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ABC DOMINGO, 18 DE NOVIEMBRE DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL RECUADRO ANTONIO BURGOS CUERNOS DE CONSUMIDOR Los mercados premian a los consumidores adúlteros que le ponen los cuernos al Santander con ING, a Visa con American Express E N las radios que pongo por la noche para conocer las primeras páginas de los periódicos del día que va a amanecer, el anuncio de un banco no malo, sino malísimo, un demonio tentador, me invita reiteradamente con irresistibles promesas a que le ponga los cuernos a don Emilio Botín y me lleve mi plan de pensiones del Santander a esa otra entidad, que me va a dar inmediatamente y en crudo el 1,5 de la tela marinera que le traslade. En cambio, no escucho ningún anuncio del Santander, ni veo ninguna página de su publicidad en los periódicos, en la que don Emilio me diga que por mi fidelidad a sus rojos colores, va a premiar mi lealtad, y que como no le retiro ni un euro y hace lustros que se lo confío, me va a dar este año el 3 de la media pringada que tengo invertida en mi plan de pensiones. Que en mi caso no hablo ya de una mala enfermedad; como decía Curro Romero de sus ahorros, me lo como en un resfriado. Y cada vez que escucho ese anuncio y pienso lo imbécil que es mi plan de pensiones, que le guarda una fidelidad absurda a don Emilio Botín como si estuviera casado con él, y por la Iglesia, me acuerdo de lo que me ocurrió el otro día en ese nuevo rompeolas de (casi) todas las Españas que es el vestíbulo de salidas de los Aves en la primera planta de la estación de Atocha. Daba barzones por allí, entre la cervecería y la bombonería, esperando la salida del tren de Sevilla, y al pasar junto a una especie de chiringuito que tenía montado American Express me paró una como azafata. Que, cual el anuncio nocturno de la radio sobre los planes de pensiones, resulta que era una diablesa que me tentaba en el caso de que servidor fuese de la religión de la tarjeta Visa, lo que no ocurre (ni Dios lo permita) ya que soy de la estricta observancia del verde plástico americano con el escudito del alado Mercurio. Si yo fuese de la Visa, un suponer, y me pasase a American Express, la señorita diablesa de la tentación de Atocha me ofrecía la tarjeta durante un año como si fuera la de un trincón del PSOE: gratis total, sin cuota. Díjele entonces: -Mire usted, señorita, soy casi socio fundador de la tarjeta American Express en España. La tengo desde 1979, cuando sólo la daba el Banco Urquijo y poco menos que había que pedir recomendación para sacarla. Y tengo, además, una tarjeta Business desde 1992. En casa todos tenemos y usamos la tarjeta American Express. Y American Express no ha tenido en la vida un detalle conmigo, como esto de regalarme por lo menos lo que ofrece a los nuevos socios: un año sin pagar la cuota. O sea, que si yo ahora me doy de baja y me saco una tarjeta nueva con usted, ¿entonces sí me dan un año de carencia en el pago de la cuota de una tarjeta que, además, como le cobra tanta comisión al comercio y a los restaurantes, cada vez te aceptan en menos sitios? La pobre azafata diablesa puso cara de entender menos que yo todavía el absurdo, y hasta tuvo la gentileza de presentarme excusas porque ella no podía hacer nada: ella era una mandada, que me imagino que le pagaban a tanto el contrato nuevo. Voy al fondo de ambas cuestiones. Los mercados, los tiránicos mercados, premian a los consumidores adúlteros que le ponen los cuernos al Santander con ING, a Visa con American Express. El mercado premia la infidelidad y propicia que les pongamos los cuernos a nuestras marcas de toda la vida. Nos ofrecen el paraíso y la fuente de la eterna juventud si desenganchamos de Endesa y nos hacemos de Iberdrola; o de Telefónica y nos apuntamos a Ono; Jazztel nos regala un Galaxy III si le ponemos los cuernos a Movistar; y el suministro de siempre de Catalana de Gas casi nos lo regala Unión Fenosa si abandonamos a la vieja y nos vamos con ella. Y a los consumidores que permanecemos fieles a nuestros suministradores y bancos de toda la vida y no nos cambiamos ni les ponemos los cuernos, no nos regalan ni un almanaque por las Pascuas. Por imbéciles. IGNACIO CAMACHO SINDICALISMO DE ÉLITE Los sindicatos se han convertido en parte del desgastado sistema de elites extractivas que los españoles impugnan U MÁXIMO NA huelga general que no logra paralizar un país es un fracaso. La del miércoles no lo fue sólo en ese sentido- -pararon muchas fábricas y algunos transportes pero la actividad urbana rozó casi la normalidad- -sino también en el de su absoluta esterilidad política: no va a cambiar una coma de la agenda de ajuste del Gobierno. Al margen de ese clásico absurdo de la propaganda que es la guerra de cifras, el sindicalismo puede agarrarse a las concurridas manifestaciones vespertinas para camuflar el gatillazo pero sus dirigentes ya saben que a partir de ahora deben dosificar su estrategia y utilizar los grandes paros como lo que siempre han sido, es decir, herramientas absolutamente excepcionales y no ejercicios de rutina. Quieran o no aceptarlo sus responsables, los sindicatos se han convertido en parte del sistema de elites que los españoles impugnan cada vez con mayor convicción desde que comenzó la crisis. Los parados hace tiempo que se han desentendido en su mayoría de lo que consideran un grupo de presión al servicio de quienes tienen empleo, y a éstos les irrita ver a los liberados agrupados en piquetes para justificar durante una jornada de agitación sus evidentes privilegios laborales. Muchos ciudadanos incluyen al aparato sindical dentro de esa casta extractiva que disfruta de un estatus de franquicia blindado a los aprietos de la gente. Los teóricos representantes de los trabajadores provocan idéntico recelo que los políticos porque se ha roto el mismo vínculo de confianza; de hecho, la percepción de gran parte de la opinión pública identifica a ambos colectivos como dos caras de un único régimen de poder enquistado al margen de los intereses generales. La desafección alcanza tanto a unos como a otros y los sitúa en la diana de un desencantado e inquietante prejuicio de antipolítica. Subvencionados con fondos públicos, integrados por una militancia funcionarizada y envejecida, los sindicatos aparecen ante los ojos de la sociedad como otra máquina clientelar integrada en la clase dirigente y afectada por análogo desgaste. Su regeneración, tan necesaria como la del resto del anquilosado sistema público, pasa por la renuncia y depuración de sus ventajas, exenciones y dispensas, por una normalización de su actividad en un rasero igualitario, por una reforma de su financiación y por una poda de su gasto funcional. Mientras funcionen como políticos serán vistos como tales, y sus movimientos, convocatorias y llamados tendrán la misma aureola de sospecha y distancia que el juego parlamentario. En las actuales condiciones de malestar social, la falta de seguimiento de la huelga encierra un claro mensaje de indiferencia ciudadana. Aislado en un abuso patente de su fuero constitucional, el sindicalismo necesita sacudirse la sombra de su dependencia burocrática.