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12 OPINIÓN LLUVIA ÁCIDA PUEBLA LUNES, 5 DE ENERO DE 2015 abc. es opinion ABC DAVID GISTAU CABALGATA Dices feliz año y pareces un propagandista de Mariano vendiendo optimismo AYER hice una pequeña indagación interior para comprobar si algún recuerdo de la cabalgata de los Reyes Magos, al enternecerme, me permitía ofrecerles hoy una pieza de costumbrismo cursi y sentimental. Pero nada. Dejé de investigar cuando se me cruzaron aquellas animadoras de los Lakers de Abdul Jabbar y persistieron en no marcharse. El único recuerdo emotivo de la Navidad es de cuando en Nochebuena mi madre prendía en la terraza una vela incombustible de fabricación noruega por cada fallecido familiar más o menos reciente. Llegó un momento en que había más gente nuestra en la terraza que dentro, por lo que la costumbre fue cancelada por deprimente. Y por el riesgo de incendio. Y porque suponía un presupuesto en velas. Nuestra terraza parecía contener unas luces de costa, es raro que no provocáramos algún naufragio, aun estando en Chamartín. Por otra parte, el descreimiento prematuro forma parte de nuestra carga genética. Un ahijado al que un año llevé a tomar posición en Alcalá para ver pasar a los Reyes, al avistar el chaflán de la Cruz Blanca me dijo que lo que a él le haría verdadera ilusión sería que lo invitara a unos berberechos. Los pinchaba como un auténtico lobo de bar mientras sus contemporáneos reñían por caramelos. Lo cierto es que, afrancesados, siempre fuimos de Papá Noel. Con el tiempo he desarrollado una teoría militar según la cual la de Papá Noel es una operación de comando. Nadie lo ve, vuela sin que lo detecten los radares. Desciende en rápel, se infiltra, da el golpe y desaparece. Un poco como en Abbottabad, pero sin que se caiga el helicóptero, acaso porque los renos son más fiables que los rotores de un Black Hawk. Mientras que los Reyes Magos son más un ejército entrando en la ciudad, con exhibición de animales exóticos como en los Triunfos de la Vía Sacra cuando honraban a legiones africanas o asiáticas. Al menos no se trata de un ejército invasor, sino de uno liberador que por lo tanto es recibido con un regocijo como el de París en la Liberación. Una victoria sobre el sentido prosaico de los tiempos que al ser infantil no admite besos en Times Square. Termina la Navidad sin haber resuelto una duda que todos los años nos da para conversar un rato en lo de Alsina: ¿hasta cuándo es adecuado decir Feliz año Y más ahora que esa fórmula suena sarcástica a los profetas del desastre que han profesionalizado el ceño fruncido y se prohíben sonreír como si la sonrisa debiera ser postergada hasta que esté cumplida la misión de la salvación social. Dices feliz año y pareces un propagandista de Mariano vendiendo optimismo basado en las cifras macroeconómicas. Por eso este año el final del espíritu navideño ha sido interrumpido antes que nunca. La Navidad terminó en el instante en que los tertulianos de sábado noche volvieron a putearse, sin esperar siquiera a que pasaran los camellos evocadores de los elefantes de César. Los años de Navidad fugaz son conocidos como años electorales. Al lío. A EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA UN NEGRO DE VERDAD A los que reclaman que a Baltasar lo encarne un negro de verdad les concedería que albergasen en su casa a un negro de los que cruzan la valla de Melilla S E han recogido decenas de miles de firmas reclamando que en la cabalgata de Reyes de Madrid desfile un negro de verdad encarnando al rey Baltasar, en lugar de un concejal embetunado. Este prurito verosimilista de los firmantes es perfidia y ganas de tocar los cojones, muy rebozaditas de farfolla filantrópica; pues, ya de puestos a ser verosímiles, habría que solicitar que el hombre que encarnase al rey Baltasar no sólo fuese negro de verdad sino también rey de verdad. Pero ¿dónde encontramos un rey negro de verdad? Ni siquiera nos habría servido Haile Selassie, emperador de Etiopía y descendiente de la reina de Saba, que según especificaba Julio Camba era de raza amhárica, una raza que, a lo largo de los siglos, ha ido tostándose poco a poco en el horno etíope Definir los contornos de la raza negra depende, como todo en la vida, del color del cristal con que se mira: para los ingleses, por ejemplo, toda la humanidad, de Calais para abajo, es negra; y buena prueba de ello es que un amigo africano que tenía Camba en Londres, cuando quería ir a cenar a algún restaurancillo italiano o griego del barrio de Soho, le decía: ¿Quiere usted que vayamos a un restaurante negro? Y si un restaurante mediterráneo valía para el amigo africano de Camba como restaurante negro no se entiende por qué demonios un concejal de Chamberí no puede valer como rey negro para los firmantes de esa petición, que para cualquier habitante de la pérfida Albión serían más negros que Haile Selassie. Por lo demás, no sabemos si los tres Reyes Magos eran tres o veinticuatro (se dice que fueron tres porque tres fueron las ofrendas que hicieron al Niño) y sabemos que no eran reyes ni tampoco magos, no al menos en la acepción de brujo o prestidigitador aceptada por el vulgo. En Persia, de donde seguramente procediesen, se llamaba magos a los sabios de una casta sacerdotal; y pruebas diversas de su sabiduría las hallamos en la narración evangélica: eran enormemente despistados y hacían cosas que no se le ocurrirían ni al que asó la manteca, como ir a preguntar al felón de Herodes por el recién nacido; y, aunque despistados (como todo sabio que se precie) eran también prudentes, pues después se volvieron por otro camino, para no dejarse utilizar por el felón de Herodes. Si en lugar de sabios hubiesen sido intelectuales no sólo habrían vuelto por el mismo camino e informado al felón de Herodes, sino que se hubiesen puesto de inmediato a su servicio. Tal vez los firmantes que pedían un negro de verdad no lo hicieron por un grotesco prurito verosimilista, sino para consolarse de no poder pedir un sabio, porque en España, donde hay intelectuales a porrillo, es mucho más difícil encontrar un sabio que un negro. O tal vez los empujase aquel sentimentalismo teológico de Antonio Machín cuando pedía al pintor de su bolero que pintase angelitos negros; pero este sentimentalismo teológico, desde que Juan XIII canonizase a San Martín de Porres, es perfidia y ganas de tocar los cojones. Yo a los firmantes que han reclamado que a Baltasar lo encarne un negro de verdad les concedería, a modo de consuelo, que albergasen en su casa a un negro de verdad de los que cruzan la valla de Melilla. Tal vez entonces estos firmantes dirían, parafraseando al filántropo de Los hermanos Karamazov Amo a la negritud; pero, para gran sorpresa mía, cuanto más amo a la negritud en general, menos amo a los negros en particular Que una cosa es poner a un negro a desfilar en una cabalgata, para exhibirlo y de este modo exhibir nuestra filantropía, y otra muy distinta sentarlo a la mesa. Y es que el signo distintivo del filántropo es amar mucho al prójimo, pero a distancia.