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74 DEPORTES Córdoba CF EL TACÓN DE SÓCRATES POR PACO MERINO MIÉRCOLES, 6 DE MAYO DE 2015 abc. es deportes ABC No me digas Jugar sin hinchada es como bailar sin música Eduardo Galeano a está hecho. Deshecho, más bien. Ahora hay que reconstruir, empezar de nuevo, pedir disculpas y vender ilusión. ¿He dicho vender? Quizá esta vez no vayan por ahí los tiros. No se detectaron olas de entusiasmo cuando Carlos González dejó caer, en las vísperas de que se consumara el ominoso descenso, que para el curso que viene iba a dar abonos gratis si el Córdoba volvía a Primera. Mal asunto cuando la palabra mágica en esta ciudad, gratis no sólo no provoca una inmediata corriente de afecto sino que, al contrario, genera rechazo. No cuela ya eso. Lo de esta temporada está resultando realmente duro porque va más allá de la decepción. Lo que le ha ocurrido al Córdoba deja un poso horrible, una sensación que se pega como un pestilente engrudo al ánimo del seguidor. Del fiel y del ocasional. Del que siguió el club desde los infiernos de Tercera hasta el que pisó por primera vez El Arcángel una noche de junio en medio de música y fuegos artificiales. Digámoslo ya: el Córdoba ha sido vecino de la Primera División, pero sólo durante unas cuantas semanas pareció ser uno más. Durante el resto del tiempo fue un elemento extraño, una entidad que enseñó el culo y algo más con sus permanentes líos domésticos, un equipo de paso que despertaba la misericordiosa simpatía del resto. Deportivamente, todo ha sido un chiste malo. Ahí quedarán los récords de ineficacia, los cambios de entrenador, la ristra de oportunidades perdidas, las desgracias sin fin y un tramo final esperpéntico. Sólo hay algo que ha salvado la imagen del Córdoba en Primera. Su afición. ¿Cómo es posible mantener una ocupación del ochenta por ciento del aforo en cada partido habiendo ganado solamente uno en casa? ¿Cómo resiste el cordobesista la vejación permanente de un equipo colista por demérito propio? El espectáculo del himno en la salida del equipo en todos y cada uno de los partidos disputados- -es un decir, obviamente- -en El Arcángel quedará como el retrato del Córdoba a su paso por la élite. La foto de Cristiano expulsado y limpiándose el escudo, la de los ocho que metió el Barça con el primer triplete de Luis Suárez en España... y la de la afición. Sobre el césped, casi nada recordable más allá de los confines de la Ribera del Guadalquivir. Ni siquiera dejaron los jugadores la dramática estampa del descenso consumado, esas escenas de dolor- -ya sea real o figurado- -de gente ti- Y rada sobre el piso, reventada de correr y sufrir. Nada de aplausos desde el centro del campo ni desgarradores abrazos en el fondo compartiendo lágrimas con los hinchas. Algunos escucharon el pitido final como una liberación y corrieron hacia la caseta, desoyendo el reclamo de otros que, con más hombría, se acercaron al fondo para escenificar un cuadro de agradecimiento y perdón. Todo el mundo se fue a casa y punto final. No había nadie en las puertas del estadio. Ni para reprender ni para animar. Los culés se agolpaban en la zona de las cocheras para jalear la salida del autobús del líder y los cordobesistas... a lo suyo. Achicharrados por el sol, humillados por la goleada y el descenso certificado, caminaban por el albero de El Arenal como una horda de zombies. Hartos de perder. Porque el Córdoba ha perdido esta temporada mucho más que la plaza en Primera y muchísimos partidos. Hay una crisis de confianza que puede pudrirlo todo. Porque el Córdoba no ha muerto peleando. Eso es mentira. La bajada de brazos ha sentado fatal. El último relevo en el banquillo fue una rendición camuflada, un golpe bajísimo a los códigos del fútbol. No es culpa de José Antonio Romero, que ya hizo bastante más que otros asalariados del club: asumió la difícil tarea que le encargaban sin quejarse y dio lo mejor de sí. Pero su nombramiento como sustituto de Djukic, con esa plantilla y en esas circunstancias, era una declaración de intenciones clara. Una invocación a la suerte. Cuando en dos o tres semanas se vio el nulo impacto de la medida, González terminó de arreglarlo desvelando sus planes para la próxima temporada. Si había un grupo de jugadores- -casi todos los llamados a llevar el peso del equipo- -en actitud de pasotismo extremo, ya me dirán qué iba a suceder entonces. Exactamente lo que pasó. Y la afición aguantando. Y pagando. La relación se ha deteriorado. Hubo momentos duros, de reproches y gestos que no son precisamente para sentirse orgullosos- -las mofas a Juan Carlos, por ejemplo- pero la hinchada del Córdoba estuvo en su sitio. Este último fin de semana padeció nuevos agravios. Calla Hay que ser muy cordobesisy paga ta para ir dos veces en meHay que ser muy nos de 24 horas a El Arcángel para presenciar dos cordobesista para ir descensos: el primero, predos veces en menos de vio pago de suplemento 24 horas a El Arcángel ante el Barça (0- 8) el separa presenciar dos gundo- -el virtual del filial descensos de ante el Cádiz (0- 2) -confinacategoría do al Fondo Sur para dejar libre la Tribuna y Anfiteatro, donde sólo se ocupó el palco: presidente, directivos y allegados. Cada uno por su lado. Aún falta un último episodio en casa. Dentro de unos días llegará el Rayo Vallecano... del entrenador excordobesista Paco Jémez. Antes de empezar a vender nada, el Córdoba tiene que pagar una deuda. Porque sin su gente no es nada. Se trata de seducir, de volver a enamorar. Vamos más allá: volverse digno de ser amado. V. MERINO