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ABC JUEVES, 16 DE ABRIL DE 2015 abc. es opinion OPINIÓN 17 VIC CRÓNICAS DE PEGOLAND RAFAEL RUIZ A PROPÓSITO DE UNA TIENDA DE DISCOS ¿Habráse visto mayor gesto de rebeldía social que ponerse a vender vinilos en estos tiempos iconoclastas que corren? E VERSO SUELTO las bullas de Semana Santa, aunque por allí no pasaban demasiadas cofradías, y desde luego de las Cruces de mayo, que sí podían dejarla hecha una pena en tantas noches de borrachera, botellas, vasos de plástico y gente confundiendo los árboles con los extintos urinarios públicos, los bancos con abrevaderos y sobre todo los macizos de flores con cintas para correr. La idea, según se mire, tiene algo de prudencia, pero también muestra la misma lógica de darle a las víctimas de las personas violentas un chaleco antibalas o una máscara de boxeador, en lugar de enchiquerar a quien se entiende a tiros o tortazos. Pisar los jardines o estropear las plazas es mucho menos grave que pegar a la gente, pero esas mentes limpias que viven en países europeos pensarían que una ciudad que tiene blindarse ante sus propios habitantes está enferma de impulsos autodestructivos o de temblor medroso a no querer conculcar libertades de plástico para el día en que alguien, y todo se andará, invoque el derecho de guarrear y el de ensuciar y encima haya una Amnistía Internacional que le dé la razón. Inútil será invocar ideas intangibles o valores, historias de una Córdoba bella, limpia y silenciosa que un día se dio la vuelta como un calcetín y se sintió muy orgullosa de ser todo lo contrario. Quizá habría que tirarle por la parte económica, enseñarle a la gente que ya que los polígonos no están llenos de fábricas ni ideas geniales, habrá que procurar que quienes visiten la ciudad por lo menos no la encuentren descuidada. Al que le dé lo mismo porque viva de no sé qué negocio o empresa que se acaba el viernes con la cerveza y el jamón al mediodía, al menos se le podrá convencer con la teoría de que habrá menos impuestos si no hay que gastar tanto en conservar la ciudad, pero que nadie se haga ilusiones con gente que paga una entrada para el teatro y en lugar de disfrutar en silencio de la estremecedora interpretación de Blanca Portillo decide enriquecerla con móviles que suenan sin cesar, toses con mocos o puramente accesorias y el ruido de quien busca a tientas su sitio extrañado de que haya empezado a su hora. LUIS MIRANDA AUTOLESIONES Vallar la plaza de Emilio Luque para evitar el vandalismo es como luchar contra la violencia con un chaleco antibalas L que se araña las mejillas hasta hacerse surcos, se da cabezazos contra una tapia de ladrillos desnudos o se quema las yemas de los dedos con una pipa encendida se le tiene por un enfermo mental y, con todo el cariño y la mejor atención médica que merece, se intenta que ni se haga daño a sí mismo ni le dé por lastimar a los demás. Las ciudades tienen tantas almas, cabezas y pares de manos como habitantes, pero por algún prejuicio extraño, o por mojigatería de quienes tienen que tomar decisiones, nadie osa contradecir a los incívicos, sino que se limitan a hacer que el daño sea mínimo, como si sus efectos fuesen tan inevitables como un terremoto o una tormenta de granizo. Quien lo dude puede darse un paseo por la plaza de Emilio Luque, un hito histórico en el urbanismo de las últimas décadas, porque después de una reforma ha conservado su aspecto delicioso y enchinado, se ha salvado de los coches y hasta se ha enriquecido con una suntuosa farola que la hace todavía más acogedora en los paseos de las noches de verano. Desde hace unos días, la plaza de Emilio Luque tiene los jardines protegidos por vallas, como si todavía estuviese en obras, y la deducción más fácil es la de pensar que el Ayuntamiento ha querido evitar los estragos primero de A N el barrio de Córdoba donde vivo y trabajo- -en pujolista definición- un señor al que no conozco ha abierto una tienda de discos. Pero de discos, discos. Aquellos artefactos negros, circulares, con un agujero en medio que poblaban la revista Disco Play aquel catálogo que conectaba a los muchachos y muchachas de pueblo con el mundo exterior. Cuando el objeto tenía un valor en sí mismo y se estampaba contra un tabique cuando te dejaba la novia, que media discografía de U 2 acabó de esa forma, víctima de un desengaño. Antes de que todo fuera un torrent, un archivo ejecutado en un servidor remoto. Por Spotify o Grooveshark o alguna de esas cosas modernas que son rápidas, cómodas e impersonales como un cubata de marca blanca. A ver cómo se venga uno de iTunes tras un descalabro de los que la vida coloca a cada paso. He estado a nada de entrar en la tienda, donde se venden unas camisetas de los Rolling que molan mucho, a darle un abrazo al emprendedor. Reconocerle el papel fundamental que está jugando por hacerle un González -tocarse salva sea la parte de la anatomía- -a los tiempos que corren. Siempre me ha gustado la gente que va contra las modas que corren aunque sea por un sentimiento tan básico como la melancolía. Porque, señores, España se fastidió con el primer cedé. El día que le perdimos el respeto a las cosas y acabamos con la cultura del disco, del objeto cultural, para pasarnos al consumo por el consumo. Y así acabamos. Incapaces de valorar el trabajo de otros, la creación, sometidos al cable y a la cobertura del móvil como hilos de vida. Capaces de creer que los cocineros son artistas y no tíos que guisan. Ajenos a que Pablo García Casado ha publicado libro de poemas, cosa que es estupenda porque Pablo es un tío fantástico aunque sea del Madrid. Lo digital no ha acabado con la música pero le ha quitado la mística. Como el libro electrónico acabará fastidiando la tradición milenaria del papel o las páginas web, visto lo visto, el periódico impreso. No sé cuándo pasará pero acabará ocurriendo. Y todo será más rápido, más urgente. Pero se deseará menos y, por ende, se disfrutará distinto. Con menos intensidad. Como si alguien nos lo dejara en la puerta de casa y tuviésemos derecho constitucional a ello. Gratis y ya. Hasta que deje de ser de gorra y el mercado nos tenga pastoreados y listos. Abrir una tienda de discos- discos o una librería es hoy un gesto mayor de rebeldía que la chorrada esa de regalarle Juego de Tronos al Rey para salir en el telediario. Porque el señor que ha abierto la tienda de Alfonso XIII, y que- -insisto- -no conozco, se juega su patrimonio en ese gesto sentimental que solo le van a agradecer los iniciados en la secta de la nostalgia. Los que aún trasiegan con su colección de discos de mudanza en mudanza y de fracaso en fracaso.