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ABC VIERNES, 1 DE JUNIO DE 2012 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O L U C A D E T E N A CONVERSACIÓN EN LA RED POR MERCEDES MONMANY Nadie quiere quedarse fuera de las corrientes de moda, incluso nadie quiere darles la espalda a las perversiones ortográficas y a un empobrecimiento del lenguaje que muchas veces es tan solo un pavoroso signo de decadencia y de empobrecimiento de los espíritus masiado a menudo como ejemplo Si existe el arte de hablar, no existe menos el arte de callarse Algo difícil de pensar hoy, en un mundo donde se empuja sin cesar a todo lo contrario, al arte de no callarse jamás, ya sea en chats, en kilométricos talk shows televisivos o a través de los irrefrenables mensajes fulminantes de la Red, a la manera de haikus del pensamiento tweet e instantáneo, en caso de que la memoria cultural de la especie que los maneja a diario llegara por un minuto a ennoblecerse mentalmente comparándose con aquel refinado arte japonés. Con la caída y desenganche actual de cualquier tipo de utopía social, por leve que sea, con lectores cada vez más evadidos hacia pantallas y marcos resplandecientes de cualquier cosa (como los salvajes que veían por primera vez el reflejo de su imagen en un espejo) se ha dejado un amplio espacio a un presente sin referencia alguna, con muy escasos soportes o apreciables formaciones culturales, y muy poco dispuesto, por supuesto, a escuchar a sabios de la tribu, sobre todo sabios a contracorriente, sea la época que sea, y ya se llamen Vargas Llosa, Albert Camus, Raymond Aron o Arthur Koestler. Solo se trata de apretar botones e instalarse en la cápsula de un presente nihilista y pueril, que se tiene que reconquistar personalmente, en solitario- -en un mágico espacio solitario- a partir tan solo de las propias fuerzas. Un espacio solitario compartido por cientos, miles de instantáneos desconocidos. Unos semianónimos visitantes que penetran en un cuerpo vacío, salvo por las señales de unas leves y muy superficiales características, aportadas a través de un lenguaje fútil e infantilizado (color de ojos, preferencias de comidas o deportes, signos del zodíaco) Una dependienta de un centro comercial- -según contaba recientemente un sociólogo en una revista francesa- -un día cualquiera entró en su habitación y, perfectamente maquillada y arreglada, se conectó a su webcam. Escribió que le gustaba el chocolate y que fuera, nieva En un instante, cuatro mil personas se conectaron y compartieron esa información trascendental. Sin aportar nada de especial, sin nombre alguno ni talento de ninguna clase, por el número de espectadores- -decía el articulista- era como si hubiera llenado dos veces enteras la sala del Olympia En ese arte sintético del mensaje tweet, sin puntos ni comas, ni reglas ortográficas que saquen los colores a nadie, en esa nueva barbarie de la expresión salvaje y felizmente descuidada, el arte de la conversación- -que incluso hablando, en otros tiempos, marcaba pausas, puntos y comas- no hay que decirlo, ha quedado desvanecida y enviada a los reductos oscurantistas de una temible palabra: el pasado. Para ser más exactos, ha sido enviada directamente al siglo XVII o XVIII, los siglos por excelencia donde reinó el arte de la conversación, de la adoración por poner en juego en salones y círculos europeos de todo tipo, ya fueran literarios, políticos o filosóficos (como reflejaba el libro Los salones europeos de Verena Von der Heyden) ingenio, fina ironía, enriquecedores rastros culturales, ideas sutilmente desarrolladas y razonadas, refinadas agudezas e incluso silencios elocuentes. Todo ello se mezclaba para hacer la vida de los que conversaban un reto continuo a mitad de camino del placer y del apasionante estímulo intelectual. Como igualmente recordaría otra gran especialista, la historiadora Benedetta Craveri, nieta de Benedetto Croce, autora de La cultura de la conversación (Siruela) el ideal de la conversación- -según ella eje civilizador -encerraba sobre todo la búsqueda de la verdad, a través de la tolerancia y el respeto por las opiniones de los otros Hoy- -añadía- -cuando la gente se reúne y habla, lamentablemente, solo se percibe el autismo ero en la tiranía de los tiempos actuales que marcan siempre más rápido un reprochable y demoníaco envejecimiento, el miedo a aparecer como una trasnochada antigualla, el temor a no estar integrado en redes sociales, en tendencias tecnológicas de mercado, en disparates numéricos que cuentan a miles amigos repentinos de todo pelaje, es más fuerte que añorar prácticas ¡nada más y nada menos que de otros siglos! Nadie quiere quedarse fuera de las corrientes de moda, incluso nadie quiere darles la espalda a las perversiones ortográficas y a un empobrecimiento del lenguaje que muchas veces es tan solo un pavoroso signo de decadencia y de empobrecimiento de los espíritus. Nadie quiere ser expulsado de la masa. Esa masa con la que se lucha por congraciarse como sea y gracias a la cual, ilusoriamente, se cree adquirir algo de identidad. Es decir, de exorcizar por unos momentos al menos el cruel y gélido anonimato. MERCEDES MONMANY ESCRITORA ¿V ENDE su alma a la red el artista o incluso el simple conversador de nuestros días? A lo mejor, en la ilusión de ese gran show del yo que es hoy la Red, la ilusión de cualquier anónimo artista situado ante un campo fascinante, gigantesco, sin límites, de infinitas posibilidades, la ilusión de ese escritor, de ese creador tanto de minúsculos tweets de pensamiento automático como de cavilaciones más elaboradas llevadas a cabo en un blog, se siente como el joven y deslumbrado Robert Walser, autor de la sarcástica y derrotista novela Jakob von Gunten al llegar en 1905, desde Suiza, a aquel Berlín demónico del que hablaba Walter Benjamin. Embriagado por los atractivos y encantos de la ciudad más trepidante y moderna de aquellos días, diría Walser: Aquí, en la gran ciudad, puedes sentir totalmente el flujo del intelecto Un artista aquí no tiene más elección que prestar simplemente atención. En otra parte se le permite taparse los oídos, hundirse en una terca ignorancia. Aquí no El movimiento incesante, ilusoriamente productivo y biológicamente inquieto e insaciable de la Red, como si se tratara de una voraz metrópoli de un futuro que ya ha llegado, crea adicción. Y la crea como aquella adicción y ciega entrega y entusiasmo a los procesos revolucionarios de todo tipo de principios del pasado siglo que se daban en metrópolis o bocas de lobo imbuidas de frenesí y excitación. En lo que respecta a hoy, la tentación de exhibirse sin cesar por parte de yos catapultados- -como en cada época, no solo en esta- -tan solo a grises e indiferenciados anonimatos es demasiado fuerte como para no intentar contrarrestar, con la ayuda de la técnica, ese supuesto desequilibrio de la especie, creándose una ciberdependencia más o menos patológica. Una patología que se desarrolla en lugares abstractos donde las reglas básicas de la convivencia y, por supuesto, de la cortesía- -no cansar al otro- como decía en su día La Rochefoucauld, se pulverizan. Este maestro universal del aforismo añadía en una de sus célebres máximas: Hay que evitar hablar demasiado tiempo de sí mismo y ponerse de- P