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ABC MIÉRCOLES, 4 DE FEBRERO DE 2015 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL RECUADRO UNA RAYA EN EL AGUA ANTONIO BURGOS CONSUELO José Manuel Lara Bosch, el hijo del dueño, en el premio Ateneo conoció a aquella jefa de las azafatas y se prendó de ella C UANDO la conocí, Consuelo García Píriz no era todavía señora de Lara y mucho menos marquesa del Pedroso, un título que hasta la da vergüenza usar y que la ruborizó una vez que alguien se lo llamó delante de desconocidos, no sé si en la frutería o en la pescadería, una cosa así. Consuelo en aquellos entonces era una guapa muchacha de Olivenza que había llegado a Sevilla para estudiar Relaciones Públicas en una escuelita que había puesto un emprendedor. Pero entonces a los emprendedores todavía no se les llamaba tampoco así, y aquel Centro Español de Nuevas Profesiones era como una premonición de Nicolás Valero en un viejo caserón de la calle Sor Angela de la Cruz, donde Luis Uruñuela, el que luego sería alcalde de Sevilla, y otros jóvenes profesores universitarios enseñaban cosas más bien raritas de las que aún no había Facultad: Periodismo, Relaciones Públicas, Publicidad, Turismo... Cómo sería Valero de emprendedor que una vez que vino Carandell a hacer un reportaje sobre aquella Sevilla de los últimos años del franquismo, dijo: Este Valero es capaz de poner una Escuela de Perropaseadores Cuando veo a los argentinos por el barrio de Salamanca paseando perros atraillados me pregunto si no serán alumnos de Valero según Carandell, en aquellas Nuevas Profesiones donde, yo también de profesor, venía diciendo que conocí a Consuelo Píriz antes que el que habría de ser su suegro, José Manuel Lara Hernández, inventara la divina locura del premio de novela Ateneo de Sevilla como un tributo a su tierra. En la primera edición, Lara le pidió a Valero azafatas de su escuela para los fastos de la cena del fallo y las ruedas de prensa. Al mando de aquellas muchachas iba Consuelo. Punto en el que pasamos a Rafael de León. Porque aquí viene, como en lo de la Reina Mercedes, que una historia de amor empezó a sonreír a la orillita del Guadalquivir José Manuel Lara Bosch, el hijo del dueño, que andaba como becario distinguido curtiéndose en la empresa de su padre y placeándose en el premio Ateneo con vistas al Planeta, conoció a aquella jefa de azafatas y se prendó de ella. La historia de amor terminó tan felizmente que, andando el tiempo, volví a encontrarme a Consuelo, ya señora de Lara, como la gran mujer que estaba junto a nuestro Ciudadano Kane sin Orson Welles, nuestro Ciudadano Lara, en la construcción de un imperio mediático sobre aquellos libros de las ventas a plazos y a domicilio de Planeta. Siempre en la sombra, Consuelo era la gran mujer que dicen hay detrás de todo gran hombre. Para mí que José Manuel Lara encontró en ella los mismos arrestos e inteligencia que su padre había hallado en la inolvidable María Teresa Bosch. Consuelo adoraba al viejo Lara. Sólo a ella le he escuchado nombrarlo como Pepe En el dolor tras la muerte de su hijo Fernando y luego en la enfermedad del otoño del patriarca, Consuelo se volcó con Pepe, que la adoraba. Como luego se volcó, también en la enfermedad, con José Manuel. Nadie sabe, y no lo voy a desvelar yo ahora, el zaratán propio que Consuelo llevaba por dentro cuando era la sombra protectora del gran Ciudadano Lara en sus últimos años de lucha contra la misma enfermedad que se llevó a Rocío Jurado. Quien dudase de que hay mujeres fuertes, lo habría de creer viendo a Consuelo con su discreción, su prudencia, su tacto, al lado de aquel ciclón de los negocios que de mayor quería ser sevillano y que llegó a serlo, Hijo Adoptivo, en su casa de Mairena del Alcor o en su mecenazgo sobre tantas empresas culturales andaluzas. Consuelo se llamaba una triunfal obra de teatro de Ayala, el de la calle en el barrio de Salamanca, medio extremeño, o sea, medio paisano de esta otra Consuelo que nunca roneó de marquesa del Pedroso y con cuyo nombre he titulado este gorigori a modo de romance de amor de quien, en un segundo plano de inteligente discreción, nunca dejó de sonreír en esa película a lo Ciudadano Kane que es la increíble vida y obra de un monstruo de los negocios volcado con los demás y llamado José Manuel Lara Bosch. IGNACIO CAMACHO EL CONSENSO AVERGONZADO El consenso de Estado es un modelo de estabilidad democrática. El bipartidismo ha de dejar de sentirse acomplejado ASTA hace pocos años la sociedad española clamaba por los consensos políticos; tanto era así que cuando no se podían forjar había que fingirlos. Los gobiernos más refractarios a los acuerdos montaban mesas de negociación para que resplandeciese su disposición al diálogo y el pacto tenía tanto prestigio que si no se alcanzaba era menester culpar al adversario. El legado de la Transición nos dejó instalados en una cultura consensual que hacía del compromiso un deber de convivencia. De hecho, el desapego ciudadano hacia la política comenzó cuando la gente intuyó que los grandes partidos huían de la concertación de intereses públicos para aplicarse sólo sobre sus propios provechos; de ese egoísmo nació una desconfianza que la corrupción fue generalizando hasta concluir en el presente desprecio hacia la casta El desafecto ha desembocado en una especie de fobia que los demagogos ventajistas aprovechan para señalar al bipartidismo como causa de los males de la patria, y de un modo paradójico el consenso ha pasado de ser un valor ponderado a una especie de blindaje endogámico, de mecanismo de autodefensa de élites privilegiadas. Las dos grandes fuerzas que han dotado de estabilidad al sistema democrático tienen enormes dificultades de entendimiento porque saben que su aproximación suscita sospechas de apaño. Esto es así especialmente en la izquierda, donde ha surgido un movimiento de impugnación rupturista que amenaza la hegemonía socialdemócrata. La gran coalición tal vez la fórmula de gobierno más apropiada para un futuro de mayorías inestables, se ha convertido en una piedra arrojadiza que el PSOE esquiva como puede haciéndose fintas a sí mismo. Su líder, Pedro Sánchez, ha tenido que firmar un elemental pacto antiterrorista con Rajoy con cara de circunstancias, protegiéndose con cláusulas de reserva y excusándose en un lenguaje no verbal de incomodidad manifiesta, como si fuese un delito de lesa política asumir responsabilidades de Estado. Pero aunque los suyos expresen dudas y rechazo el gesto conviene a un partido que necesita recuperar su aureola de alternativa de poder, de receptor de voto útil. En la foto de Moncloa había un presidente en ejercicio y otro que puede serlo si deja de sentirse emparedado, si se llega a creer su liderazgo. El ahora maldito bipartidismo es el modelo de las democracias más sólidas y el que ha permitido el progreso de España; lo peor que puede ocurrir es que alguno de sus actores se sienta encogido, titubeante, acomplejado. La imagen del acuerdo antiyihadista beneficia a Sánchez porque le presenta como el relevo natural del PP y ofrece a los ciudadanos la garantía de continuidad en las políticas de Estado. Eso era lo que deseábamos no hace tanto. Antes de que la prédica del populismo inoculase en cierta opinión pública el virus nihilista que transporta la enfermedad del enfrentamiento. H JM NIETO Fe de ratas