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ABC SÁBADO, 4 DE AGOSTO DE 2012 abc. es estilo ABCdelVERANO 81 ESTAMPAS DE HISTORIA ANDALUZA POR JOSÉ CALVO POYATO Una ciudad califal: Medina Azahara C on el nombre de Medina ría. La mezquita para los servicios reAzahara se conoce a la ciu- ligiosos, una ceca para la acuñación de dad palatina, mandada moneda y las dependencias de los corconstruir por el primero tesanos y oficiales de palacio, así como de los califas cordobeses, las viviendas de los artesanos. Una parAbd- al- Rahmán III, en las te importante eran los cuarteles y otros proximidades de Córdoba, aguas aba- establecimientos militares destinados jo del Guadalquivir, próximo a las pri- a las tropas encargadas de la custodia meras estribaciones de Sierra Morena. del califa, un verdadero ejército inteLa versión popular señala que fue el grado por soldados de infantería y caamor por su favorita Azahara el moti- ballería. vo que impulsó a Abd- al- Rahmán III a La construcción de Medina Azahallevar a cabo una construcción tan colosal que, a pesar de ser destruida por la mano Vistas del del hombre y sufrir el abanSalón de los dono de siglos de incuria, Mosaicos de sus ruinas permiten imagiMedina nar lo que debió ser su époAzahara ca de esplendor. Esta versión que liga la construcción al amor del califa por una mujer es una hermosa historia con tintes románticos, pero muy alejada de la realidad, que fue mucho más prosaica. Su construcción está relacionada con la necesidad de rodear al nuevo califa de elementos que exaltaran su figura. En este sentido Medina Azahara es el símbolo del nuevo poder que ha emergido en Córdoba y que reclama la supremacía sobre los creyentes. Medina Azahara es un mensaje en piedra lanzado contra los fatimíes del norte de África, que significaban la mayor de las amenazas tanto en el terreno político como religioso, para los omeyas cordobeses. El gran rectángulo- -1500 metros de longitud de este a oeste y 750 metros de norte a sur- -que es Medina Azahara está distribuido en tres terrazas que, aprovechan la inclinación del terreno. La orografía tuvo, pues, una influencia determinante en la configuración de la ciudad. En ella encontramos perfectamente delimitadas sus diferentes partes. La residencia del califa, es decir lo que podemos considerar como los palacios privados. Las dependencias oficiales en las que se llevaban a cabo todos los actos y ceremonias que el nuevo califato reque- mán III. Sin embargo, en el 945, las obras estaban lo suficientemente avanzadas como para que en esa fecha se trasladara la corte. Las referencias contemporáneas que poseemos acerca de la grandiosidad y el lujo de MediEXCEPCIONAL na Azahara abruLa grandiosidad man. Al igual que de Medina Azahara ra comenzó a finaimpresiona la osfue efímera porque les del 936, siendo tentación desplela desaparición del su arquitecto Masgada por el califa califato trajo su lama ben Abdallah, en las recepciones si bien fueron vaa los embajadores destrucción rios más quienes le de otros países y de sucedieron en el carlos reinos cristianos del go al prolongarse las norte peninsular, quieobras por espacio de cuanes quedaban anonadados renta años. La ciudad no quedaante la riqueza y el poder que se rá concluida hasta el califato de Al Ha- ofrecía ante sus ojos. Medina Azahara kam II, hijo y sucesor de Abd- al- Rah- se convertía así en la expresión más acabada del poder del califa en su condición de padre de los creyentes quienes, con el rostro vuelto hacia la Meca, invocaban su nombre en las mezquitas de Al- Andalus en la oración del viernes. La grandiosidad de Medina Azahara fue efímera porque la desaparición del califato trajo también su destrucción. En los duros años de la fitna- -nombre de la guerra civil desencadenada tras la muerte del tercer califa, Hisham II- -la plebe cordobesa saqueó y el monumento. Poco después los almorávides completaron la destrucción. Dadas sus colosales dimensiones, se convirtió durante años en cantera para las nuevas construcciones que se levantaban en Córdoba. Recuas de mulos y asnos acarreaban piedras labradas, fustes de columnas, dovelas de arcos o capiteles de avispero hasta Córdoba, siguiendo la ribera del Guadalquivir. Con el paso del tiempo la maleza cubrió aquellos restos hasta perderse la memoria de su existencia, reducida a poco más que un rumor. En el siglo XVI el erudito cordobés Ambrosio de Morales, en su obra Antigüedades de las ciudades de España, Identificó las ruinas que había al pie de del monasterio de San Jerónimo de Valparaíso- -popularmente conocidas con el nombre de Córdoba la Vieja -como las de una ciudad romana. No será hasta el siglo XIX cuando don Pedro Madrazo, director del museo del Prado, las identifique correctamente. ABC