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ABC LUNES, 18 DE MAYO DE 2015 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL CONTRAPUNTO UNA RAYA EN EL AGUA ISABEL SAN SEBASTIÁN ...PERO SOBRADAMENTE RENCOROSOS Espíritu democrático y juventud no son conceptos que vayan necesariamente de la mano S E ha equivocado Albert Rivera vinculando regeneración democrática con personas nacidas después de la Transición. Y no sólo por haber ofendido gratuitamente a veinte millones de votantes no incluidos en esa categoría, como se han apresurado a recordarle todos los adversarios que se sienten amenazados por el auge de sus siglas, desde la derecha del PP a la ultraizquierda de Podemos, jubilosamente acogidos a esa metedura de pata, sino porque espíritu democrático y juventud no son conceptos que vayan necesariamente de la mano. De hecho, la España actual constituye una demostración patente de lo contrario. Basta darse un garbeo por las redes sociales o escuchar las intervenciones públicas de ciertos líderes de opinión, garantes de grandes audiencias en televisión, para constatar hasta qué punto ha calado el veneno del odio retrospectivo en gentes crecidas al calor de las libertades, el pluralismo y los derechos amparados por la Constitución del 78. Gentes por completo ajenas a cualquier forma de represión y, sin embargo, sobradamente imbuidas de rencor. Gentes a las que el nombre de Franco no se les cae de la boca, pese a carecer de la menor experiencia sobre lo que supuso ese régimen e ignorar por completo el colosal esfuerzo colectivo merced al cual la sociedad española logró construir una democracia homologable a las más avanzadas del mundo, sin más sangre que la derramada por los terroristas. Mentes intoxicadas por una ponzoña heredada o resucitada interesadamente con afanes espurios. Gentes enfermas, henchidas de un revanchismo injustificado, extemporáneo e incompatible con los valores sobre los que se levantan las naciones de ciudadanos libres. Se ha equivocado Albert Rivera, seguramente en razón de su propia juventud y desde la ingenuidad, acaso por desconocer en carne propia lo que significaron esos años en los que España salió del ostracismo internacional y la obsolescencia política arrastrada durante siglos para incorporarse finalmente al contexto histórico que le era propio. Los protagonistas de ese viaje, quienes, en mayor o menor medida y desde distintas esferas profesionales, contribuimos a colocar a este país en su sitio devolviéndole el orgullo que otros le habían robado, no podemos hacernos responsables del saqueo generalizado al que se han dado después algunos desaprensivos. Demasiados, es verdad, y encuadrados en cada una de las formaciones que han tocado el poder suficiente como para abusar de nuestra confianza, pero no representativos del conjunto de los españoles. Porque tampoco los ladrones, mentirosos, prevaricadores, traidores a sus promesas o a sus programas son ni han sido siempre viejos mayores de cuarenta años. Los hay de todas las edades, en todos los partidos y con un único elemento común: la ausencia de escrúpulos, de palabra... En definitiva, de honor. Si una cosa buena tuvo la España de la Transición fue la conciencia generalizada de que algo muy importante nos traíamos entre manos. Algo tan esencial como para olvidar el retrovisor y mirar juntos hacia adelante. Desde entonces sabe Dios qué engranaje ha fallado clamorosamente para que una porción tan significativa de nuestra juventud viva instalada en el pasado, mascando venganzas a destiempo por hechos que ya estaban superados. Tal vez deberíamos recapacitar, recuperar la motivación que nos llevó en aquellos días a caminar codo con codo y replantarnos la clase de Educación que nos ha traído hasta a donde estamos. Reforzar la estructura del edificio sin dañar unos cimientos sólidos. IGNACIO CAMACHO ABRAZOS O PATADAS En el PP cunde con exagerado optimismo la idea de que C s acudirá en su socorro. Eso no está escrito en ninguna parte ASTA el día de las elecciones los votos son de quien los da; a partir del escrutinio pertenecen a quien los recibe, que debe custodiarlos y administrarlos durante los próximos cuatro años. Esto incluye la necesidad de interpretarlos, delicada tarea en un país donde no se suelen votar propuestas sino sensaciones. El paroxismo cómico de este llamémosle sufragio emocional lo ha alcanzado ese candidato gallego de C s que ha salido en polvorosa al enterarse ¿no lo había leído antes, hombre de Dios? de su propio programa. De cualquier modo ésa es nuestra realidad electoral: una democracia emotiva en la que mucha gente no decide tanto sobre medidas de gobierno, es decir, de ofertas objetivas y en algunos casos racionales, como sobre pálpitos del corazón y hasta de las tripas. Por eso desde el domingo el gran desafío de Ciudadanos consistirá en descifrar la voluntad de sus votantes para que no les pase como al candidato en fuga. Para algunos de sus dirigentes, de origen socialdemócrata, tal vez no resulte grato admitir que gran parte de sus apoyos procede de una derecha descontenta con el Gobierno pero no tanto como para bascular el voto a favor de la izquierda. Una evaluación subjetiva del criterio de su electorado a la hora de pactar conduciría al nuevo partido a la prematura decepción de sus simpatizantes. Pero los votos, una vez emitidos, son de sus receptores y por tanto es a los representantes electos a quienes corresponde gestionarlos. En el Partido Popular ha cundido con exagerado optimismo la idea de que C s acudirá en su socorro allá donde no logre mayoría, que será en casi todas partes. Eso no está escrito en ningún sitio. Si Rivera se entrega de hoz y coz al PP disolverá la identidad de su organización, desacreditará su independencia y arruinará sus expectativas futuras. Su discurso regeneracionista ofrece cambios y los votos que obtenga le darán derecho a reclamarlos. Sin embargo su transversalidad ideológica le va a ocasionar problemas si pretende trasladarla a equilibrios de alianzas variables. Una abstención táctica o descomprometida también implica costes porque participar en las elecciones significa asumir responsabilidades. Tampoco el PP se lo pone fácil; su campaña no es la de un potencial socio. Inquieto por la brecha abierta en su flanco, el marianismo arremete en tromba contra un rival al que tal vez debería tratar de matar a abrazos en vez de molerlo a patadas. Cada invectiva, cada descalificación, los separa y encarece los posibles acuerdos. En la vieja política la aspereza de la contienda electoral era parte de una escenificación, de una pragmática simulación sobreactuada; pero el mensaje de Ciudadanos es, precisamente, el de una nueva política más sincera o más depurada de hipocresías rituales. Y aunque sus votantes no se lean el programa quizá deberían hacerlo los que aspiran a convertirse en sus aliados. H JM NIETO Fe de ratas