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ABC LUNES, 6 DE AGOSTO DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA LA IDOLATRÍA PLUTÓNICA El dinero se multiplica, repartiéndose entre todos sus adoradores, a cambio de la entrega completa de su ser LAMAMOS idolatría plutónica (en honor a Plutón, el dios pagano de las riquezas, que no en vano era también el dios del inframundo o infierno) a la transformación del dinero- -un mero signo que representa la riqueza real de las naciones- -en un fantasma que se multiplica por arte de birlibirloque y se transmite por impulsos electrónicos, desligado de la riqueza real. Esta transformación prodigiosa del dinero, que es en realidad un falso prodigio humeante de azufre, exige en quienes la aceptan una fe cuasirreligiosa o idolátrica; pues, faltando esa fe, el mero sentido común nos enseñaría que tal metamorfosis es imposible. En Europa y la fe, Belloc vinculaba muy perspicazmente el nacimiento de esta idolatría plutónica con la extensión del ateísmo entre los ricos inmorales en lo que no hace sino corroborar la afirmación evangélica: Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero En esta metamorfosis hay una suerte de parodia eucarística: el dinero se multiplica exponencialmente, repartiéndose entre todos sus adoradores, a cambio de la entrega completa de su ser, en cuerpo y alma; pero, como ocurre siempre en las parodias, se trata de una imitación desnaturalizada, desencarnada, pura tramoya de farsantes. Todos sabemos L cómo funciona tal multiplicación (aunque finjamos ignorarlo, pues la idolatría plutónica requiere, para no desvanecerse por completo en el aire, que su mentira sea tapada entre todos, como en la fábula del rey desnudo) usted deposita diez euros en una cuenta bancaria, nueve de los cuales son empleados por el banco para conceder un préstamo a tal o cual empresa, que con ellos paga dividendos a sus accionistas, quienes a su vez los depositan en otra cuenta bancaria cuyos fondos el banco vuelve a emplear para conceder otro préstamo, y así ad infinitum. A la postre, se habrán prestado cien o mil euros, a partir de los diez euros primeros que usted depositó en el banco. Pero el dinero no se ha multiplicado eucarísticamente; y, llegada la hora de satisfacer las deudas que en ese proceso se han originado, no quedará otro remedio sino rapiñar los diez euros primeros que usted depositó en el banco... y, a continuación, arrancarle libras de su propia carne. Se calcula que, en la actualidad, los activos financieros generados por esta parodia eucarística multiplican al menos por quince el producto interior bruto mundial; aunque, en realidad, son cálculos aproximativos, muy probablemente un pálido reflejo de la pavorosa realidad. Y a esos activos financieros que multiplican la riqueza real de las naciones por quince recurren los Estados para pagar avalar su deuda hipertrofiada... sabiendo que contraen obligaciones que sólo podrán satisfacer detrayendo recursos de la economía real. Pero, como el dinero que se maneja en la economía real es muy inferior al dinero fantasmático que genera la idolatría plutónica, los Estados deudores no pueden afrontar sus deudas mediante medidas recaudatorias razonables: necesitan esquilmar la riqueza real, ordeñarla hasta dejarla exhausta, exánime, yerta. Este es el proceso en el que nos hallamos inmersos; y sólo admite dos soluciones: o se reconoce que la idolatría plutónica es una fantasmagoría, o sucumbe la economía real. Huelga decir que el Nuevo Orden Mundial ha optado por la segunda, pues la primera supondría el derrumbamiento de todas las estructuras de poder que garantizan su hegemonía; y, en la ejecución de ese designio protervo- -plutónico e infernal- no vacilarán en arrancarnos todas las libras de carne, hasta dejarnos reducidos a la osamenta. Vienen tiempos de oprobio. IGNACIO CAMACHO ESTEREOTIPOS Alemanes imperialistas, españoles vagos, etcétera: el avance de los tópicos simplistas simboliza el fracaso del proyecto europeo L euro sobrevivirá o no a esta crisis, pero Europa no va a salir de ella intacta como proyecto. La unión monetaria tal vez pueda sostenerse, ya veremos, esquivando la fractura que amenaza con quebrar su espina dorsal como una escoliosis financiera; incluso es posible que la cohesión política del sueño de Monnet y Schuman avance al final en alguna especie de federalización fiscal más o menos forzada a trompicones. Lo que ha sufrido ya un daño irreversible, un retroceso patente, una centrifugación cristalina, es la consistencia sentimental del europeísmo, el núcleo afectivo o emocional que daba sentido al ideal comunitario como algo más que un espacio mercantil transfronterizo. La Europa que arrancó en Maastricht no sólo se ha frenado en seco entre debates de picos inflacionarios o de deudas mutualizadas, sino que ha involucionado como aspiración colectiva en medio de un rebrote de ásperos nacionalismos que actualiza, en el fondo, el viejo y dramático, aunque ahora incruento, pulso continental por la hegemonía de los territorios. No hay más que ver cómo resurge en las distintas opiniones públicas la tradición de los estereotipos simbólicos, esa ristra de cómodos clichés que simplifican en el imaginario popular las responsabilidades históricas de los otros. Hemos vuelto al esquemático divisionismo de las conductas colectivas etiquetadas con marchamos de desconfianza, displicencia o desprecio. La conciencia europea se desintegra en medio de un desparrame de improntas malditas que resucita animadversiones nacionales colgadas de una ristra de tópicos. Alemanes imperialistas, españoles vagos, italianos golfos, franceses egoístas, escandinavos xenófobos. Apurado por la asfixia de la recesión, cada país ha ido a buscar en el armario de sus demonios los envejecidos iconos de la cultura de la sospecha para depositar las culpas del fracaso global sobre los recelos ajenos. Y el ideal cooperativo que debía restañar con un bálsamo de solidaridad las heridas del siglo sangriento se está haciendo trizas en un clima de susceptibilidades que no es más que el retorno de la eterna dialéctica entre ricos y pobres; entre los que tienen el dinero y los que lo necesitan. Este despertar de los prejuicios clásicos destruye más Europa que el tira y afloja de los rescates y los bonos. Porque ha sembrado el virus de la discordia en la mentalidad ciudadana a base de trazos simplistas de tintes hostiles y demagógicos. La falta de liderazgos de largo alcance y una estructura institucional de irritante ineficacia ha dejado el proyecto a merced de las sensibilidades sociales más primarias. Y esa avería no se repara con decisiones monetaristas más o menos acertadas. El viejo monstruo de las xenofobias nacionales está bostezando al fondo de una cueva que alguien ha olvidado cerrar por fuera. E MÁXIMO