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ABC SÁBADO, 22 DE DICIEMBRE DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA UN VILLANCICO A esa locura de amor la llamamos Navidad; y no podemos adentrarnos en su intimidad sin la ayuda de María E L hombre de nuestra época persigue la felicidad como si de una fórmula química se tratase; pero esa persecución se salda siempre con un fracaso, o en el mejor- -peor- -de los casos con un sucedáneo de bienestar que anestesia fugazmente su dolor de vivir. El hombre de nuestra época, al expulsar a Dios de su horizonte vital, se ha convertido en un ser amputado y, por lo tanto, infeliz; pues sin Dios no hay comunión verdadera entre los hombres; y sin comunión verdadera no puede haber fiesta, sino depresión y congoja, aunque sean disfrazadas de algarabía y atracón de mazapanes. Los mazapanes, cuando falta Dios, son como las algarrobas de los puercos que tuvo que comerse el hijo pródigo de la parábola. Nos disponemos a celebrar en estos días que Dios se hace carne, que es una locura de proporciones desafiantes. ¿En qué cabeza cabe que un Dios invisible e incorpóreo, omnipotente y glorioso, tome cuerpo y alma de hombre en el vientre de una humilde mujer, para después pasearse entre los hombres? Chesterton calificaba la Navidad, con razón, de trastorno del universo y casi nos atreveríamos a añadir que es también un trastorno de Dios pues semejante cosa sólo puede caber en la cabeza de un Dios loco. Loco de amor por el género humano, tan loco de amor que desea acompañarlo incluso en la locura de su desamor. Haciéndose carne y sangre, Dios quiere reparar la deslealtad del hombre, que un día le volvió la espalda, y cargar sobre sí con las consecuencias de esa deslealtad, que son el dolor y el sufrimiento, mostrándonos, además, que nunca más el dolor y el sufrimiento serán estériles. Porque el misterio de la Navidad es la suma de todos los misterios de la fe: Dios asume la fragilidad humana, cuyo destino aparente es la muerte; y, a la vez, hace partícipe al hombre de la naturaleza divina, enseñándole que ese destino no es definitivo, que después de la muerte viene una resurrección, que no es sólo del alma, sino también de la carne. Dios quiso padecer en la carne los sufrimientos de los hombres y morir entre tormentos, como lo haría el más desdichado de los hombres, porque quería salvar no sólo nuestras almas, sino también nuestros cuerpos, nuestra carne sometida a mil achaques y padecimientos, nuestra carne que en esta vida está encadenada a la decrepitud, pero cuyo destino último es la gloria. A esa locura de amor la llamamos Navidad; y no podemos adentrarnos en su intimidad sin la ayuda de María, cuyo vientre sirvió de morada a tal trastorno divino. Dios quiso, además, nacer en la mayor pobreza, para compartir desde el primer instante las penalidades de nuestra existencia terrenal; y para recordarnos que, aun en las mayores penalidades, es posible la felicidad más completa. Pero esta felicidad de saber que Dios se mete en las entrañas de nuestra frágil humanidad no debe hacernos olvidar que la Navidad fue también el comienzo de una guerra sin cuartel. Chesterton nos recuerda que las campanas de Navidad suenan con el estrépito de cañonazos. En el relato evangélico, junto a la alegría de los pastores y los magos, descubrimos la ira de Herodes, que ordena matar a los inocentes. La nueva alianza de Dios con el hombre se gesta en el vientre de una mujer; y el vientre de la mujer se convierte así en el epicentro de una batalla encarnizadísima que, dos mil años después, sigue cobrándose miles de víctimas inocentes. Recordemos en estos días a los niños que no podrán renovar el misterio de la Navidad, porque serán asesinados en el vientre de sus madres. Nuestro recuerdo será el más bello villancico. IGNACIO CAMACHO ZP EN NAVIDAD La leve contrición navideña de ZP soslaya la gravísima avería que dejó en las estructuras económicas y territoriales ONTRA lo que opina la mayoría de sus antiguos simpatizantes y partidarios, reconvertidos en intensos detractores, el mayor error de Zapatero no fue el brusco bandazo hacia el ajuste de 2010; ése pudo ser uno de sus pocos aciertos o, al menos, el intento de reparar sus descomunales fallos anteriores. El desplome comenzó, en efecto, cuando tuvo que emprender a toda velocidad un programa de recortes forzosos que le convirtió en diana de una insólita fobia social, pero el gran desatino se produjo bastante antes y fue la causa de que tuviese que presentar una enmienda a la totalidad de sí mismo. Aun entonces se quedó corto porque en el fondo se vio obligado a una política en la que no terminaba de creer. Pero la causa real de la catástrofe zapaterista estuvo en la negativa inicial a aceptar la existencia de la crisis y en el diagnóstico equivocado que le llevó a combatir los evidentes efectos de la recesión mediante un gasto social desaforado. Los once puntos de déficit y el alto endeudamiento que provocó en dos años a base de cheques regalo, dádivas populistas y un remedo de planes keynesianos dejaron al Estado en una quiebra de la que tardará muchas lunas en recuperarse. Las culpas de ese desastre no se pueden absolver con facilidad por más que el ex presidente dosifique en vísperas navideñas ciertas autocríticas selectivas y parciales. A ZP, que posee un carácter de natural noble, empático y seductor- -el maestro Alcántara suele decir que su amabilidad innata le facultaba para ser un impecable maître de hostelería, oficio en el que hubiese resultado más competente e inocuo que en el de gobernante- hay que admitirle la discreción con que se ha desempeñado en este su primer año fuera del poder, aunque sea en parte consecuencia de que su prestigio no quedó en condiciones de permitirle dar consejos a nadie. Pero sus leves atisbos de contrición resultarían hasta convincentes si no fuese por la memoria demasiado reciente de las calamidades que ha legado. No sólo a su partido, como dijo ayer en la Sexta, sino al país entero. Porque lo del PSOE tiene mejor remedio que lo de España. Al partido le basta con purgar una temporada en la oposición sus errores de Gobierno; en eso consiste la alternancia democrática. El problema es que la nación ha quedado averiada en sus estructuras económicas, territoriales, financieras y sociales; que el Estado del Bienestar está tocado del ala y que el modelo autonómico sufre daños irreversibles a consecuencia de la irresponsable oleada estatutaria. Por eso se cabrea tanto Rajoy cuando Rubalcaba impugna sus cuestionables medidas estabilizadoras; es incluso probable que el actual presidente sienta ahora parte de la angustia final que atenazó a su antecesor bajo las presiones de Europa, pero nadie mejor que él sabe hasta qué extremo le han dejado en las manos un país a punto de descabello y arrastre. C MÁXIMO