Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES, 25 DE SEPTIEMBRE DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA MONTECASSINO HERMANN NO HAY DERECHO Aquí parece que todos consideran ya tener derecho a hacer daño al prójimo por el mero hecho de sentirse agraviados UES no, miren, no voy a recitarles las muy manidas bondades del sacrosanto derecho de manifestación. Menos hoy, día en el que golpistas de diverso signo han convocado una manifestación para acosar al Congreso, ejercer presión psicológica y física sobre los representantes de nuestra soberanía y su sede. Hoy, ni una concesión a la retórica cursi y hueca, además de mentirosa, de que todas las ideas son respetables. Ni respetables ni dignas de ser toleradas son esas ideas que se alimentan de la coacción y la violencia. Dicen que vienen ultraderecha y ultraizquierda. Nazismo e izquierdismo, hermanados como siempre en lo fundamental, la lucha contra la libertad, dicen que se concentran con la intención de ocupar el Congreso. De asaltar el sancta sanctorum de la Democracia y el Estado de Derecho. Y se ha decidido que tienen derecho a ello, a manifestarse. No estoy de acuerdo. Yo creo que no hay derecho. Y no hay derecho a que la izquierda institucional en España se permita tanta condescendencia cuando no complicidad con este vandalismo político. Les diré, no se escandalicen, que estoy en contra de ese derecho de manifestación si tiene que ejercerse como se hace en Madrid en estos años y meses. Exactamente desde que la izquierda socialista vio que tenía perdidas las elecciones generales en el Séptimo Año Triunfal del Innombrable. Entonces se alió con comunistas, P perroflautistas, antisistema y sindicatos. Y todos juntos pusieron en marcha la maquinaria de agitación de la izquierda para adaptarse a la nueva situación de la lucha callejera. Desde entonces los madrileños se zampan alguna manifestación diaria y un puñado los fines de semana. Algunas son legales con comunicación previa. Otras ni eso. Basta media docena de cabreados con una bandera sindical para que corten una calle en el centro. Si son treinta bloquean el tráfico en la Castellana. Y si llegan a cincuenta pretenden asaltar la sede del partido del Gobierno. Y si son cien consideran tener derecho para paralizar el tráfico en la capital de España durante horas. Con cientos de miles de víctimas que pierden paciencia, salud, dinero y tiempo. Aquí parece que todos consideran ya tener derecho a hacer daño al prójimo por el mero hecho de sentirse agraviados, molestos o contrariados. Y por supuesto en la más absoluta impunidad. Ni se multa a los sindicatos que convocan acosos ilegales, ni se sanciona a quienes agreden a viandantes y conductores con invasiones de calzada, ni se persigue a quienes causan daños al patrimonio público y a los ciudadanos. Esa convicción de que si yo estoy molesto por algo tengo el derecho a obligar a los demás a estar igual de molestos o más viene a ser, salvando las distancias, la cultura de la socialización del sufrimiento que propugnan los terroristas. Y sólo esa lógica, y la convicción de que la impunidad en España está garantizada, explica por qué cierta gente se cree con derecho a reaccionar con absoluta desproporción a la afrenta que creen haber sufrido. Véase quienes al parecer molestos con el precio de una entrada en Vallecas, causan inmensos destrozos en el sistema eléctrico. Con un sabotaje que pudo haber causado víctimas, tanto entre los técnicos como entre las miles de personas que esperaban acceder al estadio. Aquí todos explican todo y nunca paga nadie por las agresiones gratuitas. El islamista fanático, el sindicalista o el minero, el hooligan irritado o el nacionalista ofendido, aquí todos tienen derecho a hacerle la puñeta, reventarle el día o la vida a otro porque están cabreados con el mundo. Y no pasa nada. Lo harán por la fuerza. Pero no hay derecho. IGNACIO CAMACHO NO DIGÁIS QUE FUE UN SUEÑO La nostalgia de la Transición obedece a que es la última gesta colectiva española que merece una cierta épica histórica A Adolfo Suárez, en sus 80 años I la Transición permanece rodeada de un bucle de melancolía, como de esplendores perdidos o de fantasmas errantes, no es tanto por la añoranza de una generación que se ha vuelto carroza sino porque a estas alturas sigue siendo para los españoles contemporáneos lo mejor que hemos hecho. La refundación democrática es la obra maestra de la España moderna, y desde entonces no hay en la Historia reciente ninguna gesta que merezca la épica colectiva salvo, como dice David Gistau, el gol de Iniesta. El espíritu de aquella etapa, el célebre consenso, permanece como un mito de la memoria común pese al alejamiento de los jóvenes y al concienzudo esfuerzo revisionista de Zapatero, que se dedicó a demoler su vigencia para sustituirla por el referente aún más lejano de la legitimidad republicana. El modelo del período constituyente, con los defectos que han aflorado por el desgaste y el tiempo, persiste como paradigma del éxito nacional porque es el único proyecto en siglos construido desde los valores del pacto y la concordia. También tiene que ver en su nostalgia el hecho de que fuese una época de grandes liderazgos, que ahora se echan en falta frente al rigor de una crisis política, económica y social. Aquellos dirigentes eran líderes en un sentido puro, primordial; tipos capaces de conducir a la gente hacia un objetivo a base de persuasión, ejemplo y generosidad. Vista desde hoy, fascina de la Transición el coraje, la audacia y la determinación con que un puñado de valientes convenció al país de la necesidad de un compromiso que implicaba muchas renuncias mutuas. El Rey y Suárez persuadieron a los franquistas para que aceptasen la democracia; Carrillo impuso a los comunistas el credo de la reconciliación; González eliminó el marxismo de los estatutos del PSOE; Tarradellas abdicó del soberanismo catalán para abrazar el régimen autonómico. Hoy basta ver lo que pasa en la propia Cataluña, con sus gobernantes desbordados por la oleada de la secesión, para comprobar que la política sigue el dictado volátil de la opinión pública como una corriente sin retorno. Rajoy, que por talante, moderación y pragmatismo podría ser el eslabón de enlace con aquel concepto de la responsabilidad pública, gobierna como si en efecto tuviese que convencer a los suyos de que deben sacrificar un programa por razones de fuerza mayor, pero se le ha olvidado explicarlo, o no ha tenido tiempo o no sabe. Y los pactos de Estado se han convertido en leyenda urbana porque el patriotismo no encuentra sitio para manifestarse entre los intereses de partido o de casta. Pero no se trata de un bulo: el consenso existió, y aunque el hombre que lo ensambló a la Historia anda hoy perdido en el laberinto brumoso y desencajado de la desmemoria, quienes sí pueden recordar deberían esforzarse en evitar que se borre la pizarra húmeda de su legado. S MÁXIMO