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12 OPINIÓN AD LIBITUM PUEBLA SÁBADO, 4 DE AGOSTO DE 2012 abc. es opinion ABC MANUEL MARTÍN FERRAND HABLÓ RAJOY Si nos atenemos a los hechos, Draghi debe estar construido con trapos y cartón piedra, según la tradición de los títeres E NTRE los políticos españoles, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro, por ejemplo, circula la creencia de que Mario Draghi, actual presidente del Banco Central Europeo, es un economista italiano y protagonista de un brillante currículum académico y, salvo por su tiempo en Goldman Sachs, también profesional. Me gustaría disponer de una radiografía del personaje para poder desmentir esa sospecha de humanidad y raciocinio por cuenta propia del que también, antes, fue ejecutivo del Banco Mundial. ¿Tendrá columna vertebral, corazón y pulmones, hígado, riñones y cuantos elementos son comunes en el género humano? Si nos atenemos a los hechos, Draghi debe estar construido con trapos y cartón piedra, según la tradición de los títeres. Es, a juzgar por sus dichos y contradichos, un muñequito que maneja Jens Weidmann, el presidente del Bundesbank. Antier lo vimos claro cuando Mario Monti y Mariano Rajoy comparecieron ante la prensa tras su reunión en La Moncloa y lucieron sus perplejidades por los dañinos e inesperados pronósticos de Draghi. También ayer Rajoy se nos apareció para no contarnos nada nuevo. Como acostumbra cuando rompe su hábito anacoreta y sale de la celda monclovita de sus meditaciones. Con una vulgaridad ramplona- -no confundir con la sencillez expositiva- el presidente nos repitió los cinco grandes capítulos de su acción de Gobierno de los que, por cierto, solo dos le competen en plenitud: la corrección del déficit y las reformas necesarias en las Administraciones Públicas. Las otras tres- -reformas en la UE, refinanciación de la Deuda y el futuro de la zona euro- -son asuntos corales de la Unión en la que, tristemente, no somos un socio estelar y, por las apariencias, no especialmente bien visto por los bárbaros del norte, los que tienen el poder y el dinero. Cabe suponer que Rajoy, que llevaba más de un mes sin dirigirnos la palabra hasta que lo hizo junto a su colega Monti, no quiso salir de vacaciones sin hacer el paripé de su discurso. Ayer sonó más hueco que de costumbre, más pleno de lugares comunes y frases acuñadas por la rutina. Es lo que hay que hacer insistió el líder de la gaviota. Cierto. Hay que incrementar los ingresos y reducir el gasto; pero eso admite modulaciones e intensidades diversas. Aumentar los ingresos es fácil, pero reducir el gasto tiene un alto coste político que no parece dispuesto a pagar. En el equilibrio entre lo uno y lo otro está el talento y debiera estar el plan de acción gubernamental que seguimos sin conocer más que en discursos autojustificantes, el género oratorio que domina Rajoy, y en vaguedades que, más cercanas al rumor que a la noticia, ponen en circulación los servicios monclovitas de propaganda y, desordenadamente, repite los fines de semana el vocero de guardia. DESDE SIMBLIA JOSÉ CALVO POYATO VIEJA EUROPA Es una civilización cuyos cimientos se asientan en el humanismo cristiano y en bases de libertad en las relaciones C ON la expresión vieja Europa se alude a una tierra que cuenta en su haber con la larga experiencia que le ha proporcionado la historia. Se ha utilizado, principalmente, cuando se deseaba establecer una comparación con los Estados Unidos de Norteamérica, el paradigma de nación joven que carece de las ventajas, también de los inconvenientes, del peso de la historia. Con esa expresión, vieja Europa, se daba cuerpo a un grupo de naciones sobre las que pasaba, no como una carga, sino como un tiempo de forja, lo que se convino en denominar Edad Media. En su otoño, como diría Johan Huizinga, se templaron los estados más importantes de esa Europa, con la excepción de Italia y Alemania. Esos estados constituyeron la esencia de lo que se ha venido denominando la civilización occidental. Una civilización cuyos cimientos se asientan en el humanismo cristiano y en unas bases de libertad en las relaciones, a veces conseguidas de forma sangrienta. Con ese término, vieja Europa nos hemos referido también a unas gentes que llevaron- -con sus luces y sus sombras- -sus formas de vida, sus lenguas- -herederas del latín unas e influidas por él otras- -y sus planteamientos, acrisolados a lo largo de siglos de difícil andadu- ra, hasta el último rincón del planeta. En las últimas décadas la vieja Europa se ha dotado de lo que se supone son instrumentos que permiten impulsar la idea de una Europa unida- -una moneda común, un espacio de libertad sin fronteras para sus ciudadanos, un marco político presidido por la democracia como forma de gobierno- sin embargo esa realidad revela grandes carencias. Desde los grandes centros de decisión como Franckfurt, Bruselas, Estrasburgo y desde luego Berlín se dice en ocasiones que esa idea de Europa está verde, que necesita tiempo para asentarse y que el camino por recorrer todavía es muy largo, pero que las bases son tan sólidas que se tienen por irreversibles. Pero lo que estamos viendo cada día, lo que palpamos de forma cotidiana es que Europa, ese compendio heterogéneo de realidades a las que se pretende dar un cuerpo homogéneo, no es hoy el viejo continente donde se acumuló conocimiento y saber como para marcar el ritmo del planeta. Europa está vieja- -no es lo mismo ser que estar- -y está cansada. Le falta impulso para tomar decisiones. La Unión Europea, pese a las declaraciones altisonantes de sus ¿lideres? y pese a esos cimientos de los que se habla, es una entelequia que no ha tomado cuerpo porque el peso de la historia- -la misma historia que le dio cuerpo- -es demasiado fuerte. Hay un humanismo cristiano como sustrato común, pero la brecha que en el siglo XVI se abrió entre católicos y reformados es una realidad, al tiempo que el sentimiento de nación sigue marcando las fronteras, aunque se haya creado el espacio Schengen. En el Viejo continente algunos empiezan a enseñar sus cartas, según sus principios- -posiblemente acertados- los que consideran a la ética protestante impulsora del capitalismo. Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, muestra un perfil cada vez más parecido al de una marioneta, puede dar constancia de ello. Sus declaraciones del jueves son elocuentes al desdecirse, por presiones del Bundesbank, de lo afirmado una semana antes.