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ABC SÁBADO, 28 DE FEBRERO DE 2015 abc. es ENFOQUE 5 Sobre la excavadora, los miembros de la familia desahuciada ayer de su vivienda en Madrid intentaron sin éxito evitar el derribo de la misma. Se produjeron enfrentamientos con la Policía EFE Un desahucio anunciado Los Gracia González JAIME GONZÁLEZ Por muy legal que sea el desahucio de la vivienda de los Gracia González, por mucho que en el proceso de expropiación se hayan respetado escrupulosamente todas las garantías, y por muy necesario que resultara para el remate de la ordenación urbanística de la zona la demolición de la finca, es difícil que el corazón no se acelere al contemplar cómo las excavadoras derriban los muros de una casa que por muy infravivienda que fuera tenía para sus ocupantes la condición de hogar. El desalojo del inmueble de la madrileña calle de Ofelia Nieto ha venido acompañado de la clásica explosión de sentimientos pena, impotencia y rabia que suele derivar en enfrentamientos con la Policía, obligada a cumplir su papel de garante de una ley que resulta inevitable la convierte en demonio a los ojos del pueblo. Cuentan que los Gracia González pagaron hace casi sesenta años el terreno y que el patriarca de la familia levantó con sus propias manos la vivienda que ayer fue triturada por los brazos mecánicos de una grúa. Cuando el corazón se acelera al contemplar un desahucio, cuestionar la legalidad se convierte en algo natural, casi como un signo de humanidad del que brota un sentimiento de rebelión que es la prueba del nueve de que la carne y el hueso pueden más que el papel timbrado del Juzgado. Y si el corazón no se acelera, es que estás muerto por dentro. Cuentan que los Gracia González no aceptaron los 399.123 euros que fijó el Jurado Territorial de Expropiación Forzosa en concepto de justiprecio. Al parecer, los Gracia González reclamaron la cantidad de 865.596,96 euros, lo que supone llevar al céntimo sus reivindicaciones y ponerle un precio muy alto a su derrota. Tampoco aceptaron el realojo, de manera que solo era cuestión de tiempo que la pena, la impotencia y la rabia estallaran ayer, cuando la presencia de las excavadoras presagiaba el fin de la batalla. Llevo horas intentando que las razones jurídicas y el corazón encuentren un punto de equilibrio, pero me ha resultado imposible. Será porque sigo estando vivo o porque las palas de las excavadoras me parecen las fauces de una bestia que nunca mira a los ojos.