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ABC VIERNES, 19 DE OCTUBRE DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL BURLADERO UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA ¿Y QUÉ PASA SI FEIJOÓ GANA? Si el presidente de la Xunta revalida, mañana estarán buscando en el seno socialista al mirlo blanco que les lleve a la gloria N ADA más allá de lo normal. Que se alegrarán los suyos y lo lamentarán sus contrarios. Pero, además, ¿tendrá alguna lectura nacional? Evidentemente sí. Para gobernar Galicia, Núñez Feijoó debe vencer por mayoría absoluta. Un voto menos supone que las izquierdas puedan aliarse y formar un gabinete galimatías en el que la figura del presidente sea fundamental para unificar esas fuerzas normalmente centrífugas que configuran los gobiernos multicolor. Un voto de más supone otras muchas cosas. Y no digamos un voto más del voto de más de los necesarios para gobernar. Las encuestas las carga el diablo y suelen equivocarse no tanto por la impericia de los encuestadores cuanto por lo indeciso de los encuestados. Si se cumple lo previsto en los estudios demoscópicos, el hasta ahora presidente de la Xunta podría revalidar su cargo; ello tiene muchas lecturas y ninguna de resulta confortable para el primer partido de la oposición. Si gana Feijoó, gana, a su manera, Mariano Rajoy, con todo lo que eso supone, a saber: un gobierno que ha faltado a su programa electoral, que ha apretado la clavija de los impuestos hasta hacer irrespirable la situación, que se ha mostrado silente, cuando no vacilante, ante los desafíos colectivos de la ciudadanía, que ha dicho una cosa hoy y otra mañana y que ha mostrado llamativas descoordinaciones en su seno, obtendría en una comunidad aséptica- -entendiendo por tal una no sometida a pasiones transversales- -un resultado que algunos podrían entender como un respaldo a sus intentos de regeneración de la vida económica. No se trata de restarle méritos a la gestión del presidente gallego, hombre sensato a decir de todos aquellos que le votan y de algunos de los que no le votan, pero sí de valorar la apreciación popular de la resta que se produce entre lo anterior y el desgaste propio de quien debe gobernar en tiempos de recorte inevitable. Si el domingo gana Feijoó con mayoría absoluta, Rajoy celebrará la victoria como una de las más importantes de su vida. Si no consigue suficiente respaldo para gobernar, quedará el consuelo de una victoria insuficiente, que es un consuelo menor, pero es un consuelo. Y si obtiene refrendo mayoritario le mete las cabras en el garaje al principal partido de la oposición. De perder toda opción de gobierno el partido representado por el señor Vázquez, el problema no se situaría en la órbita del político orensano, que bastante habrá hecho: la guasa queda para el ámbito Rubalcaba. Soy de los que cree que Rubalcaba ha ido a caer en el peor momento y en el peor lugar de la política, rodeado de medianías vacilantes y de mediocres apresurados, pero, también, que toda alternativa no tiene por qué mejorar la realidad existente. Si el PP gana en Galicia y puede gobernar, sumado a un resultado poco edificante en las Vascongadas, esas navajas afiladas tan propias de los partidos perdedores pueden volar alrededor del del líder de la oposición. Alguien en el seno del PSOE le dirá a su secretario general: ¿ni siquiera así podemos ganar? Es una pregunta injusta, pero lógica. Si gana Feijoó, mañana estarán buscando en el seno socialista al mirlo blanco que les lleve a la gloria, descartada Chacón por ser catalana- -curiosamente después de haber sido clara como nadie en el asunto independentista- -y descartado López por haber perdido la presidencia del gobierno vasco después de una particular primavera. Algunos, como Griñan, ya buscan un nuevo Zapatero. Miedo debería darnos. Claro que puede no ganar con la mayoría suficiente. Entonces el problema es para Vázquez. Lidiar con los restos del BNG, el energúmeno de Beiras incluido, no será fácil. A Rajoy, en cualquier caso, le seguirán quedando tres años. Y la prima bajando. IGNACIO CAMACHO EL RESCATE PLACEBO El Gobierno ha inventado el rescate placebo, que parece funcionar por la sugestión de su simple expectativa EA por apocada indecisión o por intrépida firmeza, Mariano Rajoy parece aplicar ante sus socios europeos el mismo estilo estratégico con el que ha consolidado su liderazgo político en España: la resistencia pasiva. Un ambiguo sí es no es, una escalera a medio subir o bajar, una suerte de galleguidad sublimada en silencios que a veces exaspera y otras desconcierta pero que le suele permitir ganar tiempo para ir asentando objetivos a base de desgaste y paciencia. De momento, al trantrán casi ha conseguido llegar a las primeras elecciones de otoño sin pedir el rescate parcial que todo el mundo daba por descontado, y con esa cautela titubeante que ablanda el calendario como un reloj surrealista tiene la deuda del año colocada a precio relativamente razonable mientras Europa decide- -o no, que diría él- -las condiciones de la ayuda en su interminable y borroso proceso deliberativo. La modalidad más reciente de ese peculiar método de liderazgo, a medias entre la indefinición táctica y la vacilación existencial, consiste en el rescate placebo. Una ayuda fantasma cuya virtualidad viene determinada no por su existencia real sino por su simple expectativa, capaz de aplacar por sí misma a los mercados. Tras inventar el no rescate, es decir, el ajuste condicionado sin condiciones- -un oxímoron político- el marianismo ha alumbrado este limbo en el que el socorro financiero funciona a partir de su propio anuncio. La paradoja admite variantes aún más retorcidas: Moddy s ha apiadado su diagnóstico sobre la deuda española ante la inminencia de una petición de socorro que el Gobierno ha podido aplazar precisamente gracias al alivio que le proporciona la creencia general de que acabará solicitándola. Una curva de Moebius, una geometría de Escher. Una aporía encadenada. Se trata de un juego virtual, un mus de amagos y suposiciones, que tiene un límite y tal vez no esté lejos; los placebos funcionan sólo por sugestión de su eficacia. Pero le sirve a Rajoy para postergar una solución que considera políticamente incómoda y enrocarse en su hermetismo hasta que las condiciones le sean más propicias. En su favor cuenta la evidencia de que Europa no parece un aliado de confianza: el acordado rescate de la banca aún no se ha hecho efectivo y los compromisos comunitarios de junio están a punto de volverse papel mojado bajo la lluvia de la elástica voluntad de Merkel y sus aliados. En ese panorama de incertidumbres volátiles, el presidente ha decidido volverse gaseoso según su contrastada propiedad de licuarse a sí mismo. Más que manejar los tiempos los ha suspendido en un vacío de esperas. El primero que se mueva pierde la mano. S MÁXIMO