensa a indignarse con las metáforas. Eso ocurrió, en todo caso, antes de que el país supiese que los relevos del PP constituían en efecto y pese a la negativa presidencial un ejercicio de maquillaje político. Pura cosmetología destinada a rejuvenecer el rostro del partido, a tensarle arrugas, reducirle ojeras y disimularle canas. A riesgo de que se cabree también el honrado gremio de la albañilería se podría comparar la operación con un revocado de la fachada. El tropezón electoral ha obrado el milagro de que el presidente empiece a comprender, mal que bien, que en la era posmoderna no se puede gobernar sin comunicar y que la buena comunicación puede incluso véase el ejemplo de Zapatero contrarrestar el efecto deun mal gobierno. Con Rajoy pasamos los españoles de un gobernante que diseñaba su política según su impacto mediático o propagandístico a otro que despreciaba por completo a la opinión pública hablándole con lengua de madera. Ha tenido que sufrir dos revolcones en un año las europeas y las territoriales para aceptar que todo ese ruido que desdeñaba por frívolo le estaba provocando una sangría de votos y que la lluvia fina de sus excelentes estadísticas macroeconómicas era incapaz de apagar el incendio de las tertulias. Todo el flamante equipo de jóvenes vicesecretarios no es más que una alineación televisiva. Sus responsabilidades orgánicas sectoriales son mera retórica; están ahí para desparramarse de noche y de día por esos platós donde los anteriores portavoces, pese a que los entrenaban en una telegenia ortopédica, recibían la del pulpo a manos de unos adversarios bregados en el arte de la trivialidad tertuliana. Agit- prop. El mensaje de renovación consiste en sus caras: lozanas, treintañeras, despejadas, escogidas a la medida de una audiencia que está sacralizando la efebocracia. Para medirse con una generación emergente de políticos lampiños y descorbatados, desahogados repetidores de escuetas consignas pensadas para Twitter, el marianismo ha recurrido a un casting de guardería. En realidad se trata de una clásica maniobra de estrategia que el maoísmo elevó a categoría. Una versión actualizada de la Joven Guardia cuyo activismo arrinconaba a la vieja nomenclatura sin tocar al Gran Timonel, al líder supremo que se servía de la ambiciosa vitalidad de los cachorros para liquidar a la dirigencia instalada. Rajoy refuerza su mando rodeándose de un cinturón de pujantes lobeznos ansiosos por ganarse unos galones que ahora se obtienen en el debate de los medios y las redes. Los enojados productores de cosméticos estarán al final de enhorabuena: los nuevos rostros parlantes van a salir en la tele a todas horas embadurnados de maquillaje.