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ABC DOMINGO, 30 DE DICIEMBRE DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL RECUADRO ANTONIO BURGOS WERT CATALANIZA LA FIESTA NACIONAL Sacar a la Tauromaquia de las Medallas de Bellas Artes es dar la razón a los que prohíben las corridas de toros en Cataluña N O era todavía una tradición. Pero sí una costumbre. Cuando cada año el Ministerio de Cultura montaba su anual tom, tom, tómbola de las Medallas al Mérito en las Bellas Artes, nunca faltaba entre los premiados una figura de la Fiesta Nacional, junto a cantantes y pintores, a arquitectos y actores. Se reconocía así no sólo el carácter cultural de la Fiesta, sino al toreo como una de las Bellas Artes. Si el cine es ya admitido como el Séptimo Arte, la gente con paladar proclama hace mucho tiempo a la Tauromaquia como el Octavo Arte en España, en la América hispana y en la cultísima Francia aficionada. Cuando los antitaurinos tengan en su bando a Goya, a Picasso y a García Lorca podremos empezar a hablar en igualdad de condiciones. Fue Esperanza Aguirre, que es buena aficionada, la que como ministra de Cultura en el primer gobierno de Aznar incluyó en 1996 entre los galardonados con la Medalla de las Bellas Artes a un torero. ¡Y qué torero! Antonio Ordóñez. Si Joselito era el toreo mismo a comienzos del siglo XX, Ordóñez fue en su segunda mitad la Tauromaquia misma. Medalla, pues, obligada la de Ordóñez, que inauguró una brillante nómina de galardonados: Pepe Luis Vázquez, Pepín Martín Vázquez, Curro Romero, El Viti, Rafael de Paula o Paco Camino, amén de otros de los que en su día dije que más que la distinción de las Bellas Artes hubieran merecido mejor la Laureada de San Fernando a su valor, pues de arte andaban cortitos con sifón. Traspasadas al Ministerio de Cultura las competencias administrativas de la Fiesta Nacional como pedía el toreo, lo más lógico es que el señor Wert hubiese continuado la costumbre de que no faltara un torero en la Tómbola Nacional de las Bellas Artes. Lejos de ello, la vez primera que se conceden estas distinciones con el toreo ya en Cultura (y prohibido en Cataluña) va el españolizante señor ministro y se deja a la Tauromaquia por la parte de fuera. Divertidísimo, de charlotada del Bombero y los enanitos: cuando los toros estaban en Interior, Cultura les daba la medalla de Bellas Artes; ahora que están en la casa, Cultura se la niega. A ver si de tanto querer españolizar a los niños catalanes el señor Wert se ha vuelto tarumba, se ha hecho con el BOE un lío, y en vez de españolizar a los niños catalanes ha catalanizado a los toreros españoles. Sacar a la Tauromaquia de las Medallas de Bellas Artes es dar la razón a los que prohíben las corridas de toros en Cataluña. ¿No merecía este año la medalla de las Bellas Artes, qué digo yo, la barretina o la muleta con las cuatro barras (de Aragón, por cierto) de Serafín Marín? Sí, ya sé: no hay un hito histórico en el toreo todos los años como de Medalla de Bellas Artes, a la altura de Ordóñez o de Romero. Pero ahí están los hombres de plata, artistas como todo el que se viste de luces, de los que Cultura nunca se acordó, cuando en el cine y el teatro no se olvida de los actores secundarios. Qué oportunidad ha perdido Wert para haberle dado la Medalla de las Bellas Artes al banderillero Andrés Luque Gago, que este año ha publicado además un hermoso libro de memorias, o al genial Julio Pérez Vito. O haber seguido la estela de las Bellas Artes a don Álvaro Domecq Díez, caballero en plaza y escritor taurino y ganadero, y habérsela concedido por colleras a Ángel y Rafael Peralta, que los dos torean a caballo y escriben como los mismos ángeles marismeños. (No quiero ni pensar que como Cultura daba las Bellas Artes a los toreros cuando estaban en Interior, Interior ahora, en justa correspondencia, como están en Cultura, le dé a Juan José Padilla la Medalla al Mérito Policial con distintivo rojo de sangre de corná gorda... IGNACIO CAMACHO EL MAL MENOR Detrás de Rajoy sólo hay un vacío. La oposición carece de proyecto y de liderazgo y la sociedad civil está desarticulada U MÁXIMO N año después de la brusca epifanía fiscal en la que el Consejo de Ministros subió los impuestos en su primera reunión ejecutiva, la situación del país no ha mejorado y sólo desde la buena voluntad o la simpatía ideológica puede aceptarse que el Gobierno la haya puesto en el buen camino. Tras haber incumplido todas sus promesas, Rajoy ha cerrado el ejercicio solicitando confianza para una más a la que ha fijado horizonte cronológico. Muy seguro debe de estar el presidente de que a finales de 2013 España habrá salvado la recesión y o iniciado una visible recuperación económica. Porque si ello no sucede perderá de forma definitiva el respaldo de quienes aún se lo sigan sosteniendo. El deterioro de su credibilidad y el rápido desgaste del apoyo electoral que han provocado sus impopulares medidas son, sin embargo, la única prueba constatable de que este Gabinete actúa según los criterios que cree más adecuados para el interés general sin priorizar su propio beneficio político. Ningún gobernante sensato perjudicaría de ese modo a su clientela si no se sintiese empujado por imperativas razones de fuerza mayor. Sin duda el aspecto más criticable de la gestión gubernamental es la decisión de cargar sobre las clases medias el coste de un ajuste que no ha profundizado en la reforma del hipertrofiado sector público. Una política así sólo puede adoptarse desde la convicción de una necesidad perentoria, determinada por el calamitoso estado de las cuentas que legó el mandato zapaterista. Tras unos meses iniciales de despiste, zozobra y balbuceos poco competentes Rajoy ha logrado evitar- -por ahora- -el rescate que convertiría a España en un protectorado europeo, ha corregido el déficit y ha decretado reformas tan incómodas como necesarias irresponsablemente aplazadas por su antecesor. Empero, el balance comparativo entre el comienzo de su presidencia y la actualidad define un estado objetivo de cosas peor que el que encontró, sobre todo en las desgarradoras cifras de desempleo. No hay motivos contrastados para confiar, y pese a ello solicita otro margen de comprensión con un plazo tasado, más allá del cual él mismo sabe que sólo le espera el fracaso porque se le habrán acabado las coartadas. Ocurre que detrás de Rajoy no hay nada. La oposición está descompuesta, sin alternativa ni proyecto ni liderazgo. El consenso nacional es una bruma evaporada. La sociedad vive un proceso de desarticulación y desesperanza. Europa no es capaz de aportar soluciones de rango. En este momento dramático sólo el Gobierno garantiza, con todas sus deficiencias, un mínimo de solidez institucional y un rumbo marcado. El presidente carece de empatía emocional y política pero posee un pulso templado- -a veces demasiado templado- -para la resistencia y el aguante. Estamos ante una opción crítica de mal menor y más vale que esta vez no le fallen los cálculos.