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ABC MARTES, 20 DE NOVIEMBRE DE 2012 abc. es cultura CULTURA 59 el caso escocés, el líder nacionalista ahora tiene problemas porque ha debido asumir el aislamiento que tendría una Escocia independiente. Y no es obvio que ni España ni Gran Bretaña simpaticen con la posibilidad de la integración de estados separados nacidos de ellos. Así que, como decimos en América: Let s get real here! ¡seamos realistas! La sucesión tendrá coste económico para ambas partes. Debatimos con el lenguaje. Usted habla de sentimentalismo asociado al nacionalismo. ¿Corremos el peligro de ser atávicos y no razonables? Soy un liberal demócrata. A diferencia de otros liberales el cosmopolitismo está en mi bagaje moral. Pero mi trabajo es diferente y no desprecio los sentimientos nacionales como algo arcaico, reaccionario o antiguo, incluso hostil o antiliberal. El ansia nacional de libertad ha sido a menudo un formidable vehículo para el sentimiento liberal y democrático. Me opongo al nacionalismo quebequés, pero soy el primer político canadiense que afirmó que Quebec es una nación, una identidad que debe ser respetada por nuestra federación. Pero sí Confianza en España La España democrática ha pasado por experiencias muy difíciles y tengo confianza en que sabrá superar los desafíos del nacionalismo El precio del divorcio La secesión está enfocada a los problemas de identidad, lo cual es distinto. ¡Seamos realistas! Y hay que decir que tendrá un coste económico para ambas partes Respetar las instituciones Las instituciones deben ser respetadas incluso por la gente que impugna su legitimidad. A no ser que se estén buscando las soluciones fuera de la política hay un aspecto kitsch en el sentimiento de exclusividad del nacionalismo. La mayor parte de gente en Montreal y Barcelona habla en inglés y francés, en catalán y español, expresando una identidad compleja naturalmente... Y hay nacionalistas excluyentes... Algunos catalanes sienten que son exclusivamente catalanes y no tienen identidad española. Pero muchos más sienten una fuerte identidad española y también catalana, sin contradicción. Lo kitsch es negar la complejidad de la identidad personal. Mi objeción con Quebec no es que exista una identidad propia, sino que los nacionalistas empujen a la gente a elegir entre dos identidades íntimamente ligadas. Mi objección hacia el separatismo es de carácter moral porque fuerza a la gente a realizar elecciones entre sus identidades, y en nuestro país lo han rechazado cada vez que se ha consultado en referéndum por la sencilla razón de que se sienten obligados a elegir entre partes de sí mismos y no quieren hacerlo. Siempre hablaré a favor de quienes quieren seguir sintiendo esa mezcla. La porción de catalanes que se siente en parte español no quie- Ignatieff, ayer en la sede de la Asociación de Periodistas Europeos ÓSCAR DEL POZO re ser forzada. Sería tan kitsch obligarles a ser solo catalanes como a ser solo españoles. La vida es así, pura mezcla, y la política que fuerce a la gente a realizar elecciones que no quiere es mala. El nacionalismo cívico que usted propugna lo creó España en la Transición pero hay nacionalidades nunca satisfechas. ¿Es una debilidad o una fortaleza de la democracia entrar en ese continuo debate de querellas? Es la pregunta que nos hacemos en Canadá todo el tiempo. Nuestro reto es encontrar un nacionalismo cívico que permita reunir los valores democráticos y que sea lo suficientemente grande para todos, porque mire, no existe alternativa. ¿Cuál es la alternativa? ¿Recentralizar todo el poder en Madrid? ¿Suprimir la autonomía, las leyes de lengua... No es la solución y rompería en mil pedazos el sistema. Lo que más necesitamos es un liderazgo político en España y en Canadá que hable de lo que tenemos en común. Es mucho más importante que lo que nos divide. Dígalo, necesitamos oírlo... Derechos, igualdad, tolerancia, libertad, democracia. La democracia significa que estamos de acuerdo en que disentimos. Eso es precioso. Nos respetamos y confiamos en el otro, para argumentar y discrepar, pero para permanecer argumentando en la misma estancia común. ¡Que nadie dé un portazo! Esa es la confianza, que sigamos... Y sí, resulta agotador, pero, le repito ¿qué alternativa tenemos? Dejó la política y solo hablamos de política. ¿Cómo se siente fuera? Adoro mi tiempo de político. Fue muy movido, pero los intelectuales solo son responsables de sí mismos y fue toda una experiencia ser responsable en nombre de otros ciudadanos. Aprendí algo increíble. Uno puede pensar que es el más listo y brillante del mundo. Pero descubres que tus conciudadanos son frecuentemente más sabios, por doloroso que sea someterse a su juicio. Eso me ha hecho más demócrata que antes. Ahora que estoy al otro lado me encanta responder a sus preguntas sin preocuparme por lo que pensará mi partido. He vuelto a lo que era, a ser responsable solo de mí mismo. Y me tomo muy en serio este trabajo. Es placentero. Recomendaría a los intelectuales pasar por la política. Sí, porque es aleccionador y una lección de humildad para nosotros. ¿La pertenencia es un conflicto más complejo en el caso de la inmigración? Todo político que trate con la inmigración, sobre todo en Europa, tiene que tener en cuenta el miedo a perder la identidad o el orden social. Pero hay un declive de la natalidad y de la competitividad. El liderazgo es decir a la gente que no tenga miedo, porque hay que afrontar la realidad: no nos reconoceremos en la misma sociedad ideal de hace décadas, pero no hay vuelta atrás. Las sociedades que cierran la puerta no crecerán. En EE. UU. ha habido un gran debate. Dicen que los republicanos han perdido en parte porque han apostado más por los miedos que por las esperanzas. Si apuestas por los miedos no preparas a tu sociedad para el futuro.