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ABC LUNES, 5 DE ENERO DE 2015 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O LU C A D E T E NA LA CABALGATA POLACA POR IÑAKI EZKERRA La Cabalgata española eligió para hacerse polaca un camino antiguo, sencillo, ajeno a la sofisticación tecnológica: un simple grupo de maestros que tenía contacto con España y que organizaba funciones de teatro en Navidad ha demostrado que también lo que llamamos con soberbia el mundo desarrollado necesita misioneros pierde en la noche con sus camiones y su sentido puramente materialista. No. No estaría mal que aprendiéramos de aquellos que han sabido aprender de nosotros y que nos redescubriéramos en ellos, en esa representación que mañana volverá a reeditarse en Polonia. No estaría mal que al Halloween norteamericano que hemos adoptado en los últimos tiempos le supiéramos dar un toque español como el que le han dando los polacos a nuestra Cabalgata; que supiéramos escarbar en nuestro pasado y probar una forma de sincretismo que no nos limitara a meros plagiadores, sino que integrara, por ejemplo, la tradición del Tenorio; de esa obra que en otros tiempos exportamos y que supo inspirar a Molière, a Lord Byron, a Pushkin, a Lorenzo da Ponte, a El convidado de piedra de Dargomizhski y al Don Giovanni de Mozart. ¿Qué hacemos imitando acríticamente el Halloween anglosajón si tenemos en nuestro legado cultural la sombra imponente del comendador Gonzalo de Ulloa que asiste muerto a la cena libertina y los pasos lacónicos del pecador sentenciado en la noche sevillana? De hecho, como en el caso de la Cabalgata polaca, es también en el teatro donde se hallan los orígenes de la nuestra; en un grupo de intelectuales ligados al Centro Artístico de Granada que tomó la iniciativa, en el primer tercio del pasado siglo, de recuperar las representaciones de los Reyes Magos que venían del siglo XIX. n par de amigos del colegio Zagle me envía todos los años fotos de ese acontecimiento que volverá a tener lugar mañana en toda Polonia. No solo para dar. También para recibir hay que tener un espíritu generoso. Parecía que había pasado la época en que podían ocurrir esYAGO MARÍN tas cosas, en que un país moderno que no es colonia de ningún otro (y que ha reencontrado su identidad nacional tras años bajo los yugos nazi y socialista) pudiera acoger y consolidar una nueva y ajena tradición de forma repentina y voluntaria; por pura y natural empatía; por un universalista sentido familiar y religioso que contrasta con ese mezquino miedo a contaminarse a desvirtuar, a perder las propias raíces que hoy tienen nuestros periféricos y provincianos nacionalismos. Parecía que toda convocatoria que hoy salta de un país a otro lo hiciera solo a través de internet y por un motivo puntual, coyuntural, efímero, como las movilizaciones antisistema o la venta de entradas para los macroconciertos rockeros. Pero la Cabalgata española eligió, sin embargo, para hacerse polaca un camino antiguo, sencillo, ajeno a la sofisticación tecnológica: un simple grupo de maestros que tenía contacto con España y que organizaba funciones de teatro en Navidad ha demostrado que también lo que llamamos con soberbia el mundo desarrollado necesita misioneros. IÑAKI EZKERRA ES ESCRITOR L A historia de la Cabalgata polaca tiene algo de insólito cuento infantil y de aleccionadora fábula moral. Cualquiera al oír mentarla pensaría que se trata de una vieja tradición centroeuropea. Y, sin embargo, solo tiene seis años de vida. Y, sin embargo, se trata de una iniciativa importada directamente de la tradición española. La idea nació en 2008 en un pequeño colegio de Varsovia, el Zagle, que se rige por una fórmula muy participativa tomada de algunos centros de enseñanza de nuestro país con los que aquél mantiene un permanente contacto. Un grupo de profesores de ese colegio llevó a las calles de Varsovia el 6 de enero de 2009 la primera Cabalgata de los Magos de Oriente. Tenían su miedo a fracasar y a hacer el ridículo recorriendo, coronados sobre unos pintorescos caballos y cercados por una colorista jauría de niños que entonaba villancicos, una ciudad que durante esas fechas suele estar cubierta por la nieve y a unas temperaturas que no suben de los cero grados. Pero fue eso precisamente lo que les dio el éxito. En unos días en los que la oscuridad planea como un largo anochecer sobre Varsovia y en los que no pasa nada en sus calles, los medios de comunicación recibieron como un regalo la irrupción de una multitud de críos y adultos ataviados con disfraces de todos los colores. La idea prendió como una mecha y en la escasa media docena de años que han transcurrido desde aquella mágica y helada mañana la Cabalgata ya se ha extendido a más de trescientas ciudades polacas. Y no solo eso, sino que ha sobrepasado las fronteras del país. Ha llegado a varias localidades de Italia, de Suiza y de Inglaterra, como Blackburn, Eastbourne, Reading o High Wycombe, donde no existía esa tradición. Por llegar, la Cabalgata polaca ha llegado hasta los EE. UU. hasta Chicago. Todo empezó un 6 de enero de 2009, un día como mañana. Al colegio promotor se fueron uniendo otros en las siguientes ediciones, así como clubes, parroquias, grupos de scouts... y lo que comenzó siendo una modesta iniciativa local se ha convertido en un fenómeno sociológico y religioso sin precedentes que moviliza a miles de familias en todo el país y que ya cuenta con el reconocimiento de las autoridades. Gracias al extraordinario poder de convocatoria que han adquirido esos policromáticos desfiles, ha vuelto a ser desde hace dos años reconocida como fecha festiva la del 6 de enero, que se había mantenido como jornada laboral en Polonia durante todo un medio siglo, desde que el país se convirtió, tras la II Guerra Mundial, en un estado comunista y satélite de la hoy desmantelada URSS. Yo creo que en una época en la que los españoles tenemos tan baja nuestra autoestima y en la que perseveramos en seguir copiándolo todo de los norteamericanos desde las mascaradas del Halloween al anglicismo selfi recién elegido palabra del año 2014 por la Fundéu tiene algo de confortable y emotivo el hecho de que un país europeo haga suya con toda naturalidad esa costumbre nuestra con la que cerramos las fiestas navideñas. Como creo también que ese descubrimiento que han hecho los polacos de ese modo nuestro de celebración debería tener un camino de vuelta y de redescubrimiento de nuestro propio ayer olvidado. Si la Cabalgata, el Orszak, ha cuajado en Polonia fácilmente ha sido gracias a la larga tradi- U ción teatral y musical que ya había en el país. Es esa circunstancia la que hace que, paradójicamente, esa fiesta sea más participativa, más auténtica y más genuina que la nuestra, que, con el tiempo, ha adquirido un cariz demasiado comercial, consumista y prosaico. En la suya, no hay mastodónticos camiones de los grandes almacenes ni majorettes que recuerden a los circos y a los carnavales. Hay caballos, carruajes, trineos y camellos de Kazajistán, que son los únicos que resisten el frío. En la nuestra, la multitud infantil no canta ni se disfraza como aquella de pastores, de romanos o de soldados de los ejércitos de los tres Reyes el ejército europeo, el asiático y el africano sino que adopta una actitud pasiva de mera espectadora y receptora de caramelos que anticipan los regalos del día siguiente. En Polonia los regalos llegan por Navidad, y así los participantes acuden a ella no en la noche del 5 de enero, sino en la misma mañana del día 6 y más en la actitud de dar que de recibir. La Cabalgata polaca tiene una meta: el portal de Belén, que en Varsovia se levanta en la plaza más céntrica. La Cabalgata española no va a ninguna parte. Se