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ABC MARTES, 20 DE NOVIEMBRE DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA MONTECASSINO HERMANN ENEMIGOS Después de todo lo habido, hará falta un relevo en el nacionalismo catalán. Y un replanteamiento general del mismo U N portavoz del PP ha pedido a Durán i Lleida que devuelva su pasaporte diplomático y dimita como presidente de la Comisión de Exteriores del Congreso. Ya era hora de que el partido en el Gobierno dijera algo sobre el disparate que supone que presida la comisión de Exteriores del Parlamento del Reino de España un autoproclamado traidor que utiliza todos los recursos a su disposición para ayudar a causar daño al Estado dentro y fuera de su territorio. Con objeto expreso de destruirlo. Nada ha dicho. Ahí sigue con esa inefable pose hipócrita que sólo el dontacredismo patrio ha podido interpretar tanto tiempo como moderación o elegancia. Hoy la situación con Durán viene a ser la que se habría creado de haber permitido el PP que entraran en la Comisión de secretos oficiales del Congreso representantes de Esquerra Republicana, de Amaiur o cualquier otro grupo de enemigos declarados del Estado y colaboradores con el terrorismo que con tanta deferencia por lo demás tratamos. Aquel extraño gesto de sentido común de impedirles el acceso a la información más confidencial y sensible para nuestra seguridad fue criticado como una ofensa al nacionalismo catalán. Hoy sabemos que la deslealtad y las ganas de hacer daño a la convivencia nacional no es una prioridad ya solo para esos radicales del nacionalsocialismo de ERC, sino también para los supuestos moderados de un nacionalismo definitivamente echado al monte. Quienes quieren destruir nuestra patria común y libertad son nuestros enemigos. Al anterior presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero y al- -aun hoy, inexplicablemente- -presidente del Tribunal Constitucional, al juez socialista Pascual Sala, debemos que los máximos enemigos del Estado estén integrados en nuestras instituciones. Y se beneficien de instalaciones, informaciones y dineros del Estado para sus fines. Que no son otros que sabotear este Estado hasta que desaparezca. Desde las bases de datos de la Diputación guipuzcoana a los censos vascos y catalanes, desde los pagos a partidos a los dineros oficiales que fluyen por los conductos controlados por los nacionalistas, todo son recursos del Estado que se facilitan graciosamente a los enemigos del mismo. Esos son los enemigos más sinceros. Los que siempre dejaron claro que su objetivo es destruir España y su democracia. Pero esta revuelta requiere ahora una serena pero firme respuesta de la España constitucional. Que está en plena inmersión en este otoño de 2012 en la marmita de la pócima del sentido común. Forzada por la brutal realidad. Del baño habrá de salir libre de todo complejo para establecer unas reglas que, como en el resto de los países europeos, impidan la labor de sabotaje de los enemigos del Estado. Desde la ley electoral a la educación o la protección de los símbolos del Estado, España tiene que hacer, después de esta experiencia traumática, unas reformas profundas para equipararse por fin a las demás democracias europeas. Estos cambios profundos en nuestra democracia deberían gozar del apoyo de los grandes partidos. Si la deplorable situación de los socialistas no lo permite, los españoles los ratificarían en referéndum. La nueva situación requiere una nueva perspectiva. Porque el nacionalismo catalán, que se ha embarcado en el delirio con Artur Mas, tiene que retornar a la convivencia en la sociedad abierta cuando acabe esta aventura. Después de todo lo habido, el actual presidente de la Generalitat catalana tiene menos futuro en la política que en la Liga Profesional de Halterofilia. Hará falta un relevo en el nacionalismo catalán. Y un replanteamiento general del mismo después de una insurrección institucional que los ha convertido también a ellos en enemigos. Para todos ellos habrá que diseñar un camino jamás recorrido hacia las lealtades básicas. IGNACIO CAMACHO EL ESTILO Y LA ESTRATEGIA La velocidad de crucero del marianismo es el trantrán: su programa y su estrategia consisten en su propio estilo NTRARON tropezando con los muebles. Lo que más sorprendió después de un triunfo tan cantado fue la ausencia de un plan de gobierno y de un plano del poder; un hecho tan previsible como la existencia del sobredéficit oculto les provocó un shock de perplejidad política que resolvieron con un impuestazo fulminante. Durante unos meses anduvieron como a tientas, tocando al azar botones del cuadro de mandos a ver si alguno enderezaba la nave. Un Gabinete con mucha mayor cualificación y experiencia que los de Zapatero cayó de inmediato en los mismos errores: contradicciones, incumplimientos, titubeos, improvisación, dudas. La sensación pavorosa, desconcertante, de que la realidad se resistía a su manejo. No ha sido hasta hace pocos meses, más o menos desde el verano, cuando el Gobierno de Rajoy ha empezado a encontrar su cadencia, a adaptarse a su propia funcionalidad política. La velocidad de crucero de este presidente es el trantrán: un ritmo cansino e impávido basado en la resistencia, a menudo pasiva, y el acolchamiento ante las dificultades, fuera del tempo urgente y volátil de la opinión pública. Un método de desgaste y paciencia que ha ido decantándose en el correoso toma y daca del rescate frente a una Unión Europea en cuyo disperso poder residen las pautas esenciales que rigen nuestro margen político. Confrontado con ese mecanismo elástico, vacilante y hasta retráctil de las decisiones comunitarias, Rajoy ha convertido su gobernanza en un ejercicio de aguante. De puertas adentro lo que más se echa en falta es un liderazgo social empático, ausente por el íntimo desprecio que el presidente siente hacia los procesos publicitarios de la política. Hemos pasado de un líder que sólo pensaba en términos superficiales de comunicación a otro que no los considera en absoluto. Rajoy es un pragmático convencido de que la acción de gobierno sólo se mide por sus frutos a medio y largo plazo. Le han faltado éxitos rápidos, capaces de asentar una cierta confianza, entre otras cosas porque no los ha buscado; sólo cree en su razón de fondo y tiene asumido desde el principio que sus reformas no le van a investir de afectos populares. De ahí que tanto la sociedad española como la dirigencia europea reflejen a menudo patente desasosiego ante la visible laxitud estratégica. Pero si para el zapaterismo el talante era el programa, para el marianismo la estrategia es el estilo. Y el estilo es la estrategia. Esto quiere decir que el presidente y su equipo ejercen el poder con los mismos rasgos que les sirvieron para transitar por la oposición: una suerte de estoicismo impasible y tranquilón, impermeable a los apremios, adaptadizo y emocionalmente gélido. Durante este primer año han sobrevivido mal que bien a unas circunstancias críticas pero la clave de esta legislatura consiste en comprobar si el malestar social tiene el mismo umbral de tolerancia. E MÁXIMO