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14 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA JUEVES, 16 DE ABRIL DE 2015 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO SIN GRACIA De repente a una moda se le ven las hechuras y empieza a desinflarse N hilo inaprensible separa la moda del olvido. Sucede en todos los órdenes. A veces incluso lo sufren los mejores. Bob Dylan es uno de los mayores artistas del siglo XX. Pero en los ochenta el público le dio la espalda, lo arrumbó como si fuese la sombra desechable de su propio mito (luego el abuelo se vengó con una espectacular reinvención crepuscular, pero esa es ya otra historia) Ocurre también en el amor: la mirada cambia, sin que se sepa el motivo, y una pasión de fuego se convierte de repente en un congelador. Hubo un tiempo en que España se tronchaba con Esteso y Pajares, con aquellos astracanes despelotados de Ozores. Un día dejaron de tener gracia y hoy nos asombra el éxito de una comicidad tan bravía. Sucede, por supuesto, en la política, una y otra vez. Churchill gana la guerra y sus ciudadanos lo mandan a casa: se han aburrido de su héroe. Adolfo Suárez pasa en un instante de hombre providencial a difuminarse en un triste partido bisagra. Perdió el brillo. El público cambió. Querían otra cosa. En los días de la información instantánea, del vértigo de internet, el hambre de novedades se ha vuelto bulimia. Hoy resulta más fácil encontrar un lugar bajo el sol, pero es mucho más duro mantenerse. La televisión se ha convertido en una picadora de personajes de usar y tirar. Zara lo ha entendido: las modas duran una semana, por eso cambia sus colecciones con tan frenético compás. Súbitamente, Pablo Iglesias, el inteligente actor que da rostro a Podemos, ha empezado a convertirse en moda antigua. La coleta y las mangas remangadas empiezan a parecer la colección de hace muchas semanas. La vacuidad de la propuesta asoma por las costuras mal pegadas del nuevo partido. La ética virginal está embadurnada de sospecha tras cobros hediondos y unas excusas de pura casta. Estudioso atento de cómo opera la propaganda, Iglesias escucha el tic- tac de su cuesta abajo y busca golpes de efecto. Pero la magia se le ha escurrido entre los dedos. Lo que aspira a ser original se torna ay ridículo. El primer aviso fue aquel penoso monólogo teatral con que pretendió dar réplica al Debate del estado de la Nación. La velada provocaba vergüenza ajena. Con la bobería de regalar Juego de tronos al Rey, el profesor Iglesias volvió a probar ayer que necesita llamar la atención desesperadamente. En un besamanos con los eurodiputados españoles tenía que subrayar que él es diferente, rompedor, el más guay... Juego de Tronos es una serie de Estados Unidos, el país que tanto fascinó al despejado Tocqueville a comienzos del XIX. Aquella joven nación había concedido al hombre común una dignidad de derechos sin precedentes. Lo admiraba también su ética de trabajo, su pasión por ganar dinero y prosperar. Tengo un amor apasionado por la libertad, la ley y el respeto por los derechos repetía Tocqueville. Pero a Iglesias de Estados Unidos le gustan sus series, no sus libertades. Prefirió buscar plata y ejemplo más al sur, en el calamitoso comunismo chavista. De aquí a las generales, Pablo hará media docena de patochadas más. Hay que llamar la atención. Pero la gente como él dice, empieza a estar ya en otra cosa. Que pase el siguiente... U CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC Y EL PRADO SERÁ NIMRUD Eso que se ha hecho en Nimrud se hará en cada pequeña iglesia castellana, en cada grandiosa catedral, en todos los museos L A idolatría es un generoso hallazgo pagano. Del cual se nutre nuestro subsuelo sentimental. Las imágenes son previas a las creencias. Y menos homicidas. La Pietá de Miguel Ángel pone ante nuestros ojos una elegía que ninguna ordenación de palabras acertaría a darnos. No dice la verdad. De la anécdota que narra. Por trascendente que sea para un creyente. Dice la verdad del monstruo de sueños que somos, en nuestra invulnerable soledad, cada uno: el que sacude tinieblas sin cuyo resquebrajadura nadie podría soportar lo gris del mundo en el cual mora el animal que es mortal y que lo sabe. Nosotros. De la Pietá, en una sociedad islámica, quedaría nada más que un polvo blanco. Polvo de mármol que aventar enseguida, antes de que del ídolo pueda rebrotar su magia. Infernal, por supuesto. Ceniza sólo, del Cristo de Velázquez; escombro, de la Capilla Sixtina... Y El Escorial, al fin, reconciliado con su nombre sería un basurero. Nimrud fue alzado hace más de 3.500 años. Esplendoroso. Y reducido a arena en una semana por el Estado Islámico. Mediante acto de piedad que está exigido para todo musulmán que tome en serio sus creencias. La imagen burla a Dios. La imagen es blasfema. Siempre. Porque reduplica el mundo. Porque, al costado del que creó Alá y que es el único sagrado, proclama la blasfemia de un universo de imágenes en las cuales exhiben los hombres su vanidad de ser igual que dioses. Y Alá es uno. Solo. Y aquel que finja imágenes morirá. Y de sus obras no quedarán ni esquirlas. Nimrud ha sido destruido. Con el mismo proceder metódico que el Libro, el Único, exige que se aplique a cada icono. Tan sólo la ignorancia nuestra ignorancia puede llamar bárbaros a los guerreros de Alá que gestionan ese restablecer el mundo en el orden armónico que el Grande y Misericordioso impone. No, no son bárbaros. Son musulmanes. Que se toman en serio su doctrina. Eso debemos saber. Eso debemos aceptar como coste, si es que estamos dispuestos a aceptar la regla coránica y la enseñanza del Corán en la escuela Corán y Pietá son incompatibles. Lo son Corán y basílica de San Pedro. Y El Escorial. Y todos y cada uno de los cuadros del Museo del Prado, del Louvre, del Ermitage, de la National Gallery, de la Galería Medici... Todo todo a lo cual hemos llamado bello los incrédulos en nuestra abominable indolencia depravada. Puede que sea ya inevitable. Puede que Europa haya decidido pagar sus muchos pecados, así. Puede que el viejísimo continente sólo desee morir. Que le dé igual que sea bajo el rápido martillo de los misiles nucleares iraníes. O que prefiera asistir primero a la gran hoguera en la cual ardan Van der Weyden, Holbein, Rafael, Da Vinci, Velázquez... los perversos artesanos de imágenes, los adoradores de ídolos. Nada es peor que esto que está pasando. Porque no es siquiera barbarie. De la barbarie hay siempre una esperanza de salir. Es religión. Que se dice universal, sin excepciones. Que no tolerará en ningún lugar del mundo un mármol de Donatello, un bronce de Cellini, un solitario rabino de Chagall. Podemos aceptarlo. La pobre Europa ha aceptado ya tantas cosas... Y tan irremediables. Pero sepámoslo. Sépanlo los estúpidos que piden hacer mezquita la catedral de Córdoba. Sépanlo. Con la fría certeza de un teorema algebraico. Eso que se ha hecho en Nimrud se hará en cada pequeña iglesia castellana, en cada grandiosa catedral, en todos los templos laicos a los cuales llamamos museos. Y no quedará nada. Sólo la Fe. Y el Libro.