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ABC SÁBADO, 20 DE OCTUBRE DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA DOMUND Recordemos en esta festividad del Domund a ese ejército de hombres y mujeres que llevan el pan de vida allá donde los buitres no alcanzan A L colegio donde estudié acudía cada año a darnos una charla, allá por las vísperas del Domund, un misionero o misionera que llevaba media vida en algún paraje del atlas del que ni siquiera teníamos noticia. Eran hombres atezados y enjutos, mujeres frágiles y menudas que nos hablaban de su vocación, sobreviviente de mil penalidades y escollos. Nos hablaban de poblados extraviados en la selva donde desconocían la electricidad y el agua corriente, de escuelas como chamizos en las que enseñaban el alfabeto y el catecismo, de hospitales siempre escasos de medicinas donde pululaban las enfermedades más indescifrables; nos hablaban de hambrunas y sequías, de éxodos y guerras atroces que ni siquiera aparecían fugazmente en los telediarios; nos hablaban de niños famélicos y de ancianos que se extinguían entre los miasmas de la fiebre. Y nos hablaban de Cristo, copiado en el rostro de cada uno de aquellos pequeñuelos sufrientes, multiplicado eucarísticamente en las llagas de cada enfermo, en el llanto desgarrado de cada niño huérfano, en el llanto exultante de cada mujer parturienta. En aquellos misioneros, la fe era una aventura llena de riesgos; la esperanza, una lámpara siempre encendida; la caridad, un tesoro ávido de brindarse que nunca dimitía de su fulgor. Incluso cuando hablaban de los padecimientos más horrendos lo hacían con una alegría que les cabrilleaba en los ojos; y cuando les preguntábamos si no echaban de menos a sus padres y hermanos, a los amigos de la juventud que habían dejado en España, nos respondían que casi tanto como en ese momento echaban de menos a los amigos que habían dejado por unos días allá en los confines del atlas, donde pronto esperaban regresar. Estaban unidos a aquellas gentes por lazos más ardientes que la consanguinidad; o tal vez por lazos de una consanguinidad más indestructible, porque nacía de la sangre derramada en el Gólgota. Y nos confesaban que, por cada día que pasaban lejos de aquellos parajes donde su vocación había hallado arraigo, sentían que se amustiaban y que les faltaba el aire. Lo decían sin jactancia, incluso con una tímida perplejidad, como si ellos fuesen los primeros sorprendidos de aquella dependencia. Y siempre nos repetían que recibían mucho más de lo que daban; nos repetían que su vocación era la más alta recompensa imaginable. Aquellos misioneros estaban hechos de una pasta especial. O, mejor dicho, estaban hechos de la misma pasta que estamos hechos todos, del mismo barro quebradizo y débil; pero sobre ese barro palpitaba un ímpetu divino que los empujaba a arrostrar las empresas más difíciles y abnegadas. Los admiré mucho en la infancia, como se admira a los héroes de las mitologías; y los admiro mucho más ahora, porque sé que sobre sus cuerpos atezados y enjutos, frágiles y menudos, descansa y encuentra reparación el dolor del mundo. Son un ejército desplegado para sanar los corazones quebrantados y llevar palabras de vida eterna a quienes han sido privados de consuelo. Si los medios de comunicación dedicasen a su epopeya silenciosa la misma atención que dedican a airear los más triviales escándalos eclesiásticos no habría periódico o telediario que diese de sí; pero en la naturaleza del buitre está alimentarse de carroña, como en la del hombre alimentarse con el pan de vida. Recordemos en esta festividad del Domund a ese ejército de hombres y mujeres que llevan el pan de vida allá donde los buitres no alcanzan. Todo lo que de nosotros reciban nos será devuelto por centuplicado. IGNACIO CAMACHO LA DIOSA DESMAYADA El de Sylvia Kristel era un erotismo pasivo y como desganado, de baja intensidad; una lascivia manierista, de decorado E aquellas películas que los españoles del tardofranquismo iban a ver a Perpiñán, haciendo colas transfronterizas en un éxodo semiclandestino y calentorro, sólo pervive en la memoria la composición majestuosa y torturada que Marlon Brando creó para Bertolucci en El último tango en París una obra de complejidad algo pretenciosa que por lo demás ha resistido mal el paso del tiempo. El público nacional iba a verla esperando encontrar perversiones tórridas y se encontraba un drama psicológico lleno de acomplejados vericuetos mentales, un comecocos lacaniano untado de mantequilla en su violenta exploración pasional. La creación introspectiva, tormentosa de Brando es lo único memorable de aquel tour de presunta cinefilia transgresiva que completaba el erotismo blando, apastelado, de Emmanuelle un éxito incomprensible que ha pasado directamente al olvido; hasta su célebre achuchón aéreo en los retretes de un Jumbo podría pasar hoy por un anuncio de líneas de bajo coste, con sus promiscuas estrecheces en el pasaje estabulado. Su protagonista, Sylvia Kristel, elevada a mito forzoso de una generación reprimida, carecía de la fuerza magnética de las grandes leyendas eróticas del imaginario popular, de la fiereza natural de una Ava Gardner o una Liz Taylor que jamás necesitaron ponerse en pelotas para convertirse en iconos universales del deseo. El de Kristel era un erotismo desvaído, borroso, hamiltoniano; un sexo pasivo y como desganado que su belleza elegante y lánguida era incapaz de transformar en el arrebato de voluptuosidad carnal y voraz que se suponía en una diosa lasciva y comehombres. Emmanuelle era una criatura impostada, creada por un fotógrafo manierista, Just Jaeckin, más fascinado por la escenografía que por la lujuria. Su herencia más perniciosa fueron los orientalistas sillones de mimbre que trufaron los pubs de toda una época. Y la hermosa Sylvia acabó rompiendo en juguete roto, autodestruida como Maria Schneider por cirugías y adicciones que apenas encontraron remanso en el matrimonio tardío con un notable escritor enfermo de Alzheimer. La musa del onanismo español de la transición conservaba, eso sí, la rotunda viveza de sus navegables ojos azules, transparentes, oceánicos, y una cierta leyenda perturbadora de quien se había sentido obligada a parecerse a su leyenda. Su vaga sensualidad rupturista la arrasaron los mitos eróticos posteriores, de un feminismo desafiante y dominador como Sharon Stone o Linda Fiorentino, y ahora rige el paradigma de bondage casero de Grey y su porno para amas de casa. El de Emmanuelle era un erotismo de pasión desmayada, de baja intensidad, sin rituales de seducción ni vértigos torrenciales; una concupiscencia de decorado, una impostura de atrezzo para un tiempo de despertares del que sólo queda la memoria triste de aquella esbelta mujer que siempre parecía incómoda con su personaje. D MÁXIMO