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ABC JUEVES, 21 DE JUNIO DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL CONTRAPUNTO UNA RAYA EN EL AGUA ISABEL SAN SEBASTIÁN LA VERDAD NOS HARÍA LIBRES La determinación de vivir en la verdad habría impedido la infamia de legalizar Sortu P ARECE mentira que un país oficialmente tan católico como España; un continente de honda raíz cristiana como Europa, tengan en tan mísera estima las palabras que el Evangelio atribuye a Jesucristo: Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres No tengo cualificación para ello ni es mi propósito entrar en la dimensión teológica de una verdad revelada, sino que apelo a la verdad a secas. La ausencia de mentiras. La capacidad de reconocer los hechos tal y como se producen y la voluntad de expresarlos y comunicarlos con palabras fieles a esa realidad. O sea, la disposición a vivir en la autenticidad. Algo impensable en nuestra vida pública e infrecuente en la privada. Una determinación que habría impedido la infamia perpetrada por el Tribunal Constitucional al legalizar ese brazo político de la banda terrorista ETA llamado Sortu. La verdad nos haría libres si la buscáramos y nos aferráramos a ella. Nos evitaría los sobresaltos económicos que estamos padeciendo desde hace semanas como consecuencia de unas entidades financieras que falsearon sus cuentas, unos dirigentes y consejeros que prefirieron asegurar sus sueldos suculentos silenciando la existencia de estos agujeros antes que arriesgarse a perderlos atreviéndose a denunciar lo que había, un gobierno, el de Zapatero, que presumió de la férrea salud de nuestros bancos pese a tener conciencia de la enfermedad que los corroía y otro, el de Rajoy, que hoy dice una cosa y mañana la contraria. Nos proporcionaría estabilidad; unos cimientos sólidos para el proyecto europeo si cada país fijase claramente cuál es su posición respecto del futuro de la Unión en lugar de variarla al albur de cada tormenta. La verdad nos haría libres en términos democráticos si los partidos que, de acuerdo con las reglas de este juego, están llamados a representar la voluntad de los ciudadanos se atuviesen a sus compromisos evitando torcer el sentido de nuestro voto por el procedimiento de incumplir sistemáticamente las promesas hechas en campaña. Si los encargados de darnos voz no exhibieran la tendencia que muestran a justificar cualquier contradicción, cualquier digo Diego donde dije digo apelando a la necesidad sobrevenida o a la herencia recibida. Si se sintieran atados por lo dicho en un mitin o lo recogido en su programa como lo hacen las pocas gentes de honor que aún es posible encontrar en algún remoto reducto de esta sociedad embustera; ésas que no necesitan firmar contratos porque otorgan más peso a la palabra dada que a cualquier papel oficial. La verdad nos haría libres si fuésemos capaces de ver la viga en nuestros propios ojos en lugar de buscar la paja en los ajenos. Si dejáramos de comprender o perdonar el fraude, cualquier tipo de fraude, grande o pequeño, y aplicáramos el mismo rasero de exigencia a quienes tienen la responsabilidad de administrar lo de todos, al margen de su color o sus siglas; es decir, si renegáramos del sectarismo ancestral que lastra nuestro buen juicio. La verdad en la vida pública nos libraría de políticos corruptos y sufragios malversados, amén de evitarnos incontables decepciones. Lamentablemente, empero, es un bien que cotiza a la baja en el mercado de valores de la política. Tanto es así que Manuel Pizarro, el único contendiente en un ring preelectoral que se atrevió a pronosticar en 2008, frente a Pedro Solbes, lo que realmente asomaba por el horizonte: los nubarrones oscuros de una recesión mundial, no sólo perdió el debate, sino que fue condenado por el PP nacional a las tinieblas exteriores, aunque ha encontrado asilo en el de Madrid. Y así nos va, claro. IGNACIO CAMACHO EL CARRO Y LOS BUEYES Si algo ha logrado el tejemaneje político ha sido enturbiar la limpieza del relato moral que debe consumar la derrota de ETA L MÁXIMO A peor herencia del zapaterismo no ha sido el déficit, que al fin y al cabo se puede reducir con cierto esfuerzo, sino la rehabilitación política de Batasuna. Eso ya no tiene remedio desde que el Constitucional abrió a Bildu el paso franco a las instituciones forales vascas en contra del criterio del Supremo y a favor de la inspiración política del anterior Gobierno. Con las diferencias procesales pertinentes, estaba claro que el mismo tribunal no iba a desdecirse de su propia doctrina en el caso de Sortu. Vía libre para los continuadores de ETA; he ahí la verdadera gran contrapartida a la renuncia de la banda, el quid pro quo esencial del No Proceso de Paz o Proceso versión 2.0. Ocurre que esta legitimación se produjo en su primer capítulo antes de que los terroristas anunciasen el abandono de las armas, y en esta segunda entrega- -menos mal que los magistrados del TC han tenido la relativa delicadeza de no emitir su fallo por un día en el aniversario de la siniestra matanza de Hipercor- -sin que exista constancia de su disolución efectiva. Es decir, que los supervisores de la legalidad constitucional han invertido la premisa básica del consenso antiterrorista, desmontando la clave de bóveda de la resistencia del Estado de Derecho. El carro delante de los bueyes, la recompensa por anticipado en una especie de estratégica hoja de ruta de mutuos estímulos que revoca de plano el principio radical de la firmeza democrática: el de que los criminales no obtengan por dejar de matar el premio que no han logrado alcanzar matando. Lo demás es casuística reversible: la condena de la violencia puede entenderse sincera, retórica o táctica según el ánimo interpretativo del juzgador... o según su flexible voluntad política. La realidad es que ETA no se ha disuelto y su brazo civil lleva un año disfrutando de ampliar parcelas de poder que puede aumentar en las próximas elecciones autonómicas. Y que, como demuestra con fehaciente objetividad el reciente libro de Florencio Domínguez La agonía de ETA la asfixia operativa del terrorismo vasco no la ha provocado ni la negociación de Zapatero ni la supervisión de los fantoches mediadores ni las sentencias benevolentes del Constitucional, sino el concienzudo e indesmayable trabajo de la Guardia Civil y de la Policía. Si algo ha conseguido el tejemaneje político ha sido enturbiar la limpieza del relato moral que debe consumar la derrota etarra, humillando la memoria de las víctimas al propiciar una falsa respetabilidad institucional de quienes no han sido ni son otra cosa que cómplices y colaboradores de la infamia. Porque por muchas actas de diputado que atesoren, por mucho arrepentimiento de conveniencia que proclamen, por mucha lágrima de cocodrilo que viertan, quienes han derramado, comprendido, justificado o aprovechado la sangre de los inocentes jamás podrán ser más que unos indeseables.