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14 OPINIÓN SALA DE ESPERA PUEBLA LUNES, 25 DE JUNIO DE 2012 abc. es opinion ABC FRANCISCO JOSÉ JURADO LAS VERDADES DEL BARQUERO ¿Por qué en lugar de recortar camas en el Reina Sofía no suprimen los complementos de los jefes, jefecillos y correveidiles? C ADA vez que alguien me plantea un dilema a cara o cruz, ¡y ahí va el primero! -ya saben, la bolsa o la vida, la Bolsa o el FMI, entre la espada y la pared, cuando todos sabemos que detrás ya no hay pared, sino un abismo muy profundo- -suelo amostazarme y sospechar que, en realidad, la elección no va a depender de mí, y que probablemente habría otras muchas soluciones además de las que nos imponen en el limitadísimo trágala. Viene esto a cuento por la excusa que la Junt Andalucía ha dado para justificar el tijeretazo que nos van a pegar en todos los servicios públicos que conforman el estado de bienestar (por ejemplo, este verano casi no habrá camas en los hospitales cordobeses) así como la enésima vuelta de tuerca perpetrada sobre el tumefacto cuerpo de los funcionarios. Argumentan los gerifaltes del PSOE- -bendecidos por IU, que ya son co- gobierno- -que tales recortes y bajadas de sueldo vienen impuestos por el gobierno de Rajoy. Mentira. El Consejo de Política Fiscal y Financiera sólo planteó la necesidad de bajar el espectacular déficit de Andalucía. Pero no dijo cómo había que hacerlo. Dejó libertad a la Junta. Y ya vemos cómo ha obrado: liquidando al débil. Porque hilando la primera mentira, llegamos a la segunda. Dicen que se trataba de recortar salarios o despedir a no se cuántos miles de empleados públicos. Mentira sobre mentira. No hay que despedir a ningún funcionario de carrera, a nadie que haya aprobado su oposición. Lo que tendrían que hacer es desmontar esa administración paralela conformada por miles de enchufados, ese magma viscoso de corrupción y clientelismo que el PSOE ha tejido durante 30 años, y que- -bien es cierto- -les ha servido para retener el poder. ¿Por qué en lugar de recortar camas en el Reina Sofía o sueldos a las enfermeras no recortan, o suprimen, los espectaculares complementos y retribuciones a los jefes, jefecillos y correveidiles de cada distrito sanitario, todos ellos comisarios políticos? ¡Ay, bendita ingenuidad de pregunta? ¿Y entonces, cómo retienen el poder? Mentiras y más mentiras proferidas con la desvergüenza que da la impunidad, y el hecho de saber que tienen cogido al pueblo por dónde más duele. Que es la cuenta corriente, no sean mal pensados. Estamos tan acostumbrados a la narcotizante mentira política que, cuando alguien dice lo que piensa, tenemos aldabonazo y escandalera. Me refiero al Defensor del Pueblo. En sede parlamentaria les gritó a los políticos lo hartos que estamos de ellos y de sus peleas de opereta, mientras la vida se nos va amargando. Otra cosa es que a los presentes les importara algo la opinión del señor Chamizo y del pueblo al que defiende. Eso daría para otro artículo. Más amargo. Pero consuela escuchar entre tanta mentira, al menos una verdad. La límpida, pura y cristalina verdad del barquero. EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA PERDÓN Y JUSTICIA Cuando perdonamos al injusto que no se ha arrepentido de la injusticia cometida, hacemos nosotros mismos una injusticia D ESDE hace algún tiempo, se viene promoviendo el perdón de las víctimas a los terroristas que les infligieron un daño que, en términos humanos, sólo puede reparar la justicia. Se trataría, desde luego, de una empresa loable en quienes la auspician, y más loable todavía en quienes efectivamente perdonan, si no fuera porque en esta promoción del perdón pudiera ocultarse un menoscabo de la justicia. Trataremos de explicarnos. Perdonar a quien nos ha infligido un grave daño es algo de naturaleza sobrenatural. Cristo nos dio el mandato de amar al enemigo una forma de caridad extrema que no encontramos en ningún otro código moral anterior al cristianismo: Confucio predica una benevolencia general con el enemigo que no es propiamente amor, sino más bien una táctica calculada de defensa y prudencia; Buda predica el amor a todos los hombres, aun a los más despreciables, pero dentro de un mandato general que se extiende también a los animales y a las plantas y que, a la postre, es más bien una especie de austeridad estoica que conduce a la supresión del amor por uno mismo; la ley mosaica, por su parte, nunca había extendido el precepto del amor al prójimo a los enemigos, como fácilmente se percibe en la parábola del buen samaritano. El mandato cristiano de amar al enemigo no se puede cumplir mediante el mero concurso de las facultades humanas; es sobrenatu- ral, porque requiere el concurso de la gracia divina, porque la posibilidad de su cumplimiento no se halla en la mera naturaleza humana. Pero la exigencia de la reparación es de un orden distinto al del perdón; y se puede exigir reparación y al mismo tiempo perdonar. Pues lo que el mandato cristiano exige es amar al enemigo, no amar la injusticia que el enemigo ha cometido. Pensar que el perdón anula la exigencia de reparación es hacer agravio a la conciencia, al orden y al bien común; y perdonar sin exigencia de reparación es peor que no perdonar, porque mantiene al ofensor identificado con la ofensa. Por eso no puede haber perdón si no hay un arrepentimiento sincero y un deseo de reparación a través de la penitencia; y, faltando estos requisitos, ni Dios mismo puede perdonar. Esto que afirmamos se percibe muy claramente en la relación de Cristo con Herodes, a quien evitó ver siempre que pudo; y ante quien calló con desprecio cuando lo obligaron a verse con él (a pesar de que, si no hubiese callado, tal vez Herodes habría podido salvarle la vida) Cristo no perdonó a Herodes la muerte de su primo, el Bautista, por la sencilla razón de que Herodes no se había arrepentido. Si lo hubiese perdonado, habría cometido una injusticia y una irracionalidad; y Dios, que es todopoderoso, no puede sin embargo ser injusto ni irracional. En efecto, cuando perdonamos al injusto que no se ha arrepentido de la injusticia cometida, hacemos nosotros mismos una injusticia y nos convertimos ipso facto en injustos. Cuando quien nos ha ofendido se mantiene identificado con la ofensa (o justifica tal ofensa con razones políticas de las que no reniega) se mantiene en un estado de desorden que le impide recibir el perdón. Una injusticia no reparada destruye la convivencia y es el peor mal social, peor incluso que la guerra; y el perdón que se exige o se presta a expensas de la justicia reparadora, lejos de cerrar las heridas, las abre todavía más. Resulta, cuanto menos, paradójico, que una época como la nuestra, que niega la acción sobrenatural en nuestras vidas, promueva a la vez el perdón al enemigo, que es algo que no está en la mera naturaleza humana cumplir. De donde uno tiende a sospechar que, promoviendo este perdón, se pueda estar promoviendo la injusticia.