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80 ABCdelVERANO LUNES, 30 DE JULIO DE 2012 abc. es estilo ABC Maoríes desembarcan en Segovia Viajan a Valverde del Majano en busca del espíritu de su ancestro, Manuel José de Frutos ISABEL F. BARBADILLO SEGOVIA Panteón erigido en honor a Manuel José, cerca de Awanui En las antípodas de España, en Nueva Zelanda, a 20.000 kilómetros bajo tierra, corren como torrentes chorros de sangre española. Una gran familia, de unos 16.000 miembros, descendientes de un paisano de Segovia nacido en el municipio de Valverde del Majano, reivindica sus orígenes y los pasea con orgullo por el mundo. Pertenecen a la tribu maorí de los paniora (españoles, en su lengua aborigen) y han convertido al pueblo en símbolo de su pasado ancestral. Estos días, medio centenar de ellos cumplen el sueño que no pudieron alcanzar sus progenitores: pisar el lugar donde hace doscientos años nació Manuel José, quien les dio la vida y del que hasta hace un lustro ignoraban sus raíces. Valverde, con 1.100 habitantes, a 12 kilómetros de Segovia, saludará a partir del próximo sábado en maorí, nariz con nariz, frente con frente, como hacen los nativos, para respirar el mismo aliento en un rito que se sucede de generación en generación. Hablan en maorí y en inglés y han ahorrado más de dos años para juntar los 2.000 euros con los que descruzar el océano que surcara el comerciante y ballenero segoviano, porque reencontrarse con la campiña que vio nacer a Manuel José y respirar su mismo aire bien valen 36 horas de vuelo por los cielos de medio mundo. Panteón y olivo La devoción de los maoríes paniora por Manuel José de Frutos es la misma que profesan a su tierra, sagrada. Ese profundo respeto a quienes les engendraron se eleva a la categoría de veneración en el caso del ancestro español, por el que llevan el sobrenombre de los paniora (españoles en aborigen) Un gran panteón acabado en cruz se alza en un lugar privilegiado frente al Pacífico, para que el patriarca pueda seguir soñando con esos mares del Sur que surcaba en balleneros. A la espalda, las verdes montañas en las que habitó, con pequeños poblados diseminados entre esas enormes y solitarias distancias del norte de la isla, donde pastan vacas, cerdos y ovejas, y donde la espiritualidad, el arraigo a la tierra y respeto al medio ambiente de sus escasos habitantes se ha impuesto a la especulación turística. En el libro Ramas de Olivo Vivianne MacConell recoge la genealogía de la familia y dibujos de cómo recuerdan a su progenitor. Habla del olivo que Manuel José plantó en aquellos lares. El árbol, que no existía en Nueva Zelanda, se ha ido reproduciendo porque cada josé le ha ido arrancando una ramita para que la semilla no se pierda. El primer olivo, aunque maltrecho, aún da frutos. Los paniora lo visitan. La sangre española les mantiene unidos. Hasta presumen de bandera propia. El alcalde, Rafael Casado realiza el saludo maorí FOTOS R. C. Apuesto y pelirrojo ¿Pero quién es ese misterioso caballero castellano? La casualidad primero y luego la investigación situaron sus raíces en Valverde del Majano. La tradición oral permitió que una mujer centenaria, la tía Suey, fallecida el pasado año, recordara lo que siempre había escuchado de sus antecesores: que el progenitor de los paniora era un español castellano procedente de un lugar llamado valle verde nombre con el que bautizaron algunas de sus fincas. El hallazgo fue relatado hace seis años en el documental Debajo de tus pies emitido por Canal Sur y elaborado por Álvaro Toepke y Ángel Serrano. Una partida bautismal localizada por la historiadora María Teresa Llorente revela que Manuel de Frutos Huerta (los maoríes le añadirían el nombre de su padre, Jesús, como apellido) nació el 31 de enero de 1811. Hijo de un comerciante de lana en apuros por la crisis de la época, a los 20 años Manuel José decidió lanzarse a la aventura. Se embarcó con fa- Descendientes Manuel José tuvo en Nueva Zelanda 5 mujeres, 9 hijos y 42 nietos. Actualmente, existen 16.000 descendientes miliares para Perú, pero unos años después, hacia 1835, llegó solo en un ballenero a las costas neozelandesas. Dicen que era alto y apuesto, un guapo pelirrojo de ojos verdes que se enamoró de la isla y de sus mujeres y despertó los celos de los indígenas. Cuenta esa tradición oral que algunos de los nativos le conminaron a que recalara en otros litorales. Tres veces emprendió el viaje, pero las tres volvió, en uno de ellos con ponis árabes, hasta impregnar de sangre española los frondosos parajes de Nueva Zelanda, sus montañas, llanuras y glaciares, declarados Patrimonio de la Humanidad. La última vez que regresó, en un barco llamado Elisabeth se quedó para siempre en los puertos de Awanui Araroa y fue admitido en la pacífica tribu de los ngati porou. No es de extrañar que los nativos le envidiaran. Tuvo cinco mujeres, nueve hijos, 42 nie- tos... hasta los 16.000 actuales descendientes, más los tres centenares desperdigados por España, una decena de ellos en Valverde. Uno de sus lejanos vástagos en tierras castellanas, Santiago Ayuso, sobrino tataranieto de Manuel José, defiende la honorabilidad de su antepasado. No fue polígamo porque se casó con todas ellas, que iban muriendo por enfermedades, suponemos. Entre esas mujeres, dos eran sobrinas del jefe de la tribu, quizá ese hecho provocó envidias y rencillas Caballos, flamenco y toros Así se lo relataron los maoríes en diciembre de 2010 cuando Valverde se hermanó con Gisborne- -la ciudad más cercana a los valles donde habitan los paniora- -y una delegación de valverdanos, con el alcalde, Rafael Casado, a la cabeza, pasaron unos días en sus casas. Manuel José llegó a ganarse la confianza de los aborígenes y a integrarse plenamente en su vida cotidiana mientras se dedicaba al intercambio de productos y viandas con los marineros que arribaban a las costas neozelandesas. Logró prestigio y fortuna en esas tierras vírgenes, aunque luego, tras la guerra, los ingleses arrebataran a sus vástagos las propiedades legadas, un contencioso aún pendiente y que el actual Gobierno se ha comprometido a resolver. La herencia de Manuel José, sin embargo, fue mucho más vasta. Contagió su pasión por los caballos, la guitarra, el flamenco y los toros. Entusiasmo que cultivan los josés como se llaman entre ellos para justificar su pertenencia a la tribu, en la concentración de tres días que celebran cada diez años en el pueblo de Tikitiki en honor a su progenitor, a la que llegan panioras de los cuatro puntos cardinales del planeta. Una gran fiesta en la que los sombreros cordobeses compiten con lo mexicanos y los ponchos peruanos con los vestidos de faralaes. Claveles rojos en el pelo y carromatos adornados con carteles de toros. La música flamenca y los pasodobles se hacen hueco en el desgarrador sonido de su ancestral danza de guerra, la haka.