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42 PRIMER PLANO 28- F Encuesta Encuesta SÁBADO, 28 DE FEBRERO DE 2015 abc. es ABC JOSERRA HALCÓN Tenemos un gran peso demográfico en este país, casi uno de cada cinco españoles es andaluz. Tenemos una gran historia común, fuimos grandes durante siglos ¿por qué no volver a serlos? Ser andaluz ué es ser andaluz? ¿Andalucía es igual que España, pero más pequeña? ¿Y yo que soy... más sevillana, más andaluza o más española? Si estas cuestiones son complejas para un adulto, imagínense para mi hija pequeña. Cada 28 de febrero me interroga como si yo fuera el más infalible de los oráculos. Normal, soy su padre. Y ella, como cualquier niña, un libro abierto con sus páginas en blanco ávidas de conocimiento. Y la educación, aunque no lo parezca, es algo muy serio. Todo lo que se diga a los futuros andaluces, aunque se trate de algo tan ¿Q abstracto o sentimental como el sentido de pertenencia a una idea o comunidad determinada, es importante, y por supuesto, nada fácil de explicar. Porque... ¿cómo explicar un sentimiento que yo a su edad tampoco sentía? Cuando me tocó marchar a la villa y corte madrileña para hacerme un hombre de provecho lo hice sin conciencia de dejar nada atrás. Era un ciudadano del mundo. Hasta que un buen día un profesor de la universidad me sacó a la palestra para leer unas líneas al respetable. Fue escuchar mi acento sureño y todos descojonarse de la risa. Y por primera vez, me sentí diferente. No mucho tiempo después zanganeaba en un sofá, cuando apareció en la televisión un reportaje que pregonaba el comienzo de las fiestas primaverales de Andalucía. Al son de la típica sevillana, lucían señoritas vestidas de gitana, nazarenos, romeros en peregrinación, chirigoteros, monumentos y calles turísticas... y me dio una punzada al corazón. Aquella emoción era un sinsentido, porque esas imágenes resumían todo lo que había despreciado profundamente un aspirante a progre moderno como yo. Pero ahora estaba lejos de mi hogar. Y sorpresivamente me sentí orgulloso de mi tierra, y de mi gente. Y por segunda vez, me sentí diferente. Me sentí andaluz. ¿Hay que cruzar Despeñaperros para sentirse más andaluz? Probablemente. Evidentemente no solo el habla y nuestra manera festiva de expresarnos marcan nuestra identidad. Hablando en plata ¿en qué se parecen un gaditano y un granadino, si es que se parecen en algo? Creo saber cual es la respuesta: en su historia común. Según los que saben la identidad de un pueblo es el resultado de su historia O lo que es lo mismo, para saber quienes somos, primero hay que saber quienes fuimos. Desde hace miles de años, hemos protagonizado cada época de la historia: la prehistórica de Los Millares, la mítica Tartessos, La Bética imperial, el esplendor de Al Andalus, la conquista de América y su colonización, la Andalucía que fascinó a los Románticos, la Cádiz liberal e ilustrada... De todas ellas heredamos algo: nuestra lengua, arte, gastronomía, arquitectura, música, tradiciones... y casi todo lo que nos rodea hoy día. La mayoría de nuestros usos y costumbres provienen de esas culturas que nos conquistaron, y a su vez, fueron conquistadas por esta tierra mágica y hechicera, un marco geográfico único y privilegia- do, flanqueado por mares y montañas, y vertebrado por un Río Grande: el Guadalquivir. Teniendo, sin presumir, más historia y cultura que otros, siempre hemos sido fieles a nuestro país, España. Como de hecho reza en nuestro escudo. Precisamente una de nuestras señas de identidad, heredada de nuestros antepasados, es la ausente necesidad de pertenecer a una patria común. Y aún en el caso de que existiera un sentimiento patriótico, éste sería urbano. Posiblemente ésta sea otra de nuestras señas de identidad. Un malagueño, un jerezano o un onubense serían capaces de lo peor con tal de defender el honor de su ciudad. Cualquiera les dice algo, porque van directos a la yugular. Algo que también es producto de nuestra historia. Ya los romanos se sorprendieron al encontrar en estas tierras tan gran número de ciudades, a cada cual más poblada. Por lo que se ve, al sureño le gusta socializar y tener con quien hablar. Y trabajar en el campo, en la fábrica o en la mar, para después volver al pueblo. Y a mucha honra. Tenemos un gran peso demográfico en este país, casi uno de cada cinco españoles es andaluz; hagámoslo valer. Tenemos una gran historia común, fuimos grandes durante siglos ¿por qué no volver a serlos? Tenemos una de las culturas más fascinantes del mundo; sintámonos orgullosos de ella e innovémosla. Tenemos todo un futuro por delante; creamos en él para trabajar y crecer juntos. Incluso mucho antes de esta entusiasta proclama final, mi hija ya habría desconectado hace tiempo. Menudo peñazo me estas soltando, papa. Y con razón. Criada en el lenguaje del titular, la frase corta y el impacto publicitario, esta torpe y esforzada reflexión en busca de respuestas sobre nuestra identidad le debe sonar a extraño y tedioso, al igual que a muchos de ustedes. ¿Pero cómo responderle a su pregunta de lo que significa ser andaluz? Quizás estemos profundizando demasiado en lo que es solo y sencillamente... un sentimiento, al que habría que despojar de conceptos políticos, sociales o culturales, para dejar que surja espontáneo, en algún momento o lugar de nuestra vida, tal como la palestra de una clase universitaria o zanganeando en un sofá lejos del hogar. Le sería más fácil de entender, o de entenderlo algún día. Y si por suerte, los sentimientos se pudieran heredar, algún 28 de febrero dentro de muchos años, cuando la hija de mi hija le pregunte que es ser andaluz, ella le pueda responder lo que un lejano día le dijo su meditabundo padre: que los sentimientos no se pueden explicar, sino sentirlos. Y como nos sucede con el amor, unos lo harán de manera apasionada, otros serenamente, e incluso algunos se resistirán a probar esa incomprensible emoción que produce lo que dicta el corazón. Lo que no tiene lógica. Como el sentimiento de amar a tu tierra. Y ser andaluz.