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96 CULTURA DOMINGO, 30 DE SEPTIEMBRE DE 2012 abc. es cultura ABC No creo que el colonialismo fuera necesariamente un engendro del mal ENTREVISTA Jon Lee Anderson Reportero de guerra POR ALFONSO ARMADA Jon Lee Anderson es un hombre alto y guapo nacido en Long Beach, California, en 1957, aunque como le gusta recordar fue concebido en El Salvador. Habla un español cálido lleno de expresiones latinoamericanas. El nomadismo se inscribió en sus genes gracias a que su padre, experto en agronomía, y su madre, escritora, le expusieron desde niño al contacto con el mundo. Lo cuenta en el prólogo a La herencia colonial y otras maldiciones, recopilación de crónicas africanas aparecidas en The New Yorker de la que no hay edición en inglés (lo ha compuesto a petición de la editorial Sexto Piso) Nací en Norteamérica, pasé mi infancia en Asia, la adolescencia en Europa y mis primeros años de adulto en América Latina. Todos estos continentes fueron cruciales en mi proceso de crecimiento, pero ninguno me conmovió tanto como África, donde viví un año durante mi adolescencia, una experiencia que me dejó hechizado para siempre Reportero de The New Yorker, y profesor de la garciamarqueciana Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericana (FNPI) en Cartagena de Indias, algunos le han rebautizado como heredero de Kapuscinski Ha cubierto guerras y conflictos en casi todos los continentes, las últimas en Afganistán, Irak, Libia... Entre sus libros destacan: Che Guevara. Una vida revolucionaria y La caída de Bagdad. Para quien ame el periodismo y el reportaje, Jon Lee, como le llaman quienes más le quieren, es un maestro. Ante su último libro, asegura: No creo que el colonialismo como tal necesariamente fuera un engendro del mal -En el prólogo dice que el año de su adolescencia que pasó en Liberia le dejó una huella imborrable. Más tarde volvería como reportero, pero se dio cuenta de que la África que había conocido había desaparecido para siempre. ¿En qué cambió? -En parte es la África de mis sueños de niño, y si bien no era del todo así, lo cierto es que llegué a África con 13 años, y era todavía la África del siglo XIX, de las selvas vírgenes, de grandes selvas y bosques sin destruir, asen- tamientos humanos más o menos como Dios visualizó. Cuando volví a África en el año 1986 como reportero ya era otra África. Aunque había habido procesos muy violentos desde los años sesenta, no se habían extendido por todo el continente. Todavía no se había abrasado en esa carnicería humana que hubo entre los años setenta y ochenta. Hubo una explosión demográfica, y por primera vez se desató la emigración del campo a la ciudad. Ya había grandes barriadas pobres en torno a las ciudades. Y esta nueva especie de ser humano: la persona pobre que vive en la ciudad. Esa es una cosa que verdaderamente se dio en mi juventud, y cuando volví me di cuenta de que había otro aire en África. Lo que cambió de forma radical fue mi sueño de vivir en África. Siempre había querido vivir en África, y cuando volví a los treinta me di cuenta de que era el sueño de un blanco, que era un sueño desvencijado, que ya no se podía hacer realidad, que ya era la hora de los africanos. ¿Son distintos el papel del testigo y el del periodista? -Sí. Pausa Sí. En África quizá más que en cualquier otro continente el periodista va a darse cuenta de que es al mismo tiempo testigo de la historia y de situaciones humanitarias de primer orden. El periodista tiene que tener muy claro cuál es su papel en ese momento: que es ser humano y periodista a la vez. No puede abandonar su condición humana jamás. Cualquier persona que ha andado por África sabe perfectamente de qué estoy hablando: va a encontrarse con situaciones en las que hay seres humanos muriéndose delante de sus ojos, por una matanza o por falta de comida, y va a sentirse retado, desafiado en todos los sentidos. Yo lo tengo muy claro: un periodista tiene que hacer lo que pueda cuando se trata de una situación desesperada. Primero tiene que comportarse como una persona, y luego como un periodista. ¿Por qué han dejado los periodistas de hacer las preguntas pertinentes, como las que le hizo Gavin Hayman, de Global Witness, al Gobierno angoleño? Si el petróleo le proporciona de tres mil a cinco mil El periodista de The New Yorker Jon Lee Anderson millones de dólares al año, ¿por qué no puede alimentar, proteger y educar a su pueblo? ¿Es así? ¿Han dejado los periodistas de hacer preguntas incómodas, y no solo en África, sino al poder en general? -Yo lo llamaría el síndrome de la Casa Blanca. Si te destinan como corresponsal a Washington- -y me imagino que es lo mismo en La Moncloa- -tú tienes que ponerte en la lista de los corresponsales que tienen acceso a la Casa Blanca. Ahí hay todo un protocolo. Si tú de pronto comienzas a ser crítico no te van a seguir filtrando noticias, no vas a entrar en los círculos del poder, a las copas después de la conferencia de prensa. En general, hay un síndrome que se crea alrededor de todos los centros de poder, y es que los hombres y mujeres que lo cubren tienden a atomizarse y convertirse en cortesanos del poder. Es algo muy normal. Y por eso nosotros, el público, los ciudadanos, no estamos bien servidos por los periodistas que están destacados en los principales centros del poder. Y es cierto que han dejado de hacer las preguntas difíciles. ¿Cómo de diferente de maldita ha sido la herencia colonial para las antiguas colonias belgas, alemanas, británicas, francesas, portuguesas, italianas y españolas? ¿Todas han sido igual de malas o hay grados? -Yo no creo que el colonialismo como tal necesariamente fuera un engendro del mal. Hay que retrotraernos a esa época. Los seres humanos eran Testigo El periodista no puede abandonar su condición humana jamás. Primero ha de ser persona Preguntar Es el síndrome de la Casa Blanca. En torno a los círculos de poder los periodistas dejan de ser críticos Mezcla Con todas sus flaquezas como colonizadores, los españoles se mezclaron