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ABC DOMINGO, 6 DE MAYO DE 2012 abc. es cultura Gran faena de Silveti en Aguascalientes abc. es cultura toros CULTURA 97 las corales de Berlanga, las comedias cinematográficas del desarrollismo y las equivalentes acuñadas por el cine italiano en los sesenta y setenta. Todas, como esta, pobladas por un paisaje humano bullicioso y delirante, que alterna el chiste de brocha gorda y las cargas críticas de profundidad. La sátira es una práctica beneficiosa para la higiene social y, aupado en sus estrépitos, El inspector entra a saco en un panorama donde el cohecho, la prevaricación y otras tropelías se ejecutan con facundia impune a los sones de la banda municipal. Música y canciones se engarzan en este montaje con hechuras de comedia musical y el paródico desparpajo de la revista. Hay alguna reiteración y caídas de tensión, y para estar acorde con el final, con consignas de los indignados del 15- M proyectadas sobre el fondo del escenario, el correo tradicional presente en la trama tal vez debería de haber sido sustituido por el correo electrónico, pero el tono general es magnífico y la interpretación coral, formidable. Gonzalo de Castro está eminente como el alcalde y redondea un gran trabajo en el que refunde a Saza y Fontseré. A su lado, como primera dama local, Pilar Castro está hecha toda una Addy Ventura de oferente entrepierna y balconada generosa, y el resto del reparto, con dobles y triples cometidos, está a la altura. El público de la noche del estreno les aplaudió mucho, mucho. TEATRO La corrupción, qué risa EL INSPECTOR Autor: Nikolái Gógol. Versión y dirección: Miguel del Arco. Escenografía: Eduardo Moreno. Vestuario: Beatriz San Juan. Iluminación: Juanjo Llorens. Música: Arnau Vilà. Intérpretes: Gonzalo de Castro, Pilar Castro, Juan Antonio Lumbreras, Fernando Albizu, Jorge Calvo, Manolo Caro, Javier Lara, José Luis Martínez, Ángel Ruiz, Macarena Sanz, Manuel Solo y José Luis Torrijo. Músicos: Raúl Márquez, Chiaki Mawatari y Patxi Pascual. Teatro Valle- Inclán. Madrid. JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Nikolái Gógol (1809- 1852) debió de conocer bien los intríngulis y corruptelas administrativos pues durante varios años ejerció como modesto funcionario en San Petersburgo antes de dedicarse por entero a la escritura. Fue su comedia El inspector la que en 1836 le proporcionaría notoriedad y, al tiempo, disgustos, ya que, al parecer, la acidez de su sátira reformista no gustó nada en ciertos estamentos, por lo que el escritor tomó las de Villa- diego y durante cinco años se instaló en Italia y Alemania mientras escribía la primera parte de su gran novela Almas muertas En el programa de mano de su versión de esta obra, recuerda Miguel del Arco una pieza corta de Gógol, A la salida del teatro donde el dramaturgo se retrata a sí mismo en la piel de un autor que escucha los comentarios de los espectadores a la salida de una representación de El inspector y reivindica la seria profundidad de la risa y su demoledora capacidad crítica. Y por la risa descacharrante apuesta Del Arco en un montaje que cabría definir como astracanada brechtiana, aunque, en vez de la vibración marxista utilizada por el autor de Madre Coraje él introduce en el motor de la función gasolina marxiana de alto octanaje cómico. Como ustedes recordarán, el argumento de la obra, bastantes veces adaptada al cine- -la más popular, El inspector general (Henry Koster, 1949) con Danny Kaye como protagonista- se centra en la inquietud que siembra entre los corruptos poderes públicos de una localidad provinciana la presunta llegada de un inspector capitalino. El adaptador traslada la acción Una escena de El inspector en el Valle- Inclán DAVID RUANO a una anónima ciudad de nuestro tiempo, en la que es posible encontrar paralelismos con situaciones de las que, con independencia del signo político de las autoridades en cuestión, saltan con frecuencia a las páginas de los periódicos. En el ritmo vibrante de la representación se perciben ecos de las pelícu-