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44 CÓRDOBA DOMINGO, 8 DE JUNIO DE 2014 cordoba. abc. es ABC TABERNARIO SENTIMENTAL POR JAVIER TAFUR Y VIC CÓRDOBA N O podía llamarse de otro modo, puesto que se alza a la vera de lo que queda de la antigua muralla del palacio califal, que espera, abandonada en un solar desolado de la Junta, ser digna algún día de la atención de las administraciones. Por lo pronto, aquí la dignidad la pone la magnífica restauración- -privada, naturalmente- -que se hizo de esta casa que fuera parte del palacio de don Leopoldo de Austria, obispo de Córdoba, hijo ilegítimo del emperador Maximiliano y tío, por tanto, de nuestro Carlos V. Antaño, los bastardos de abolengo optaban por la milicia o por el clero, las dos vías tradicionales para alcanzar los privilegios que no les correspondían por nacimiento. Dudosa era, por tanto, la vocación. Así que no debe extrañarnos que don Leopoldo tuviese una acreditada vida galante, de la que este sitio fue testigo y celada. Contaba Manuel Salcines, probo historiador, que hubo un pasadizo desde esta casa hasta otra de la calle de Tomás Conde- -del que el Ayuntamiento no tiene noticia ni debe tenerla, pero bien saben algunos que existe- -que la señora Ferrer prodigó para hacer feliz y padre al obispo. Perspicaces universitarios de hoy han datado incluso que hubo un corpiño encontrado por un paje que calló como un muerto su hallazgo y que, por ello, recibió canonjías sin límite, hasta el punto de inaugurar el linaje y blasón que ostenta la casa de Las Pa- La Almudaina Casa histórica, que fue de Leopoldo de Austria, mantiene una cocina de esencias y un servicio de alta calidad respaldado por el público y la crítica vas, que es tan pretencioso en su re- dió el postrero jaque mate, poco anpresentación como oscuro en su ori- tes de que los almohades se llevaran gen. Una escalera nos baja a donde por delante la taifa cordobesa. pudo estar la entrada, hoy cubierta Que conste que estamos hablando por una espectacular cámara de refri- de una taberna y parece que hablárageración. En ella nos encontramos un mos de un imperio, pero así es nuesinteresante azulejo que repretra Córdoba prodigiosa, que senta una partida de ajesiempre nos sorprende si drez que, probablementenemos la suerte de que Leyenda te, se refiere a la que dinos la enseñe un corAllí, se dice, se cen que mantuvo y dobés de bien. Edeljugó la partida de perdió el rey Alfonso miro Giménez lo es, ajedrez entre VI con Abenámar, el aún siendo burgalés Alfonso VII y Abén famoso moro de la de nacimiento. MonGanya por la taifa morería de nuestro tó, con su cuñado, Romancero. Sabemos, Ciro s y, no contento cordobesa según la leyenda, que con tener el restauranse jugó por la plaza de Sete más popular de la ciuvilla, pero aquí- -ya que sodad, se atrevió después a esmos muy nuestros- -se atributablecerse, en 1987, en este local ye a la de Córdoba y los que se oponen que abriera Rafael Cremades en el año son Alfonso VII el Emperador y 79. Desde 1990 lo gestiona Edelmiro Abén Ganya, el último almorávide solo, ayudado ahora por tres de sus al que supuestamente le correspon- hijas. Lo acompañó Miguel Enríquez, ya jubilado, a quien ha sucedido, en la misma línea de cocina y con igual éxito, Ramón Ródenas, hecho en los fogones de la casa. Aquí no cambia la plantilla más que por ley de vida nos dice el propietario. Dieciséis personas mantienen en la actualidad un exquisito servicio a una clientela que está a la altura y que es consciente de su singularidad en cuanto entra al zaguán donde la recibe, a la izquierda, el más maravilloso guadamecí de Córdoba y, a la derecha, la perfecta barra en la que todo tabernícola soñara pasar su vigilia. Más allá, el patio de viejo ladrillo y fresca yedra da paso a una escalera de noble artesonado en cuyas paredes, junto al repostero que exhibe los colores del egregio obispo, cuelgan fotografías de personalidades que aquí estuvieron: Yehudi Menuhin, Barenboim, Blanca del Rey, Pérez de Cuéllar... Y los premios Nobel: Severo Ochoa, Leontieff, Ramsey, Lehn... Hay que agradecerle a la Universidad de Córdoba y en especial al que fuera su rector, Vicente Colomer, la distinción que tantas veces nos ha hecho explica Edelmiro Giménez. Y es que La Almudaina es algo más que un extraordinario restaurante. Nos cercioramos de ello cuando miramos arriba y contemplamos la espléndida vidriera que sirve de montera al patio. Por su mecenazgo y por sus valores dejó escrito en ella Salvador Morera, su autor, en su sentida dedicatoria a Edelmiro Giménez Rojo y a su esposa, Ana Muñoz García. No queda más que añadir.