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ABC LUNES, 30 DE JULIO DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL CONTRAPUNTO UNA RAYA EN EL AGUA ISABEL SAN SEBASTIÁN ESA ESPAÑA GRANDE DE LA LIBERTAD Respuesta argumentada (y agradecida) a don José Utrera Molina E STIMADO don José: La generosidad con la que se refería a mi persona y mis escritos en su atenta carta publicada por ABC el pasado viernes me lleva a esbozar esta respuesta, destinada a explicar el porqué de una afirmación que, constato, le dolió, aunque no fuese mi intención herir a nadie. Tampoco pretendía alinearme en el bando de lo políticamente correcto ni salvarme de esa hoguera metafórica en la que queman algunos a quienes nos desviamos un ápice de la verdad progresista Simplemente expresaba una creencia asentada en mis más profundas convicciones, al hilo de la tormenta que azota a este pobre país. Decía yo en ese Contrapunto merecedor de su réplica que el franquismo fue el paradigma de la España pequeña Lo argumento. En mi caso, el amor que usted y yo compartimos por esta gran Nación llamada España no se basa tanto en la belleza de sus paisajes o la riqueza de su patrimonio cultural, cuanto en las hazañas llevadas a cabo individualmente por algunos de sus hijos más ilustres: desde Pelayo hasta mi tocaya la Reina Isabel, pasando por Jaime el Conquistador, Pizarro, Cortés, Cervantes, santa Teresa, Lope, Elcano, Goya, Unamuno u Ortega y Gasset, cuya sabiduría ha tenido lamentablemente tan escasa proyección en nuestro quehacer colectivo. Todos y cada uno de esos personajes nacieron libres o se ganaron a pul- so la libertad. Por eso ésta, la libertad, es a mi modo de ver un requisito indispensable en la persecución de cualquier meta significativa, sin el cual no hay grandeza posible. Me replicará usted, con acierto, que cada época ha tenido un concepto distinto de la libertad, lo que debería llevarnos a evitar evaluar la Historia retrospectivamente con arreglo a nuestros prejuicios actuales. Lo acepto. Y añado que el siglo XX es demasiado mío como para ignorar el significado exacto que tenía esa palabra en el mundo occidental en vida del general Franco. No era compatible la libertad con el paternalismo y autoritarismo propios de quien trata a sus ciudadanos como a niños díscolos necesitados de constante vigilancia y castigo. Tampoco con la prohibición de partidos políticos o elecciones democráticas. Ni con el establecimiento de barreras destinadas a impedir la circulación de noticias e ideas o con la imposición de una religión de Estado y una determinada moralidad pública No podía ser grande una Nación empeñada en empequeñecer las mentes de sus moradores a base de represión y censura, por la sencilla razón de que son las personas las que construyen con sus hechos las naciones; no las lenguas, ni la sangre, ni la propaganda, ni los pueblos en abstracto. Son los individuos, uno a uno, desde ese acto supremo de la voluntad que es el ejercicio consciente del libre albedrío. Por eso la España a la que yo amo es una Nación de gentes libres y comprometidas con su libertad. Y por el mismo motivo siempre me situaré en contra de cualquier ideología o régimen que pretenda subsumir a la persona en la masa, privándola de su naturaleza irrepetible. Lo mismo me da que lo hagan apelando a una raza, una pretendida igualdad o un credo. Tan repugnante me resulta el fascismo como el comunismo o el nacionalismo identitario, porque todos ellos coinciden en su empeño de privar al hombre y a la mujer de su sagrado derecho a ser únicos, emplear su intelecto y su esfuerzo en la búsqueda de su felicidad, aspirar a la excelencia y luchar por cumplir sus sueños. Mi España sólo puede ser grande en la medida en que cada español sea libre. Por eso la de Franco fue a mis ojos tan pequeña. IGNACIO CAMACHO ANTIPOLÍTICA La extensión del rechazo a la clase política incluso entre sectores moderados ha hecho trizas el vínculo representativo Y MÁXIMO A no están a salvo ni en los restaurantes. Si Cándido Méndez fue hostigado por manifestantes cuando tomaba una cerveza en un bar, algún ministro y varios dirigentes del PP han sufrido acoso verbal en terrazas y establecimientos frecuentados por la burguesía madrileña. El nivel de agresividad antipolítica se ha disparado y los dirigentes públicos empiezan a moverse en un ámbito casi clandestino; fuera de los despachos y del blindado Congreso están expuestos a la sobrexcitada ira de unos ciudadanos inflamados. El recorte de la paga extra a los funcionarios se ha convertido en un cable pelado de alta tensión que suelta descargas indiscriminadas incluso en los pasillos de los edificios oficiales. Los miembros del Gobierno esperaban una reacción desfavorable a los recortes pero andan sorprendidos ante esta crecida del descontento y la protesta; muchos de quienes les increpan pertenecen a su clientela electoral, a su más cercana base sociológica. La extensión del rechazo a la clase política ha hecho pedazos el vínculo representativo. Triunfa la demagogia populista porque ha fracasado la pedagogía democrática. Al renunciar a un relato de la crisis que busque una cierta empatía con la gente, el Gobierno se está viendo acorralado en un aislamiento letal. Las víctimas del ajuste no aprecian un reparto equitativo del sacrificio y han extremado su recelo ante lo que consideran- -a menudo de manera injusta o exagerada- -privilegios de una casta ajena a su sufrimiento. Faltan gestos de solidaridad entre la dirigencia y los que existen son demasiado tímidos; predomina el reflejo defensivo, expresión manifiesta de una mala conciencia, y también una especie de pesimismo derrotista que tiende a considerar estéril cualquier esfuerzo de acercamiento. El resultado es alarmante: una fractura moral entre gobernantes y gobernados que está abriendo paso a la radicalidad y devastando la confianza en el poder. Primero sucedió con los banqueros, ahora con los políticos, quizá pronto con todo el que tenga pinta de directivo o vaya uniformado con corbata. Es un clima explosivo, combustible. La característica más notable de esta fobia social consiste en su extensión a sectores tradicionalmente moderados. Ya no se trata sólo de los indignados ni de la izquierda; en cualquier cena de verano burgués se respira una irritación mezcla de rabia y desencanto. El Gobierno no advirtió a tiempo la alergia a la adversidad que se ha instalado en la sociedad española; más bien coqueteó con ella en un discurso inicial indoloro que las circunstancias le han desmantelado, y ahora se ve impotente para predicar la ética churchilliana del sacrificio. Sólo hay una manera de cerrar esta grieta, y es proceder a un harakiri de prebendas con una austeridad mucho más sincera que simbólica. Incluso para eso puede ser ya demasiado tarde; espera un otoño más que caliente, flamígero.