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ABC DOMINGO, 30 DE SEPTIEMBRE DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL RECUADRO ANTONIO BURGOS EL TERCER NIÑO DE SAN ILDEFONSO Para no engañar al personal, se impone el tercer niño, que cante tras todos los premios: ¡Menos el por ciento! C ADA 22 de diciembre repiten que el Gordo de Navidad está muy repartido. Y más repartido que va a estar este año. Salga el número que salga, ya sabemos quién va a coger un buen pellizco: Hacienda. Si usted juega un billete entero del Gordo, de los 4 millones de euros del premio, Hacienda, sin haber comprado una sola participación, se llevará por la cara el 20 por ciento: 800.000 euros, que se dice pronto. Me he referido al Gordo, pero Hacienda, menos de la pedrea, cogerá un buen pellizco de todos los premios, en virtud de ese 20 por ciento que anunciaron en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros donde, la verdad, parecía que Sáenz de Santamaría, de Guindos y Montoro eran la mesa que preside el sorteo de la Lotería de Navidad, donde se acercan los dos niños de San Ildefonso que han cantado la suerte de los premios importantes para enseñar sus bolas (las del bombo, obviamente) y demostrar que no hay trampa. En esa como mesa del sorteo de Navidad donde Soraya, Guindos y Montoro anunciaron los presupuestos que aumentan el gasto social, los impuestos y todo lo que haya que aumentar, no dijeron cuándo empezarán a aplicar la merma fiscal del 20 por ciento a los premios de Lotería que superen los 2.500 euros. Ocurre ahora con la Lotería como pasó con el aumento del IVA cuando lo anunciaron. No se sabía cuándo el nuevo IVA iba a entrar en vigor. Pero sospecho que esto del mangazo de Hacienda a la Lote- ría empezará con la de Navidad. En cuyo sorteo habrá que introducir una reforma importante: el tercer niño de San Ildefonso. Hasta ahora, un niño tomaba y cantaba el número que salía del bombo y otro añadía con su musiquilla la cuantía que habían extraído del bombo de los premios. Si no queremos que el sorteo de Navidad sea un engaño, una estafa, donde se canten importes de premios que no son verdad, tendrá que haber un tercer niño de San Ildefonso. Sale el Tercero, ¿no? Supongamos que el 62204. El niño de los números canta: Sesenta y dos mil Y el niño de los premios añade: Quinientos euros. Que no es verdad. Por el Tercero no dan 500.000 euros, sino sólo 400.000: los 100.000 restantes son el 20 por ciento que trinca Hacienda. Por eso, para no engañar al personal, se impone el tercer niño de San Ildefonso, que cante el 20 por ciento de la rebaja tras cada premio, menos los de la soporífera pedrea, qué pedrea más pesada. En el ejemplo citado, si se quiere cantar la verdad, la letra y música sería: Primer Niño: Sesenta y dos mil Segundo Niño: Quinientos euros Y entonces sale de la mesa el Tercer Niño, en plan Niño de Écija, con el trabuco fiscal, y dice en nombre del Gobierno: ¡Menos el por ciento! Para llevar mejor control de la cuestión yo propondría que este Tercer Niño de San Ildefonso, el que se lleva la tela para las arcas de Hacienda, sea directamente Cristóbal Montoro. Montoro tiene una pinta de niño de San Ildefonso que no se puede aguantar. Calvete y pelín viejorro, pero niño aplicadísimo de San Ildefonso que le ha hecho divinamente los deberes al maestro Rajoy, así con las orejas un poco desabrochas para burla cruel de sus compañeros. Es que estoy viendo a Montoro cuando salga el Gordo. Los dos niños que lo sacan, como locos, repitiendo la cantinela del número agraciado el uno y de los millones el otro, acercándose a la mesa con las bolas (las del bombo, obviamente) en la mano: ¡Cuatro de euros, cuatro de euros! Y ese Montoro, aguándonos la fiesta de la alegría de los pobres, que sale con su cara de dar un pésame y se pone a cantar como un poseso: ¡Menos el por ciento, menos el veeeinte por ciento, menos el vein- te- por- cieeen- IGNACIO CAMACHO MADERA La crisis ha provocado que la política actual consista en decidir sobre a quién fastidiar más y a quién menos D MÁXIMO EL mismo modo que cada español es un seleccionador en potencia que tiene en la cabeza un equipo nacional idóneo, todo el mundo alberga un criterio sobre los recortes del gasto que casi nunca coincide con el que aplica el Gobierno. Sucede que al entrenador no lo eligen los ciudadanos y al Gobierno sí, aunque ambos están unidos por la premisa de que si fracasan acabarán fuera del cargo. Cuando el Ejecutivo presenta los Presupuestos manifiesta la expresión detallada de su política concreta; a cualquiera se le puede ocurrir otra distribución pero es ésa, precisamente ésa, la que han decidido aquellos a quienes la mayoría otorgó el mandato necesario y suficiente para hacerlo. Sentada la premisa imprescindible de que la prioridad absoluta del Estado reside en cumplir el déficit, objetivo de austeridad sin el cual no puede encontrar la financiación para sostenerse, la discusión se centra en la letra pequeña de las partidas sobre las que incide el ajuste. La crisis ha provocado que la política actual consista en elegir a quién fastidiar y a quién no, o a quién perjudicar mucho y a quién poco. Pero antes de esa antipática elección hay dos cuestiones esenciales que suelen resultar preteridas en el debate público. Una es la previsión global sobre el comportamiento de la economía, en la que se necesita la mayor precisión posible para que el Presupuesto no se convierta en papel mojado. La otra es el proyecto de Administración, la idea matriz que se refleja en la asignación de las cuentas. Sobre el primer punto, la estimación gubernamental se antoja demasiado optimista. Un retroceso del 0,5 del PIB para todo 2013 parece un ejercicio de voluntarismo; ningún estudio económico independiente contempla menos del doble. Si el Gobierno se equivoca tendrá que volver a introducir nuevos recortes en la próxima primavera. Y lo mismo ocurrirá si ha sobrevalorado sus expectativas de recaudación, que ya han fallado en el primer semestre de este año y amenazan con repetir el error en el segundo. La otra cuestión está relacionada con el concepto de fondo sobre el tamaño y las necesidades del Estado, y ahí es donde se halla la clave de nuestros problemas. Para su segundo ejercicio en el poder, el Gobierno continúa aceptando un statu quo que la mayoría de los españoles considera insostenible. Las reformas estructurales para reducir la gigantesca Administración pública siguen pendientes y por tanto persisten intactas sus desmesuradas exigencias de financiación, para las que se recurre al consabido incremento recaudatorio. Es decir, más impuestos, más madera para un artefacto burocrático que ha demostrado su insaciable capacidad de consumir toda la que se eche en sus calderas. Lo que estos Presupuestos intentan es aminorar la voracidad de la gran máquina de gastar, pero lo que el país requiere es cambiarla cuanto antes por una más pequeña, más eficaz y más viable.